


El falso mito del “nuevo comienzo” de enero y sus costos invisibles para quienes lideran equipos
Recursos Humanos17/01/2026




Enero parte de una suposición silenciosa: si querés un año mejor, tenés que volver más fuerte que antes.
Metas más firmes, hábitos más exigentes y más numerosos. Más disciplina, estructura y determinación.
Durante un tiempo, ese consejo puede funcionar. Pero para muchas personas de alto rendimiento, enero dejó de ser una fuente de energía. Se volvió una carga. Una exigencia performativa. Como si hubiera que empezar a correr sin haber terminado de exhalar.
El problema no es la ambición. El problema es que intentamos resolver algo estructural con un esfuerzo lineal.
La presión de "volver con fuerza"
Esto se nota con más claridad en líderes de alto nivel, sobre todo en mujeres, que ya están rindiendo al 110%, tanto en lo personal como en lo profesional.
No llegan a enero desmotivadas ni mal preparadas. Vienen con equipos a cargo, decisiones importantes, una carga emocional invisible y la expectativa personal de volver con más agudeza, velocidad y determinación que nunca.
Cuando ese impulso no aparece, la narrativa interna cambia de dirección y apunta hacia uno mismo:
Perdí mi filo.
Estoy decayendo.
Tal vez, simplemente, estoy envejeciendo.
Esa historia resulta convincente… pero es equivocada.
Cuando el esfuerzo deja de dar frutos
La economía ofrece una mirada útil en este caso: la ley de los rendimientos decrecientes. En pocas palabras, sumar más de lo mismo, en algún momento, produce cada vez menos. Al principio, el esfuerzo suma. Después se estanca. Y, finalmente, se vuelve contraproducente.
Las personas de alto rendimiento no rinden menos por falta de determinación, disciplina o ambición. Muchas veces operan al límite del esfuerzo lineal, o incluso más allá. Más horas, más hábitos, más objetivos ya no generan impulso. Generan tensión.
Esto no es un problema de actitud. Es una cuestión de números.
Sin embargo, la lógica de enero parte de una idea simple: si algo no funciona, hay que redoblar la intensidad. Más optimización. Más disciplina. Esa receta, sin embargo, deja de lado algo clave: la capacidad humana, relacional y contextual.
Para muchas personas de alto rendimiento, enero dejó de ser una fuente de energía.
Los costos ocultos de los rendimientos decrecientes
Cuando insistimos en forzar ese techo, suelen pasar tres cosas.
Primero, aparecen los moretones. No son visibles, sino internos. Golpes sutiles a la autoestima. Si el esfuerzo no alcanza, la culpa parece ser nuestra. La confianza se desgasta en silencio.
En segundo lugar, perdemos oportunidades concretas de ganar en eficiencia, eficacia y rediseño. Cuando toda la energía se consume en sostener el rendimiento, no queda espacio para revisar ni mejorar el sistema. Incluso la alegría se corre de lugar.
Y en tercer lugar, —el más ignorado— transmitimos un mensaje dañino a quienes nos rodean. Cuando los líderes naturalizan operar por encima de su capacidad real, sin proponérselo, enseñan que eso es lo que implica rendir bien. Así, el sistema no se fortalece: se debilita.
El esfuerzo suma cuando está en sintonía con la realidad: con la energía, con los valores, con los sistemas en los que vivimos.
El esfuerzo solo rinde cuando está alineado
El esfuerzo suma cuando está en sintonía con la realidad: con la energía, con los valores, con los sistemas en los que vivimos. Cuando esa alineación no existe, incluso la disciplina más admirable termina generando rendimientos decrecientes.
Esto lo aprendí de la manera más costosa.
Durante años invertí mucho en soluciones para ese supuesto “nuevo yo”: herramientas de fitness (¡hola, pelota Pvolve!), plataformas laborales (suscripciones SaaS de todo tipo) y recursos para seguir aprendiendo (una biblioteca en Kindle que podría competir con la de Alejandría). Todas prometían progreso. La mayoría, en el mejor de los casos, ofrecieron mejoras mínimas.
Lo que finalmente hizo la diferencia no fue sumar algo más. Fue restar: eliminar lo que generaba fricción para que el esfuerzo volviera a tener sentido.
Una pregunta distinta para enero
Por eso, la pregunta más útil en enero no es: ¿Qué debería sumar? Es: ¿Qué es lo que, en silencio, me está costando todo?
Antes de fijarte una sola meta nueva este año, probá un experimento más simple: restá algo antes de agregar nada. Una reunión. Una obligación. Un hábito que ya no te sirve.
Fijate qué pasa con tu claridad, tu juicio, tu energía.
A veces, el camino más directo no implica más esfuerzo. Implica menos resistencia.
Este texto es intencionalmente breve. Enero viene cargado. Sobran los consejos. Casi todos te invitan a sumar.
Antes de hacerlo, considerá esta contraoferta silenciosa: restá una cosa y observá qué vuelve cuando dejás de forzar el impulso.
Nota publicada por Forbes US























