




El título del último informe de la consultora PxQ, que dirige Emmanuel Álvarez Agis, eterno candidato a ministro del peronismo post kirchnerista, probablemente contra su voluntad, sintetiza el momento actual de la economía: “La macro gana, pero no gusta”. En este espacio lo decimos hace tiempo con otras palabras y rememorando todas las experiencias neoliberales recientes. “Estamos mal, pero vamos bien”, “segundo semestre”, “brotes verdes”, “la macro está bien, pero falta la micro” son las expresiones que se repiten a lo largo del tiempo para decir lo mismo, que para las mayorías la tierra prometida está siempre más adelante.
La misma dicotomía, o disociación, aparece en cualquier diálogo con economistas de todo tipo. Argumentan las bondades de la supuesta estabilidad, de la desregulación creciente, de la baja de impuestos, del acomodamiento de los precios relativos, de la baja de la inflación y de que la economía “ya no está encepada”. En la descripción hay muchos componentes imaginarios. Al parecer, la única comparación posible cuando se habla de inflación es con los últimos trimestres de la gestión del Frente de Todos, porque los 30 puntos anuales del presente están bien por encima de los guarismos de los gobiernos de CFK. Luego, el cepo solo se liberó para las personas humanas, no para las empresas. El tipo de cambio sigue sosteniéndose, entre otros instrumentos, con restricciones cambiarias.
La inflación es una desgracia macroeconómica que afecta especialmente a quienes viven de un ingreso fijo, de un salario formal o informal. Por eso enoja tanto y hace perder elecciones. No le erra la ortodoxia cuando habla de “impuesto inflacionario”, aunque no diga que quien principalmente se apropia de este “impuesto” es el capital, no el fisco. Por supuesto que cualquier planificación demanda una macroeconomía estable. Años de alta inflación hicieron que la moneda local pierda algunas de sus funciones esenciales, como la de ser reserva de valor, convirtiendo esa pérdida en uno de los problemas centrales de la economía, en la clave que dio origen al bimonetarismo de facto y en uno de los insumos que agravan la restricción externa.
La estabilidad macroeconómica no puede ser ignorada por ningún gobierno. Haberla desdeñado fue uno de los principales déficits de los gobiernos progresistas, el famoso “total es en pesos” cuando se hablaba del gasto. El segundo gran déficit, en distinto grado, fue no haber enfatizado el desarrollo productivo, o haberlo hecho tardíamente. Los ejemplos abundan también en el resto de América Latina, el retraso con excusas nacionalistas en la explotación del litio en la Bolivia de Evo Morales o el combate pseudo ecologista contra las principales exportaciones lícitas, las petroleras, en la Colombia de Gustavo Petro.
Pero que la estabilidad macroeconómica sea indispensable, y que no se haya logrado sostener en las experiencias de gobiernos progresistas, no quiere decir que con ella alcance. El comportamiento de “las inversiones” sirve de ejemplo. Resulta obvio que la inestabilidad macroeconómica sostenida, las distorsiones cambiarias, las restricciones para remitir utilidades y la inseguridad fiscal espantan a los inversiones, especialmente a las mil millonarias y de largo plazo que se necesitan en algunos sectores vinculados a la explotación de recursos naturales. Dada la historia económica local, los regímenes de incentivos especiales son una necesidad que debió ser abordada por los gobiernos peronistas. Pero festejar regímenes fiscales ultra favorables, con libertades africanas para el capital, y sin considerar el desarrollo de encadenamientos productivos, como el RIGI, es directamente no comprender ni el comportamiento de las inversiones ni los requisitos del desarrollo. En el primer caso, los magros resultados obtenidos hasta el presente son la prueba irrefutable del fracaso del instrumento, en tanto no hubo nada parecido a una lluvia de inversiones. Luego, el régimen no generará empleo, porque se trata de sectores capital intensivos, y aportará ingresos fiscales acotados, porque ese es su núcleo. Tampoco aportará dólares futuros, porque no habrá obligación de liquidar nada de las exportaciones, ni desarrollo local cuando las inversiones maduren, porque no se incorporó ningún mecanismo relevante de desarrollo de proveedores nacionales. En adelante será muy difícil argumentar en favor de banderas indispensables como el desarrollo minero. El falso ecologismo podrá decir, con razón, “se llevan los recursos y no queda nada”, derrame cero.
El balance preliminar es que, a pesar de las declaraciones ultra libertarias, debe existir alguna otra razón por la cual las inversiones no llegan. Una respuesta posible es que el capital advierte la insustentabilidad potencial del modelo mileísta. No se trata del mentado riesgo kuka, ahora negado una y mil veces para la tribuna, sino precisamente, volviendo al título de PxQ, de que la “macro gana, pero no gusta”. Si cae la confianza en el gobierno, si el descontento de las mayorías crece porque el bienestar prometido nunca llega, si el crecimiento se concentra en poquísimas manos y si las encuestas marcan que el rechazo al oficialismo supera largamente a su aprobación, 60 a 40 y creciendo según el promedio de las encuestadoras, el supuesto orden macroeconómico se vuelve una anécdota. Y los inversionistas lo saben. El riesgo no es kuka, es la inestabilidad insalvable de un modelo que deja a las mayorías afuera.
Hay que recordar que durante el menemismo hubo estabilidad macro, que la primera Alianza de Fernando de la Rúa tuvo meses de inflación negativa y que el macrismo ganó las elecciones intermedias de 2017 porque los brotes verdes estaban a la vuelta de la esquina. Por alguna razón la población y su clase política siguen comprando que con la macro alcanza, pero los hechos del presente muestran, una vez más, la crudeza de los gobiernos de clase. La inflación siempre es traumática, pero el erial del mercado laboral lo es todavía más. Y es precisamente lo que ocurre en el mundo del trabajo lo que determina el bienestar de la población y su nivel de ingresos. Por extensión, también determina el comportamiento de la demanda agregada, que en cualquier economía constituye el principal motor de la producción.























