El nuevo escenario y las distintas generaciones





Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Problemas generacionales», y trata de explicar los diferentes momentos vitales en los que se encuentran los trabajadores de la llamada Generación X, entre los últimos años de su vida laboral y su jubilación, y los de la Generación Z, que intentan actualmente incorporarse al mercado de trabajo.
La llegada de la inteligencia artificial en todas sus manifestaciones, pero sobre todo a partir del boom de la inteligencia artificial generativa a finales de 2022, ha provocado un cataclismo en las expectativas profesionales de todos los trabajadores, pero la forma en que se manifiesta es completamente diferente.
Los miembros de la Generación X, nacidos entre mediados de los ’60 y finales de los ’70, entre los que me encuentro, tienden a encontrarse en un momento en el que creen presenciar cómo la gran mayoría de las habilidades que desarrollaron a lo largo de su formación y de su vida profesional están convirtiéndose en obsoletas y ponen en duda su capacidad para seguir siendo suficientemente productivos de aquí al momento de su jubilación. Recortes de plantilla derivados de la automatización de cada vez más tareas en numerosas industrias, sobre todo en las que dependen más del trabajo creativo, hacen que las perspectivas no sean buenas, y todo ello en un entorno en el que el coste de la vida se incrementa y lleva a que cualquier ahorro acumulado durante la vida profesional, si existe, parezca ampliamente insuficiente para aspirar a mantener el nivel de vida.
Para la Generación Z, en cambio, las perspectivas son diferentes, pero para nada ilusionantes: cada vez son más las compañías que desisten de intentar incorporar jóvenes de esa generación en busca de sus primeros empleos, por una razón muy sencilla: la mayoría parte de los trabajos que antes desempeñaban esos perfiles, los denominados becarios o interns, son por lo general fáciles de llevar a cabo con un simple algoritmo generativo, fácilmente accesible. El problema, en este caso, es evidente, y está muy bien descrito en este artículo reciente del Financial Times, «A white-collar world without juniors?»: cómo diablos pueden entrar los jóvenes en el mercado de trabajo si los que se supone que deben formarlos ahora recurren a algoritmos de inteligencia artificial para hacer su trabajo. En algunos casos, se habla de volver a mecanismos similares a los de los aprendices en la Edad Media, tratando de conseguir personas con experiencia que tomen bajo su tutela a jóvenes que necesitan desarrollarse profesionalmente, dando forma a un entorno sumamente complejo en el que factores muy poco democráticos, como el «conocer a alguien» o «tener acceso a» se convierten en fundamentales.
Pero para pintar el panorama aún más sombrío, resulta que muchas de las compañías que aún contratan a esos jóvenes, los ponen de patitas en la calle en pocos meses, porque no son capaces de entender sus actitudes: aparentemente, y según ellos, es muy difícil trabajar con esos jóvenes que llegan tarde por la mañana o no aparecen en reuniones, carecen de motivación o iniciativa, son poco profesionales, visten inadecuadamente, son desorganizados y se expresan mal. Un panorama desolador que está haciendo que muchas instituciones educativas, o al menos aquellas que de verdad se preocupan por el futuro de sus alumnos, estén replanteándose el mix de habilidades curriculares necesarias con las que esos perfiles deben salir al mercado, intentando que supongan una propuesta de valor para quienes deben contratarlos.
Desde mi modesto punto de vista, la única forma de reaccionar ante una tecnología que amenaza a toda la estructura de la sociedad no puede ser prohibirla o introducir moratorias imposibles en su desarrollo, algo que ya sabemos claramente que no va a funcionar, sino hacerse con ella lo antes posible y con las mejores habilidades que sean posibles. ¿Algo es peligroso? Introduzcámoslo en la educación para que aprendan a verlo como un aliado, no como un peligro, y para que entiendan lo antes posible por qué razones es peligroso y lo vean como parte del panorama. Como bien decía Marshall McLuhan nada menos que en 1967,
«cuando inventamos una nueva tecnología, nos convertimos en caníbales. Nos devoramos vivos, ya que estas tecnologías son meras extensiones de nosotros mismos. El nuevo entorno moldeado por la tecnología eléctrica es caníbal y se come a la gente. Para sobrevivir, hay que estudiar los hábitos de los caníbales»
O mejor aún, como dijo John Brooks en su libro «Business adventures: twelve classic tales from the world of Wall Street«, en una frase que utilizo a menudo para cerrar mis conferencias,
«No hay protección posible contra la tecnología, excepto mediante la tecnología».
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