


Es evidente que la palabra batalla y la palabra guerra pertenecen a un mismo campo semántico. Lo mismo podríamos decir de los adjetivos cultural y cognitiva, aunque en este caso, quizá, tengamos que ser más imaginativos. Con todo, el viejo (y gramsciano) concepto de batalla cultural no es en absoluto equivalente al de guerra cognitiva, tan en boga en estos días. Las diferencias, como veremos enseguida, son fundamentalmente cualitativas.
La llamada batalla cultural remite a un enfrentamiento abierto en el terreno de las ideas, donde distintos actores sociales y políticos buscan imponer sus valores, símbolos y narrativas en la esfera pública. Se trata de un conflicto visible, que se libra en los medios de comunicación, en las instituciones educativas, en las redes sociales, en las calles y hasta en las sobremesas familiares. La batalla cultural es, en esencia, un combate visible, casi teatral, donde cada actor social levanta su estandarte y reclama para sí la legitimidad de un sentido común que, como toda hegemonía, se construye en la disputa.
La guerra cognitiva, por el contrario, se despliega en un plano más sutil y profundo. No se limita a confrontar valores, sino que apunta a colonizar la mente misma, moldeando percepciones y condicionando la capacidad crítica de los individuos. Sus herramientas son la manipulación del lenguaje, la difusión de noticias falsas, la saturación informativa y la creación de marcos interpretativos que se instalan sin que el receptor advierta la operación. Es una guerra silenciosa, que no busca tanto convencer como sí neutralizar la autonomía del pensamiento.[1]
Ahora bien, el aspecto más inquietante de este tipo de guerra no convencional se revela cuando la vinculamos con otros dos conceptos por demás significativos: el de la ventana de Overton (por su creador Joseph P. Overton) y el de la ingeniería del caos. El primero, ya un clásico de la comunicación política, describe cómo ideas inicialmente inconcebibles pueden volverse aceptables mediante un desplazamiento gradual del marco de lo posible; el segundo, acuñado por Giuliano Da Empoli en su libro casi homónimo, habla de cómo la desinformación y la fragmentación deliberada del discurso público generan un terreno fértil para la manipulación.[2] En ese cruce, la guerra cognitiva se muestra como una maquinaria capaz de normalizar lo extremo y corroer la racionalidad democrática desde adentro, sin necesidad de disparar un solo tiro (más allá de que, muchas veces, alguno se le escapa).
En nuestra siempre agitada Argentina, Javier Milei encarna con nitidez esta extraña conjunción. Por un lado, el relato oficial lo instala como un héroe que lleva adelante una valerosa batalla cultural contra el «estatismo» y la «casta»; por el otro, el Gobierno despliega tácticas propias de la guerra cognitiva para alcanzar sus verdaderos y para nada respetables objetivos (alineamiento con los EE. UU. de Trump, cambio de la matriz productiva, reforma laboral, baja de la edad de imputabilidad, etc.). Ante estos fenómenos y estas circunstancias, el golpeado ciudadano de a pie deberá resistir no solo en los espacios históricamente previstos para la lucha política, sino también en el territorio de su propia subjetividad, aquel que se encuentra en la actualidad tan asediado.
Por Flavio Crescenzi * Escritor, docente, asesor lingüístico y literatura. / La Tecl@ Eñe






















