Argentina-Inglaterra, de Rivadavia a Milei: una historia de dominación económica, entrega y lucha

Actualidad14/07/2026

"Es solo un partido de fútbol", se atajó el director técnico Lionel Scaloni cuando se refirió al inminente cruce entre argentinos e ingleses por la semifinal del Mundial 2026, una declaración lógica desde el espacio deportivo que ocupa. La antinomia frente a lo británico despierta la reivindicación nacional de la causa Malvinas, ajena a un partido de fútbol desde lo práctico, pero indisimulable desde lo simbólico. Y al revisar la historia, los intentos de dominación económica por parte de la nación anglosajona fueron y son persistentes.

La ocupación inglesa del territorio argentino forma parte de un aparato de rompimiento de la soberanía nacional basado en la incesante intromisión en la independencia económica. El despliegue se refleja en las islas, en la deuda externa y hasta en las ideas que nutren a la derecha argentina. De hecho, Milei es un fenómeno británico más que "barrial", como suele autodenominarse.

En el caso del presidente argentino, su formación estuvo fuertemente influenciada por la Escuela Austríaca de Economía, corriente en la que también se destacó Hayek, y su llegada al poder estuvo respaldada por años de difusión de esas ideas desde usinas liberales como la Fundación Libertad y Progreso.

En el plano económico, los dos dirigentes impulsaron programas con puntos de contacto. Durante su gestión, Thatcher promovió una reducción del tamaño del Estado, avanzó con privatizaciones y enfrentó a sindicatos que tenían una fuerte capacidad de organización. Por su parte, Milei, quien se declaró "admirador" de Thatcher,  puso en marcha un plan que contempla un fuerte ajuste del gasto público, la desregulación de distintos sectores de la economía, reformas orientadas a liberalizar el mercado y un discurso crítico hacia la estructura estatal y la dirigencia sindical tradicional.

Pero más allá del fanatismo libertario de los muchachos tatcheristas, Inglaterra hirió mucho antes y con diversas complicidades entreguistas.

El empréstito con la Baring Brothers: el origen de una deuda que marcó la historia argentina

La historia del primer gran endeudamiento externo argentino comenzó el 22 de agosto de 1821, cuando la Junta de Representantes de la provincia de Buenos Aires aprobó, a pedido del entonces ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia, una ley destinada a impulsar la construcción de un puerto moderno para la ciudad. Un año después, el 19 de agosto de 1822, la Legislatura autorizó al Poder Ejecutivo a gestionar un empréstito de entre tres y cuatro millones de pesos, tanto en el país como en el exterior. El financiamiento tenía tres objetivos principales: construir el nuevo puerto, fundar tres poblaciones sobre la costa atlántica hasta Carmen de Patagones e instalar un sistema de provisión de agua corriente para Buenos Aires.

Hacia fines de 1823, Rivadavia recibió una propuesta para obtener esos recursos en Londres. La iniciativa fue impulsada por un grupo de comerciantes y financistas radicados en Buenos Aires, integrado por Félix Castro, Guillermo Parish Robertson, Braulio Costa, Miguel de Riglos y Juan Pablo Sáenz Valiente, quienes actuaron como intermediarios de la negociación.

Finalmente, el 1 de julio de 1824 se firmó el contrato con el banco británico Baring Brothers. El préstamo ascendía a un millón de libras esterlinas, representadas en 2.000 obligaciones de 500 libras cada una y con un interés anual del 6%.

El acuerdo comprometía como garantía el patrimonio, las rentas y las tierras de la provincia de Buenos Aires para asegurar el cumplimiento de la deuda. Además, establecía pagos semestrales y un fondo de amortización que comenzaría a operar el 1 de enero de 1827. Cada título incluía 72 cupones para el cobro de intereses y el vencimiento definitivo estaba previsto para el 12 de julio de 1860, es decir, 36 años después de la firma.

Los primeros recursos comenzaron a ingresar el 6 de noviembre de 1824. Parte del dinero llegó desde Río de Janeiro a través de la firma Henry Miller & Company, socia de Baring Brothers, en forma de doblones de oro. Otra porción ingresó mediante letras de cambio enviadas desde Londres que debían ser canceladas por comerciantes porteños y fueron depositadas inicialmente en la Tesorería provincial.

A lo largo del siglo XIX, el cumplimiento de las obligaciones financieras atravesó distintas etapas. Los sucesivos gobiernos bonaerenses alternaron períodos de pago con suspensiones y renegociaciones, reflejando las dificultades económicas y políticas que atravesó el país durante gran parte de ese siglo.

La situación comenzó a ordenarse recién en 1896 con la firma del denominado Acuerdo Terry, impulsado por el ministro de Hacienda José Antonio Terry. Mediante ese convenio, el Estado nacional absorbió parte de las deudas externas provinciales —entre ellas el empréstito contraído con Baring Brothers— a cambio de compensaciones vinculadas con obligaciones que la Nación mantenía con las provincias.

La deuda finalmente quedó cancelada en 1904, cuando el Estado nacional completó el pago definitivo del préstamo contratado ochenta años antes. El empréstito con la Baring Brothers pasó así a la historia como el primer gran endeudamiento externo argentino y como uno de los antecedentes más significativos de la relación financiera del país con los mercados internacionales.

El Pacto Roca-Runciman: el acuerdo que consolidó la dependencia económica con Gran Bretaña

Tras el derrumbe financiero de 1929, el comercio internacional se contrajo de manera abrupta y Gran Bretaña decidió privilegiar el intercambio con los países que integraban la Commonwealth, dejando en una posición muy desfavorable a sus tradicionales socios comerciales, entre ellos la Argentina.

En el plano interno, el país atravesaba la llamada Década Infame, inaugurada con el golpe de Estado de 1930 que puso fin al orden democrático establecido por la Ley Sáenz Peña. El nuevo régimen buscó restaurar el viejo modelo agroexportador, basado en la venta de materias primas y en una estrecha relación económica con el Reino Unido, desplazando las políticas que durante los años anteriores habían impulsado una mayor autonomía productiva e industrial.

La economía argentina dependía en gran medida del mercado británico para colocar sus exportaciones de carne y cereales. Al mismo tiempo, empresas inglesas controlaban sectores clave como los ferrocarriles, los servicios públicos y buena parte del sistema financiero. Esa dependencia se volvió aún más evidente cuando Londres endureció su política comercial y restringió las importaciones provenientes de países ajenos a su área de influencia.

Frente a ese panorama, el vicepresidente Julio Argentino Roca (hijo) encabezó una misión diplomática para negociar un acuerdo que permitiera sostener las exportaciones argentinas de carne. Del otro lado de la mesa, el gobierno británico buscaba garantizar el cobro de las utilidades de sus empresas y el ingreso de divisas en un contexto de crisis internacional. Tras varios meses de negociaciones, el convenio fue firmado el 1 de mayo de 1933 por el vicepresidente argentino y el ministro británico Walter Runciman.El acuerdo garantizaba que Gran Bretaña continuaría comprando carne argentina, aunque bajo condiciones claramente favorables para los intereses británicos. Se fijó una cuota anual de 390.000 toneladas, similar a la comercializada durante 1932, pero el 85% de esas exportaciones debía realizarse a través de frigoríficos de capital británico instalados en el país.

Las concesiones no terminaron allí. La Argentina aceptó reducir los aranceles para unos 350 productos provenientes del Reino Unido y se comprometió a no incrementar los impuestos sobre futuras importaciones británicas. Además, el carbón necesario para abastecer al mercado local debía adquirirse exclusivamente a empresas inglesas y sin cargas aduaneras.

El pacto también otorgó beneficios especiales a las compañías británicas que operaban en áreas estratégicas como el transporte, los servicios públicos y las finanzas. Asimismo, estableció que las divisas obtenidas mediante el comercio bilateral tendrían un orden de prioridad: primero se destinarían al pago de la deuda externa, luego al giro de utilidades de las empresas británicas y recién después podrían utilizarse para atender necesidades de la economía nacional.

Al mismo tiempo, el proceso de industrialización sufrió un fuerte retroceso. Numerosas pequeñas y medianas empresas perdieron competitividad, mientras que los grandes grupos económicos vinculados al comercio agroexportador, como Bemberg, Bunge y Born y Louis Dreyfus, consolidaron su posición dominante en distintos sectores estratégicos.

Con el paso del tiempo, el Pacto Roca-Runciman quedó como uno de los acuerdos más controvertidos de la historia económica argentina, ya que simbolizó la profundización de una relación de dependencia que condicionó durante años el desarrollo productivo y la autonomía económica del país.

Malvinas: la economía de guerra

Tras el conflicto del Atlántico Sur de 1982, el Reino Unido no solo consolidó su presencia militar en las Islas Malvinas, sino que también amplió progresivamente el control sobre los recursos naturales del área marítima circundante. Esa expansión tuvo un fuerte impacto económico, ya que permitió el desarrollo de actividades pesqueras y la exploración de hidrocarburos en una de las regiones con mayor potencial del Atlántico Sur.

Entre 1987 y 1993, el gobierno británico avanzó de manera unilateral sobre los espacios marítimos que rodean el archipiélago, extendiendo la denominada zona económica exclusiva hasta alcanzar aproximadamente 551.000 kilómetros cuadrados. Esa decisión habilitó a las autoridades isleñas a otorgar licencias de pesca a embarcaciones extranjeras, transformando esa actividad en uno de los principales motores de la economía local.

Actualmente, los ingresos derivados de esas licencias representan alrededor del 40% del Producto Bruto Interno de las islas, lo que refleja el peso que adquirió la explotación de los recursos pesqueros en el esquema económico del territorio administrado por el Reino Unido.

Como consecuencia de esa explotación, se estima la Argentina dejó de percibir entre 63.000 y 148.000 millones de dólares durante las últimas cuatro décadas. El cálculo surge a partir de un volumen de captura cercano a las 200.000 toneladas anuales de especies extraídas en aguas cuya soberanía continúa siendo motivo de disputa entre ambos países.

El potencial petrolero del Atlántico Sur, cooptado por Inglaterra

Además de la riqueza pesquera, el subsuelo marino que rodea a las Malvinas concentra importantes reservas potenciales de hidrocarburos. Los estudios geológicos identifican cuatro grandes cuencas con posibilidades de explotación comercial. La Cuenca Norte, ubicada en aguas menos profundas y próxima al archipiélago, es considerada la de mayor potencial petrolero. A ella se suman las cuencas Sur, Este y Oeste, que también presentan perspectivas favorables para el desarrollo de futuros proyectos energéticos.

Hasta el momento, la actividad hidrocarburífera vinculada a las islas aportó aproximadamente el 3,5% del Producto Bruto Interno local. Sin embargo, esos ingresos no provienen de la extracción de petróleo o gas, sino del otorgamiento de licencias para explorar el lecho marino en busca de esos recursos.

Uno de los desarrollos más relevantes corresponde al yacimiento Sea Lion, ubicado en la Cuenca Norte. Las compañías Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration  confirmaron el avance de esa iniciativa, considerada una de las más importantes del Atlántico Sur, sin intervención de rechazo por parte del gobierno argentino.

Según las estimaciones difundidas por ambas empresas, el área albergaría recursos equivalentes a unos 1.700 millones de barriles de petróleo, una magnitud que podría convertir al proyecto en uno de los principales desarrollos offshore de la región. De acuerdo con el cronograma previsto por las compañías, la producción comercial comenzaría en 2028, lo que abriría una nueva etapa para la explotación de hidrocarburos en el área bajo administración británica.

Todo lo expuesto no será puesto en juego cuando Messi encare a los defensores ingleses, pero sí explica la efervescencia que gira alrededor del encuentro que cruza a todas las generaciones de argentinos.   

Por Rodrigo Nuñez / El Destape

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