


La palabra “decapitación” se hizo popular en la actual guerra en Medio Oriente, aunque cuenta con numerosos antecedentes históricos. En el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, la operación de “decapitación” consistió en lanzar sorpresivamente un conjunto de operaciones militares con el fin de asesinar a toda la dirigencia relevante de un país, con el objetivo de sumirlo en una completa desorganización política y militar, para poder someterlo con relativamente poco esfuerzo. Liquidada la estructura organizativa fundamental, el resto es cuestión de tiempo y presión para que colapse su autonomía.


La operación de “decapitación” en la actual guerra ha tenido un efecto relativo, ya que si bien los países agresores lograron la eliminación de importantes figuras del gobierno iraní, éstas fueron reemplazadas rápidamente y la estructura organizativa básica del país siguió funcionando, incluso en condiciones muy graves de disrupción en la comunicaciones y vínculos físicos entre los diversos estamentos de comando y administración del país.
Se vienen los misiles económicos
Los efectos globales de esta guerra comienzan a sentirse. Empezaron por los fuertes incrementos en los precios del petróleo y del gas, pero rápidamente afectaron al mercado de fertilizantes –necesarios en la producción mundial de alimentos-, el mercado de seguros marítimos –que subió violentamente el costo de los fletes-, al mercado de medicamentos que utiliza insumos petroquímicos –cuya escasez amenaza con generar faltantes y aumentos de precios-.
Progresivamente –en la medida que continúe la guerra-, la situación de desestabilización en todo Medio Oriente golpeará sobre los precios de casi todos los bienes y servicios que se consumen en el mundo.
Mientras buena parte de los países ya están tomando medidas administrativas de diversa índole para prepararse para estos cambios, y tratar de neutralizar en la mayor medida posible los efectos negativos sobre su población y su economía, en el caso de la Argentina no se está haciendo absolutamente nada para amparar a la gente y evitarle mayores sufrimientos, teniendo en cuenta que los efectos de la guerra se agregan al cuadro de declive productivo y social provocado por el gobierno mileísta en estos largos dos años.
La falta total de acción del gobierno de Milei se explica tanto por su filosofía de no hacer nada que implique intervenir con sentido social en la economía –sólo lo haría si el capital concentrado se lo ordena-, como porque su misión política concreta es debilitar en la mayor medida posible todas las instancias económicas, institucionales, culturales, ideológicas, educativas y sociales de la Argentina, para preparar un avance neo colonizador del capital extranjero, especialmente norteamericano, sobre nuestro país.
En ese sentido, el impacto externo disruptivo de la guerra no entra en conflicto con los objetivos del gobierno, porque debilitará más a nuestro país, y fragmentaría más a nuestra sociedad. En manos de un proyecto así estamos.
Sociedad sin cabeza
Puede ser que el caso argentino no sea el único a nivel mundial, pero seguramente es el país más importante en el que las autoridades políticas y económicas no hacen nada frente al cambio de escenario internacional y los peligros que implica. Sólo se limitan a predecir los mayores beneficias que tendrán algunas empresas que operan en determinados rubros, como si eso afectara positivamente al resto del país.
En todos los países organizados, en todos los continentes, independientemente de la orientación política o ideológica de los gobiernos, se están tomando medidas para prepararse frente a una situación imprevisible: están viendo cómo se aprovisionarán de los bienes que no producen, cómo ahorran insumos críticos para evitar desabastecimientos, como evitan golpes inflacionarios sobre los ingresos de las mayorías, y eventualmente cómo reorganizar su producción y su comercio exterior para garantizar la continuidad de la producción y del consumo de la población.
Argentina, en cambio, no está haciendo nada. NADA.
Y no es que sólo que el gobierno no hace nada. Tampoco se escucha, desde ningún ámbito de la sociedad, un reclamo firme y claro para que ya se empiecen a tomar medidas para salvaguardar las condiciones de vida de la gente.
No sólo se naturaliza que existe un gobierno totalmente inerte, completamente inmóvil frente a la emergencia, que está desprotegiendo con su pasividad a todos los que viven en Argentina, sino que no se observa ninguna exigencia, desde sectores representativos o influyentes de la sociedad, para que se tomen medidas de estricto sentido común, que servirían para no pasar penurias adicionales en los próximos tiempos.
Los partidos políticos, las cámaras empresarias, los sindicatos, las universidades, los medios, la intelectualidad, están mirando cómo se está poblando el cielo de grandes nubarrones, sin que alguien atine a recordar que existe el paraguas, o que hay que cerrar las ventanas de la casa.
La función del Estado en cualquier sociedad moderna es la de velar por el “normal” –con todas las comillas de caso- funcionamiento de la sociedad.
En el capitalismo, la función primordial del Estado es respaldar por el proceso de acumulación de capital y generar consenso social en relación al sistema.
Sin embargo, eso no está pasando en Argentina, país en que se observa que la institución más importante con la que cuenta la sociedad para organizar su vida productiva, el Estado, está ocupada por personal que no piensa tomar responsabilidades en estas cuestiones, porque está dedicado a temas que le importan más. Estos temas serían el enriquecimiento personal, la construcción de alianzas imaginarias con las potencias que admiran, otorgamiento de favores a poderosos locales y extranjeros, o la demolición de instituciones sociales necesarias, por razones ideológicas extraviadas.
Que un grupo ideológicamente bizarro ocupe coyunturalmente el Estado puede encontrar diversas explicaciones históricas.
Pero que una sociedad grande y compleja acepte la completa desprotección, la inacción de quienes podrían tomar medidas precautorias, y la posibilidad de sufrir penurias completamente innecesarias, es otra cosa.
¿Cómo ocurrió la decapitación argentina?
Estamos hablando de una sociedad cuyas dirigencias, cuyas elites han dejado de funcionar como tales, y que no cumplen las funciones por las cuales ocupan un lugar particular en el entramado societario.
Algunas de estas elites deberían mostrar capacidad para leer e interpretar el contexto global, prever las consecuencias sobre nuestros intereses y formular escenarios para nuestro país. El gobierno también debería contar con cuerpos propios capacitados para esas tareas, al tiempo que sería el encargado principal de coordinar e implementar las respuestas colectivas.
Sin embargo, en el Estado, se están destruyendo, conscientemente, todas las capacidades de pensamiento. Este gobierno está liquidando la tecno-burocracia estatal, fundamental en todo país para tener un Estado que funcione. Destruyen estructuras y expulsan funcionarios capaces y necesarios.
Esto nos habla de un fenómeno que no habíamos observado en otros momentos.
El “cerebro” en el cuerpo argentino ha dejado de trabajar, y el cuerpo sobrevive, en condiciones precarias. Su capacidad de protegerse está limitada a lo que factores externos benévolos puedan determinar. Pero el escenario mundial actual es precisamente el contrario: el entorno es extremadamente hostil, y el país que no se auto protege, es víctima de los intereses del resto.
¿Por qué la sociedad argentina tolera tal estado de indefensión? ¿Por qué nadie reclama que se tomen medidas de auto protección?
La mayoría de la gente común vive su vida cotidiana preocupada por sus cuestiones personales, y tienen escaso acceso a información y análisis que los ayuden a ver temas que los conciernen profundamente, pero que son “demasiado” grandes.
Pero las diversas elites que existen en la sociedad son otra cosa: en otras regiones las elites tienen papeles destacados en concebir una estrategia nacional, alineada con sus intereses particulares, o los más generales del país.
¿Cómo explicar la deserción de las elites argentinas? Sin duda se ha dado en un proceso histórico de largo aliento. Es ese proceso, en el que se combinaron factores internos y externos, económicos, políticos y culturales, entró en un cono de sombra todo el pensamiento vinculado a una proyección futura de la Argentina.
Las elites económicas, extranjerizadas y asociadas al capital global, pasaron por un período de profunda colonización ideológica y cultural, adoptaron la ideología neoliberal, y aplicaron la filosofía neocolonial implícita en el consenso de Washington: debilitar las estructuras nacionales e integrarse como apéndices de la división internacional del trabajo diseñada desde el norte. Sin pensamiento propio, son repetidores de discursos “globales”.
El sindicalismo perdió volumen político y densidad ideológica, al punto de ser, en algunos sectores, un apéndice intelectual de ramas del empresariado. No pretende discutir las ideas imperantes, sólo adaptarse como se pueda a lo dado.
Los grandes partidos nacionales y populares, como el radicalismo y el peronismo, vieron disolverse sus identidades, pasando a retiro sus viejas convicciones nacionalistas y estatistas, para volcarse a diversas variantes “moderadas” del neoliberalismo. El kirchnerismo puede objetar –con razón- que su gestión de 12 años se alejó de esas ideas luego del festival neoliberal menemista, pero las posteriores candidaturas de Scioli, Fernández y Massa, y la actual ambigüedad frente a un proyecto claramente neocolonial, parecen colocar al peronismo nuevamente en la senda del extravío.
Las Fuerzas Armadas, que tuvieron figuras que supieron ver en otras épocas la relación entre la defensa nacional y las capacidades de planificación estratégica y producción para la defensa, parecen haber sido carcomidas por la misma falta de horizontes, y recuperadas para la custodia de proyectos coloniales que pretende imponer la superpotencia regional. Se volvieron una corporación sin objetivos trascendentes, que sobrevive velando por sus intereses particulares.
El sistema universitario, que puede mostrar valiosos logros en investigaciones específicas, produce un saber atomizado, que no es sintetizado en un gran proyecto estratégico. Esta fragmentación y compartimentación del saber está vinculada a la carencia de un proyecto político en el conjunto de la sociedad. Eso no minimiza la responsabilidad de la comunidad universitaria por su ausencia en los grandes debates nacionales que debería impulsar.
Los medios de comunicación más influyentes, son hoy apenas apéndices del mundo empresario. Han asumido, en su combate contra los proyectos políticos populares, una función creciente de adoctrinamiento colectivo neoliberal. Tuvieron y tienen un papel relevante en la construcción del apoyo de masas para el proyecto neocolonial.
Por lo tanto, en el caso argentino, por diversas razones, el país carece de fuerzas articuladoras con perspectiva estratégica.
Mientras en los grandes países capitalistas, fracciones empresarias dominan a los estados y les imprimen cierta orientación estratégica, en el modelo chino o vietnamita, el Partido Comunista es la fuerza que vertebra la organización productiva y social de esos países.
Una fuerza política-social, con poder, dotada de una visión estratégica tiene un papel central para la subsistencia de cualquier país. En Argentina ese lugar está vacante.
En eso radica nuestra “decapitación”: no hay quien piense estratégicamente estando en posiciones de poder (no de gobierno), y no hay un aparato estatal capaz de organizar a la sociedad con sentido de futuro colectivo.
Argentina no necesita ser “decapitada” por fuerzas imperialistas –al estilo Trump-, porque ya lo está: los y las que son capaces de pensar en términos nacionales, están alejados del poder hacer. Las principales palancas y resortes de poder en términos económicos, políticos e ideológicos están hoy en manos de fuerzas incapaces de pensar en términos nacionales, lo que pone a nuestro país, inerme, a disposición de intereses extranjeros.
Pero Argentina, a pesar de todo sigue siendo un país importante, por numerosos razones materiales y humanas. No puede seguir así. Debemos superar el estado de decapitación.
Por lo tanto, la reconstrucción de la capacidad de orientar nuestro propio destino debe pasar a ser una prioridad política absoluta.
Por Ricardo Aronskind * Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento. / La Tecla Eñe




















