




El fútbol irrumpió con su fiesta, con el corazón del mundo puesto en una cancha que saltó del potrero y del club de barrio a un mundial globalizado donde todos son protagonistas. Y donde está el corazón, el juego que da alegría, está la vida y sus circunstancias, está la política, el ajedrez del poder, que para los argentinos fue clarito desde el principio “por el Diego y por Malvinas y el último de Lionel”.


El fútbol y su emoción no se merecen que lo usurpe Donald Trump podría decirse. Pero el fútbol es una mezcla de todo lo bueno y lo malo: es un deporte hermoso, un juego colectivo, de equipo, de habilidad y estrategia, representa identidad y culturas, pero también es un enorme negocio y un escenario donde la política juega sus propios partidos.
Ese triunfo lo festejaron los que se sintieron hermanados con los argentinos por el flagelo del colonialismo. Que la selección argentina haya remontado un resultado y en los últimos quince minutos haya arrinconado a su poderoso rival, fue más impactante que si hubiera dominado desde el principio. En el imaginario de los que celebraban en todo el planeta se había encendido como una llamita la conciencia de que cuando se pelea, se pueden cambiar las cosas, por más poderoso que sea el rival.
Nadie lo impuso. Surgió en forma espontánea. Se expuso un rasgo de identidad que unía a todas las hinchadas, como el himno y la bandera. El gobierno y la derecha quedaron descolocados. La reacción fue que miles de mensajes en las redes dieran forma a una campaña argentina: “soberbios”, “racistas”, “violentos”. El contraste entre la consigna más entonada por los hinchas puso en evidencia que se trataba de una campaña para taparla.
En la Rural de la vieja oligarquía gorila, Patricia Bullrich, promotora de esa ley en el Senado, fue abordada por una ciudadana que quiso sacarse una selfie con ella. La mujer la tomó del brazo y empezó a saltar y a cantar “por el Diego y por Malvinas, por la última de Lionel” y la senadora daba saltitos y hacía la mímica, pero en realidad balbuceaba. No quería cantar, porque Bullrich declaró que estaba dispuesta a entregar las Malvinas a cambio de cualquier cosa y porque detesta a Maradona.
La frase del pan y el circo de los romanos solamente describe una parte de un mecanismo que no es tan sencillo. La dignidad del seleccionado iraní, al que le pusieron todas las trabas imaginables y de todas maneras presentó su selección, fue un gol en contra para Estados Unidos. Igual que la famosa tarjeta roja contra el nueve norteamericano que Trump obligó a levantar. O el fuerte sustrato anticolonial del partido con Inglaterra o el desempeño de un plebeyo Cabo Verde y su arquero. O la estatua humana del Lumumba congoleño que asistía inmóvil a los partidos de su selección. O que se le prohibiera la participación a Rusia porque estaba en guerra, cuando el país donde se realizaron los partidos está en guerra con medio planeta.
El genocidio palestino, el bloqueo inhumano a Cuba, el secuestro del presidente de Venezuela y las guerras que asolan el planeta también formaron parte de ese inmenso retablo de la humanidad que se plasma en los ritos profanos de un mundial de fútbol. El festejo terminó, las heridas siguen abiertas, como dice el tango: “Igual que en la vidriera, irrespetuosa, de los mundiales, se ha mezclao la vida”.
Por Luis Bruschtein /.P12

























