




Antes de saber el resultado de la final, que fue la justa derrota contra España, ya sabía todo lo que quería decir en estas líneas. Porque obviamente no son sobre fútbol, sino sobre lo que Messi significa en el marco de este país ardido y traicionado por su gobierno y gran parte de sus dirigentes. Sobre lo que vino a ofrecer esta Selección de jugadores surgidos de clubes de barrio, ahora que los barrios andan hundidos en el despojo y el desprecio.


Messi, que es el pibe al que le conocemos toda la vida y contra el que largos años hablaron pestes los mismos cerdos que apoyaron siempre la privatización de los clubes de fútbol, es el héroe que hoy tenemos, el que bailó su último tango, el que terminó su ciclo de mundiales a los 39 años, exponiendo su extraordinaria capacidad de entrega.
Su liderazgo heterodoxo, su magia y su intenso sentido de pertenencia a la Argentina, crearon la expectativa. Pero el hecho más fuerte, concreto e insólito de este Mundial por parte de esta Selección fue el triunfo ante Inglaterra y el trapo remalvinizador que nos partió al medio porque nos tocó el corazón.
Ese trapo que fue un puente entre los hinchas y los jugadores tiene dos destinos posibles. Quedarse capturado en una anécdota, o ser levantado por un pueblo roto que necesita desesperadamente volver a sentirse dueño de su propia casa.
Por.Sandra Russo / P12

























