¿Quiénes llevaron a Hitler al poder?

Historia31 de marzo de 2025
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Franz von Papen es un genio. Eso es, por lo menos, lo que pensaban los interesados y el bloque burgués que lo apoyaban en su búsqueda de la “estabilidad” por medio de la unión de las derechas, que finalmente se concretó con el juramento del gobierno Hitler-Papen el 30 de enero de 1933 a las 11:15. Tras dos elecciones parlamentarias –que fueron consecutivas a las dos disoluciones de 1932– y una elección presidencial, la permanencia del Poder Ejecutivo parecía estar asegurada por una “concentración nacional” que no ocultaba su deseo de abolir la democracia.

De hecho, la creación de dicho gobierno se presentaba como una jugada maestra. Desde hacía casi tres años, el “campo nacional” deseaba integrar a los nazis al gobierno, pero estos se negaban a menos que Adolf Hitler fuera nombrado canciller. Entonces, Papen, que fue designado jefe de Gobierno el 4 de junio de 1932, multiplicó los gestos de buena voluntad hacia él: le pidió a Paul von Hindenburg que disolviera el Reichstag y volvió a autorizar a las SA y a las SS. Estas dos decisiones resultaron catastróficas, ya que los nazis ganaron las elecciones parlamentarias del 31 de julio de 1932 con 18 puntos (37% de los votos) y los camisas pardas [miembros de las SA] perpetraron una masacre durante la campaña electoral que dejó cien muertos sólo en el mes de julio. Según su propia confesión –puesto que lo admitió en un discurso el 4 de noviembre de 1932–, Papen cedió y concedió todo sin conseguir la participación de los nazis en su gobierno, a pesar de las promesas de Hitler y Hermann Göring. Fue entonces cuando la derecha tradicional comenzó a entender que los nazis no eran socios confiables y que su relación con la violencia era problemática. 

Tras una segunda disolución y unos resultados lamentables que, el 6 de noviembre de 1932, redujeron el “centro burgués” al 10% del electorado, Papen se encontraba debilitado; además, había sido abandonado por un Ejército que se negaba a seguirlo en su proyecto de golpe de Estado. El 3 de diciembre, Papen tuvo que dejar la Cancillería en manos de Kurt von Schleicher. Auténtico titiritero de la derecha alemana desde 1930, en un primer momento el general estuvo tentado de forjar una alianza con los nazis, pero abandonó dicha idea tras la violenta campaña del verano; aunque deseaba integrar las SA al Ejército, Schleicher tomó dimensión del peligro que representaba la extrema derecha para la paz civil. Oficial de escritorio y particularmente inteligente, Schleicher se dedicó entonces a un proyecto de reconfiguración política cuyo objetivo era dividir al Partido Nazi: muchos de sus jerarcas (el número dos, Gregor Strasser, y el jefe del grupo parlamentario, Wilhelm Frick) se sentían atraídos por la idea de una participación gubernamental en torno a un programa social de derecha. A fines de 1932, impulsado por un feroz resentimiento personal hacia Schleicher y apoyado por poderosos intereses bancarios, industriales y agrarios, Papen se entregó a una alianza con los nazis. Su instinto especulador le permitió detectar una debilidad: el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP, todas las siglas están en alemán) estaba en declive tras haber perdido una gran cantidad de votos en noviembre y diciembre de 1932. Por lo tanto, podía ser adquirido a la baja para formar un gobierno de coalición entre la derecha y la extrema derecha.

Había tres Länder que, desde 1930, tenían gobiernos formados por ese tipo de coalición, para gran satisfacción de los partidos involucrados. Los nazis habían resultado ser buenos socios y sólo reclamaban sistemáticamente el Ministerio del Interior, es decir, el control de todos los órganos de inteligencia y represión, así como también la dirección de todo el sistema educativo, incluso el universitario. Por lo tanto, había que trasladar esa misma alianza a nivel del Reich y ceder en el punto central del conflicto: Hitler sería canciller, ya que no desistiría de su exigencia, pero estaría acompañado por un vicecanciller formidable (Papen) y dominado por la derecha liberal autoritaria y nacional-conservadora. Un verdadero golpe maestro: el 30 de enero de 1933 asumió un gobierno de doce miembros, ¡que sólo contaba con tres nazis, entre ellos el Canciller y un Ministro sin cartera! (1).

Todo el poder a los nazis

Con Papen como vicecanciller, eran cuatro los ministros que quedaban del gobierno anterior del 4 de junio, el famoso “gabinete de los barones”, que continuaban la aventura. Papen triunfaba en los salones berlineses: los nazis estaban, según las expresiones de moda en aquel entonces, “domesticados” (gezähmt) y “encuadrados” (eingerahmt), y Hitler “tan acorralado en un rincón de la sala que va a chillar”.

Inspirado en una concepción hidráulica de la política, el análisis parecía irrefutable. Para reforzar un “centro burgués” (bürgerliche Mitte) “liberal autoritario” –concepto acuñado por el jurista socialdemócrata Hermann Heller (2)– e incluso para evitar que la “derecha burguesa” (bürgerliche Rechte) siguiera perdiendo su electorado, era necesario captar en su favor los votos que se dirigían hacia la extrema derecha. La iniciativa se presentaba tanto más sencilla cuanto que el Partido Nazi había prosperado esencialmente gracias al desencanto con los partidos de la derecha liberal y nacional-conservadora –el Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP), el Partido Popular Alemán (DVP) y, en menor medida, el Partido de Centro Católico (Zentrum) y el Partido Popular Bávaro (BVP)– y a que, en el fondo, las derechas compartían los pilares de un corpus ideológico común: nacionalismo, conservadurismo, darwinismo social, apoyo a las élites tradicionales y a las políticas de oferta –que, desde el verano de 1932, habían reemplazado a la política de austeridad–. Los Principios de la Política Económica Alemana, publicados en el verano de 1932 por Hjalmar Schacht –ídolo de los círculos económicos y aliado de los nazis desde 1930–, tranquilizaron a todos: el futuro sería liberal y favorable a los empresarios. 

Papen y los liberales autoritarios hablaban el idioma de la extrema derecha: fustigar a los comunistas, pero también a los socialdemócratas, y censurar el “bolchevismo cultural” –ese espantajo quimérico que condensaba los pánicos morales de la derecha alemana y que les permitía vilipendiar el feminismo, la urbanización, la igualdad de derechos, la homosexualidad, la modernidad artística y literaria, así como la justicia social, sin olvidar el “cosmopolitismo” de los “apátridas”–; y, aunque naturalmente pensaran lo mismo, había una diferencia: cuando alguien llevaba un nombre como el de Franz Joseph Hermann Michael Maria von Papen, Erbsälzer zu Werl und Neuwerk [título nobiliario que significa heredero de Werl y Neuwerk] estaba obligado a saber comportarse y no vociferar su antisemitismo, no como hacían esos maleducados de las SA o del periódico Stürmer.

Al doctor en letras Joseph Goebbels, siempre muy atento a las palabras, le preocupaba esta cercanía. En su diario escribió: “Papen habló en la radio. Un discurso que proviene de nuestras propias ideas, de la A a la Z” (3). Esto era molesto, incluso alarmante, porque el gobierno liberal autoritario hacía prácticamente todo lo que los nazis le exigían: aplicaron una política de oferta favorable al empresariado (subvenciones, exenciones fiscales y desregulación normativa), desmantelaron el Estado de Bienestar con la excusa del ahorro y las “reformas”, y se enfrentaron de forma directa con la izquierda en los lugares en donde aún conservaba el poder. Si bien ya no tenía presencia a nivel del Reich desde la dimisión del canciller socialdemócrata Hermann Müller en la primavera de 1930, la izquierda seguía gobernando en Prusia. Ahora bien, en un Estado federal como el Reich alemán, Prusia tenía una importancia singular: era el Länd más grande (dos tercios del territorio y de la población de Alemania), contaba con una fuerza policial considerable (90.000 hombres) y su función pública era un bastión del “bolchevismo cultural”, de la izquierda e incluso simplemente de la cultura republicana. No debemos olvidar que, en 1920, el golpe militar de Wolfgang Kapp y del general Walther von Lüttwitz fracasó debido a una huelga general en Berlín. El 20 de julio de 1932, excediendo con claridad las prerrogativas del Gobierno Central, el canciller Papen hizo que el presidente del Reich, Paul von Hindenburg, firmara un decreto de emergencia para destituir al gobierno prusiano, que había sido socialdemócrata casi sin interrupción desde 1919. De este modo, Papen se convirtió en Reichskommissar für Preussen (comisario imperial de Prusia). Por la fuerza de las armas se removió a los ministros de sus cargos y se sacaron los elementos “antinacionales” de la alta administración, se proclamó el “estado de emergencia” y el Ejército fue desplegado en la capital.

Este acto brutal impresionó a los nazis, que incluso se alarmaron: en su diario, el doctor Goebbels anotó que, en la cúpula del NSDAP, “somos muchos los que tememos que este gobierno haga tanto que no nos quede nada por hacer”.

De hecho, los liberales autoritarios y otros conservadores nacionales que formaban parte de la derecha alemana compartían prácticamente todo con los nazis. Sin embargo, parecían no haber dimensionado un detalle: la alianza con la extrema derecha sólo beneficiaba a esta última. Todo empezó con las palabras que, al tomarlas prestadas, legitimaron sus temas, sus tesis y sus obsesiones. Esto se confirmó en la práctica: un gentlemen’s agreement [acuerdo de caballeros] siempre se termina quebrantando por culpa de individuos políticos que tienen una relación distinta, radical, con el poder. Goebbels actuó como analista de la situación y comentó con asombro la desenvoltura con la que la derecha tradicional hizo negocios con los nazis y las ilusiones que se hacía: “Imaginar que el Führer pueda ser el vicecanciller de un gabinete de derecha burguesa es demasiado grotesco como para tomarlo en serio”. No se trata de una mera cuestión de preeminencia, sino más bien de existencia, de relación con el mundo y el tiempo. Por las noches, Goebbels se consolaba leyendo la correspondencia de Federico II de Prusia y reflexionaba: “Federico el Grande soportó una guerra durante siete años. Perdió casi todo su Ejército en Kunersdorf (1759). Si se hubiera rendido y firmado una paz vergonzosa, Prusia nunca se habría convertido en una potencia mundial. Se hace política más con el carácter que con la razón; y el mundo pertenece a los temerarios. Lo grandioso del Führer es que persigue un único objetivo con una tenacidad inquebrantable y que está dispuesto a sacrificarlo todo por ello. Eso es lo que lo distingue de todos estos políticos burgueses que, sin embargo, afirman querer lo mismo que él”.

Los nazis querían todo y no cederían nada: “Jamás les devolveremos el poder. Sólo podrán recuperarlo sobre nuestros cadáveres”, anotó Goebbels. Uno se queda boquiabierto al ver que, a sabiendas de este precedente histórico (aunque, ¿realmente lo conocen?), algunos irresponsables creían poder adentrarse en el terreno de la extrema derecha, diciendo que “es el que prefieren”, y repitiendo, en una clara derrota gramsciana, sus consignas y su lenguaje, convencidos de que podían controlar una dinámica que, en realidad, se les escapaba por completo.

Después de lo que los nazis llamaron burlescamente “toma del poder” (Machtergreifung) –que en realidad no fue más que una instalación en el poder a través de las fuerzas conservadoras y liberales–, el principal artífice de esta única victoria nazi, Franz von Papen, fue poco a poco despojado de sus prerrogativas. Su única función ejecutiva era la de Comisario del Reich para Prusia, cargo que desempeñó como Canciller del 20 de julio al 3 de diciembre de 1932, que luego tuvo que ceder a su sucesor Schleicher y finalmente volvió a asumir como vicecanciller del gabinete Hitler-Papen el 30 de enero de 1933. Como tal, estaba a cargo del gobierno del Länd de Prusia, de su administración y de su poderosa policía. No obstante, tenía a su lado un incómodo compañero: Hermann Göring, quien había sido nombrado ministro sin cartera en el gobierno Hitler-Papen, además de ministro del Interior de Prusia y vicecomisario del Reich para ese Länd.

Violencia en ascenso

Estas precisiones pueden parecer tediosas, pero eran fundamentales en un marco jurídico que, en el invierno de 1933, seguía siendo federal: Göring no era más que un ministro sin atribuciones a nivel del Reich cuando se convirtió en “primer policía” de Prusia –la policía era una competencia de los Länder–. Una vez en dicho cargo, supo aprovechar ese poder al máximo y nombró a un jurista nazi, Rudolf Diels, jefe de la policía política prusiana, que poco después se transformó en la Gestapo, dejándola así fuera del control del prefecto de policía y directamente subordinada al ministro algunas semanas después, el 26 de abril. Mientras tanto, el 17 de febrero, Göring emitió una “orden de disparar” (Schiesserlass) contra “las agresiones y actos terroristas de los comunistas” y se instó a la policía prusiana a abrir fuego de manera sistemática. Los abusos estaban respaldados de antemano: “Los funcionarios de la policía que hagan uso de su arma […] están protegidos por mi autoridad”. Peor aun, la prudencia policial se convirtió en una falta: “Quien incurra en una moderación errónea deberá enfrentar consecuencias disciplinarias y administrativas [ya que] todo funcionario debe tener bien en claro que descuidar una medida represiva es más grave que cualquier otro error en el ejercicio de la violencia legal”. Más allá de la presunción de inocencia, el ministro Göring estableció así un permiso para matar, pero sólo a la izquierda, dado que la policía era instada a abstenerse de “cualquier actitud hostil hacia los grupos nacionales (SA, SS, Cascos de Acero)” y, por el contrario, a fomentar “la mejor relación” con ellos. Para que las cosas quedaran claras, el 22 de febrero, Göring reclutó a 50.000 “policías auxiliares” –elevando así el número de efectivos de la policía prusiana a 140.000 hombres–, que provenían de las filas de las SA y de las SS y desfilaban con sus uniformes marrones o negros, adornados con un brazalete blanco con la inscripción Hilfspolizei. En las semanas siguientes, otros Länder imitaron esta decisión, lo que dificultó la distinción de la autoridad estatal en el espacio público alemán: gracias a un simple brazalete, miembros de una milicia privada recibían poderes oficiales.

“Imaginar que el Führer pueda ser el vicecanciller de un gabinete de derecha burguesa es grotesco”.

A partir de ese momento, las SA y las SS tuvieron la libertad de ejercer un terror legal contra los comunistas, sindicalistas, socialdemócratas y cualquier persona que se cruzara con su arbitrariedad. Para ello, se acondicionaron de manera improvisada varios cientos de campos de concentración salvajes en depósitos, locales abandonados (como una antigua cervecería en Oranienburg) e incluso en salas de cine (como, por ejemplo, en el Columbia-Haus en Berlín-Tempelhof). Los hombres de Göring hicieron destrozos en las filas de la izquierda e impidieron que el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y el Partido Comunista Alemán (KPD) hicieran campaña para las elecciones parlamentarias del 5 de marzo.

El 7 de abril de 1933, el mismo Hermann Göring reemplazó a Franz von Papen como Comisario del Reich en funciones para Prusia. Dicho de otro modo, el Palacio Borsig, sede de la vicecancillería del Reich, perdía cada vez más relevancia (4). De todos modos, Papen se mantuvo en su puesto ya que seguía siendo útil para los nuevos dueños de Alemania. Como católico militante y ex miembro del Zentrum, desempeñó un papel clave en los conciliábulos que llevó al nuevo Reichstag a aprobar la concesión de plenos poderes el 23 de marzo de 1933. Dado que se requería una mayoría de dos tercios, el gobierno de Hitler y Papen no podía prescindir de los votos del Partido de Centro Católico para obtener una ley de habilitación legislativa por cuatro años, lo que les otorgaría la facultad de publicar decretos-ley y de gobernar sin Parlamento. El vicecanciller Papen estuvo en el centro de las negociaciones con el líder del Zentrum, monseñor Ludwig Kaas, que se dejó convencer (de buena gana) a cambio de una promesa: Franz von Papen acordó con el secretario de Estado de la Santa Sede, monseñor Eugenio Pacelli (que luego se convirtió en el papa Pío XII), un Reichskonkordat, que finalmente se firmó en el Vaticano el 20 de julio de 1933. Este concordato representaba una ambición de larga data para Pacelli: como ex nuncio pontificio en Baviera, había logrado firmar uno con Munich, pero luego, al ser trasladado a Berlín, no pudo firmarlo con el Reich (5). Si bien la voluntad del Vaticano coincidía con el entusiasmo del católico Papen, también coincidía con el interés de los nazis: firmar un tratado con el Estado más antiguo y prestigioso del mundo constituía un valioso reconocimiento internacional, al que también contribuyó la famosa fotografía tomada en el Vaticano que muestra a Pacelli presidiendo la firma, acompañado por Papen, Kaas, un alto funcionario del Ministerio del Interior (Buttmann) y Giovanni Montini (papa Pablo VI).

Derivas inesperadas

Sin embargo, el triunfo del verano de 1933 marcó el último acto político importante de Papen. Sus allegados y los miembros de su gabinete fueron relegados a los márgenes del gobierno efectivo del Reich, que quedó en manos de los equipos de juristas y altos funcionarios nazis, esa segunda y tercera líneas de funcionarios –bien formados, ambiciosos y trabajadores (6)– que la derecha tradicional, convencida de que Hitler no era más que un advenedizo histriónico, no había visto venir. En el círculo de Papen se rumiaban escenarios de una revolución conservadora, sin Hitler de ser necesario, ya que generaban preocupación los comentarios extravagantes del jefe de Estado Mayor de las SA, Ernst Röhm, quien en ese momento se encontraba al mando de casi tres millones de hombres y se veía a sí mismo como el verdadero número dos del Reich. La Reichswehr [FF.AA. de Alemania] no absorbería a las SA, como alguna vez había llegado a imaginar Schleicher, más bien serían las propias SA las garantes de la segunda revolución nazi, que se estaba haciendo esperar: la revolución social. Tales ambiciones aterrorizaban a la derecha y al Ejército, que presionaron a Hitler para que desautorizara a Röhm.

El 18 de junio de 1932, en un discurso que dio en la universidad de Marburgo, Papen decidió intervenir contra esta ala social del nazismo y fustigó el maximalismo social de los plebeyos de las SA. La alianza con los nazis se había forjado sobre la base de lo que Hitler había repetido al empresariado desde 1930: una política de oferta, el mantenimiento de las jerarquías sociales existentes, el consenso sobre los bajos salarios, la maximización de los beneficios mediante el rearme y el orden público, la destrucción del “marxismo” y del “bolchevismo cultural”, y la erradicación de los partidos de izquierda y de los sindicatos. Papen exigió con altanería que se pusiera orden y que se dejara de “charlar sobre la ‘segunda ola’ que, supuestamente, completaría la revolución”. “Se habla mucho de próximas nacionalizaciones. ¿Hemos hecho una revolución antimarxista para aplicar el programa del marxismo?”. También afirmó que los problemas sociales debían resolverse mediante la protección y “la responsabilización de la propiedad”, no mediante “la irresponsabilidad de la colectivización” y “la redada, el saqueo” de la “socialización”. Había que acabar con esos fantasmas (que sólo existían en las paranoias del empresariado alemán de la época), así como con “esa insurrección permanente de los estratos inferiores”. Hitler estaba plenamente convencido de ello. Trece días después, durante “la Noche de los Cuchillos Largos”, masacraron a la cúpula de las SA y consagraron la emancipación de las SS, que hasta entonces habían estado subordinadas a ella.

Entre dos burlas contra Hitler y sus allegados, en su discurso, Papen también expresó el descontento de una burguesía apegada a sus libertades individuales, heredadas de las “capacidades” del siglo XIX. A pesar de todo, debían tener la libertad de leer, decir y escuchar lo que se deseara: no había que “negar el espíritu”, sino, por el contrario, “recordar que todo lo grandioso proviene del espíritu, también en la política” (7). Así, había que poner fin a los “ataques contra la seguridad y la libertad de la vida privada, que el alemán había logrado conquistar después de largos siglos de arduas luchas”. Que quede claro que la libertad es un concepto “originalmente germánico” (8).

De este modo, Alemania fue llevada por un camino imprevisto, mal proyectado según los cálculos de la derecha que se alió con los nazis. Destruir a la izquierda, sí; hacerles la vida imposible a sindicalistas, socialistas y comunistas, sí; renunciar a las garantías constitucionales que protegían los derechos fundamentales y crear centros de “detención de protección” sin control judicial en campos de concentración, por supuesto… pero sólo para la izquierda y la gente humilde. Por lo demás, era completamente absurdo que la burguesía ya no pudiera leer su novela favorita en la edición dominical del periódico Vossische Zeitung.

La cúpula nazi estaba furiosa: confiscaron el discurso, prohibieron su reproducción y arrestaron a su verdadero autor, Edgar Jung. En una carta que le envió a Hitler, Papen apeló a su lealtad: ese discurso había sido “pronunciado para usted y para el éxito de su gran obra”. “Cuando fui Canciller, comprendí que el renacimiento de Alemania sólo era posible con usted y según su método, y por eso allané el camino para la unión de todas las fuerzas verdaderamente nacionales en su favor” (9. Este compañerismo de larga data continuaba, ya que, en su discurso, Papen se había limitado a combatir a “los saboteadores de su gran idea”. Sin embargo, la cristalización de un posible foco de oposición en torno al vicecanciller llevó a la cúpula nazi a atacar también en esa dirección: durante “la Noche de los Cuchillos Largos”, entre el 30 de junio y el 3 de julio de 1934, fueron asesinadas entre 150 y 200 personas, la gran mayoría formaba parte de las filas de las SA, y algunas decenas probablemente fueron de esos hombres de derecha que creían haber hecho un buen negocio el 30 de enero de 1933.

Un año y medio después, ¿qué pasó con aquellos que instalaron a los nazis en la Cancillería y permitieron la concesión de plenos poderes? Kurt von Schleicher, quien de forma incansable intentó incorporar al NSDAP a la “concentración nacional” de los partidos de derecha antes de cambiar de opinión en el verano y otoño de 1932, estaba muerto. El 30 de junio de 1934, poco después del mediodía, seis miembros del Sicherheitsdienst (SD, servicio de seguridad) ingresaron a su casa y lo asesinaron de varios disparos. Su amigo-enemigo Franz von Papen logró escapar por poco de la muerte, gracias a la protección de Hermann Göring, quien lo puso bajo arresto domiciliario. Sin embargo, sus asesores Edgar Jung y Herbert von Bose fueron asesinados por miembros de las SS: Bose en su oficina de la vicecancillería y Jung en un lugar no determinado (su cuerpo nunca fue encontrado). El único que sobrevivió fue el más inofensivo: Oskar von Hindenburg –cuyo único mérito real fue ser hijo de su padre–. Hindenburg recibió abundantes dividendos por su papel decisivo entre el 22 y el 30 de enero de 1933: el Estado de Prusia y el Reich le otorgaron tierras y le permitieron ampliar su ya extenso dominio en Neudeck, que a partir de entonces quedó casi totalmente exento de impuestos. Este oficial fracasado, que se limitaba a servir a su padre, fue ascendido de forma repentina a general tras la muerte del Presidente del Reich. En un último servicio a Hitler, declaró en un discurso difundido por radio que el viejo mariscal deseaba que el Führer fuera su sucesor. Por su parte, Alfred Hugenberg perdió su ministerio un año antes, en junio de 1933, así como todo su imperio mediático, que fue vendido a precio amigo a agencias estatales. Despojado de cualquier capacidad de acción política, el viejo padrino de la extrema derecha alemana se dedicó con tranquilidad a sus actividades sociales como un padrino jubilado.

En cuanto a Franz von Papen, en julio de 1934 se encontraba en un punto intermedio improbable: seguía siendo miembro del gobierno, pero ya no tenía acceso a sus oficinas, que estaban selladas por la Gestapo. En la bagatela de ocho cartas enviadas a Hitler –que quedaron sin responder (10)–, expresó “palabras de agradecimiento” a su Canciller por los asesinatos perpetrados, al mismo tiempo que lamentó “la confiscación de sus archivos” y el daño a su “honor” causado por su detención provisional y el asesinato de sus asesores. En ellas, también se quejó del “carácter insoportable” de su “situación”, soñó con “estrecharle la mano para agradecerle”, apeló a su “lealtad” hacia él y su “obra por Alemania”, lamentó el “régimen especial” que se le había impuesto y rogó que se pusiera “fin a este juego indigno”.

La decisión de perdonarlo respondía a un razonamiento utilitarista y frío: Papen había sido útil, había convencido a los Hindenburg (padre e hijo) de nombrar a Hitler canciller, había maniobrado para que la derecha y el centro votaran la concesión de plenos poderes, había negociado y firmado el Reichskonkordat con el Vaticano, y aún podía ser de gran provecho. De hecho, en julio de 1934, los acontecimientos en Austria lo volvieron imprescindible. Un golpe de Estado nazi provocó el asesinato del canciller Engelbert Dollfuss antes de fracasar. Aterrorizado, Hitler temió un nuevo Sarajevo, veinte años después del asesinato del archiduque Francisco Fernando. Era necesario enviar a Viena a un católico devoto, bien conectado con el Vaticano y con las élites conservadoras europeas. Así, Papen fue nombrado embajador del Reich en Austria. Con obstinación y servilismo, trabajó para que la política de Hitler fuera exitosa, negoció con la dictadura nacional católica de Kurt Schuschnigg la sumisión progresiva de Viena, que poco a poco ya estaba perdiendo el control de su política comercial y exterior antes del Anschluss (anexión) en marzo de 1938. Papen no pronunciaría una sola palabra de protesta contra el asesinato de su colaborador y futuro yerno, Wilhelm von Ketteler, cuyo cuerpo fue encontrado flotando en el Danubio durante el Anschluss. En lugar de eso, continuó valerosamente con su destino servil como embajador del Reich en Turquía.

1. Véase Johann Chapoutot, “Hitler, Alemania, 30 de enero de 1933”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2024.
2. Carl Schmitt y Hermann Heller, Du libéralisme autoritaire, Zones, París, 2020.
3. Joseph Goebbels, 28 de agosto de 1932, en Journal de Joseph Goebbels. 1923-1933, Tallandier, París, 2006.
4. Rainer Orth, Der “Amtssitz der Opposition”? Politik und Staatsumbaupläne im Büro des Stellvertreters des Reichskanzlers in den Jahren 1933-1934, Böhlau, Colonia, 2016.
5. Marie Levant, Pacelli à Berlin. Le Vatican et l’Allemagne, de Weimar à Hitler (1919-1934), Rennes, PUR, 2019.
6. Christian Ingrao, Croire et détruire. Les intellectuels dans la machine de guerre SS, Fayard, París, 2010. Sobre la figura de Reinhard Höhn, véase también Libres d’obéir, Gallimard, París, 2020.
7. Ibid., p. 13.
8. Ibid., p. 13.
9. André Postert y Rainer Orth, “Franz von Papen an Adolf Hitler. Briefe im Sommer 1934”, Vierteljahreshefte für Zeitgeschichte, Vol. 63, N° 2, Munich, 2015.
10. Citados en Les Irresponsables. Qui a porté Hitler au pouvoir?

 
Por Johann Chapoutot * Historiador / Le Monde Diplomatique

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