Una catástrofe anunciada

Actualidad 10 de diciembre de 2023
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El enmudecimiento que puede producir que el mundo que nos rodea haya cambiado no debe confundirse con la sorpresa ingenua porque ese cambio haya, al fin, sucedido. La desorientación que a algunos nos atraviesa se explica más por falta de horizontes que señalen el camino en esta nueva realidad que por el asombro de quien no vio venir la transformación social que se estaba gestando. 

Al fin y al cabo, el neoliberalismo autoritario no es un fenómeno nuevo y no sólo porque haya habido experiencias como las de Trump o Bolsonaro, sino porque desde hace tiempo se vienen generando las condiciones de posibilidad para el debilitamiento de la democracia de la que somos testigos. Y esto en dos sentidos. Por un lado, la economización de la vida que erige a la competencia como modelo de toda socialización fragiliza los valores y los consensos sobre los que se sostienen los regímenes democráticos  (como la exclusión de la violencia política que lo refundara en nuestro país, hace 40 años). Por otro lado, el neoliberalismo erosiona las soberanías estatales (no sólo a través de la incidencia en la política económica de organismos multilaterales de crédito como el FMI, sino también a causa de la transnacionalización del capital, la financiarización de la economía y la digitalización sin frontera de los múltiples intercambios comerciales y sociales), quitándole a la política la capacidad de resolver problemas, de atender demandas, de decidir de modo autónomo estrategias y técnicas de maniobra. 

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Cuando esos problemas se agravan y la política no consigue ofrecer respuestas satisfactorias pero tampoco discursos que puedan explicar y dar sentido a los padecimientos sociales, esa desconfianza puede reconducirse fácilmente hacia una responsabilización de la política in toto por su impotencia. En 2021 escribíamos un informe sobre la representaciones políticas en la post-pandemia donde señalábamos que se estaba instalando una nueva grieta ahora entre “ellos”, los políticos y “nosotros”. Por supuesto, eso nunca significó que la contraposición entre peronismo y antiperonismo hubiera desaparecido por completo, pero ella parecía no ser ya la ordenadora del campo político según las representaciones de los ciudadanos. Ahí estaba latente la posibilidad cierta de reescribir al antagonismo clásico de la política argentina bajo una nueva sintaxis “anti-casta”, incluyendo a los políticos antiperonistas en el lado de los “ciudadanos de bien”.

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Siguiendo a Freud en Psicología de las masas y análisis del yo, la evidencia de la impotencia de los individuos y los Estados para resolver problemas que se agigantan intercediendo en lo más pequeño, como la inflación, es el primer paso para la identificación con un líder sobre el que se proyecta la potencia que no se tiene, porque “sabe de economía” y  “tiene el coraje y la fuerza para hacer lo que hay que hacer”. La escenificación de la violencia nunca fue un límite para sus adhesiones (y no habría que confiar en que lo sea) sino, por el contrario, un vehículo para condensar una discursividad social que acogía cada vez más violencia, corriendo el límite de lo democrático hacia, por ejemplo, la legitimación del deseo de castigo de un otro social. Lo que caracteriza al neoliberalismo autoritario es precisamente su capacidad de conseguir consensos (y por lo tanto triunfos políticos dentro del juego democrático) pero ya no en base a promesas de felicidad e integración a un capitalismo multiculturalista sin fricciones (ya vetusto) sino ofreciendo objetos para una catexis negativa que dé curso al deseo de caos y destrucción. 

Para que esta narrativa política virulenta sea eficaz es preciso consolidar la interpretación por parte de las mayorías de un presente signado por la catástrofe. Esta configuración se confirma a la luz del análisis de una serie de grupos focales realizados durante septiembre de 2023. De manera transversal, aunque con una pequeña intensificación según filiaciones y/o autopercepciones políticas (sobre todo las que se inscriben en el campo de la derecha y la extrema derecha), se comparte un diagnóstico del presente como Caótico/Imposible/Desastroso que se devalúa al tiempo que “nos disminuye”. Entre los más jóvenes esto aparece enunciado como pánico ante la devastación. El temor crece en la medida en que la crisis es entendida como “sin fondo” y el país como “roto”. Una crisis hecha de estos elementos no sólo aloja el desborde sino que lo ansía.  

Para que esta narrativa política virulenta sea eficaz es preciso consolidar la interpretación por parte de las mayorías de un presente signado por la catástrofe.

En esta caracterización sucede un fenómeno relativamente singular, una suerte de “inflación del presente”. Un presente saturado donde todo lo malo estaría ya sucediendo: ya estamos en el seno de un crack bursátil, ya estamos en el estallido del 2001, más aún, ya sucedieron sus efectos en la pandemia con el cierre de comercios, el aumento del desempleo, el hartazgo, la  desesperación, la muerte. La gente ya portaría armas, ya habría quien vende a sus hijos para sobrevivir, y ya conviviríamos con medidas que limitan el consumo; ya somos “Venezuela” o “Cuba”. En la instalación de ese imaginario ya no de crisis transicional/ambivalente -como podíamos avisorar en los estudios durante la pandemia- sino de debacle, de camino hacia el precipicio, se dirime la sobrevida de las instituciones de la democracia. 

Theodor Adorno, esta vez en un temprano texto, recuerda cómo la construcción de la imagen de una situación desesperante por parte de los agitadores fascistas (de los mass media, pero también diríamos hoy de los influencers de las rrss, de la deep web) alienta salidas desesperadas. La catástrofe, decía allí, como anuncio vacío funciona como sustituto de la idea de revolución que invita a un cambio radical sin contenido social específico. Ella es involuntaria y con ella se priva a los sujetos de su espontaneidad para volverlos rehenes, espectadores de sucesos que se deciden “por encima de sus cabezas” (1). La catástrofe es descripta, además, como peligro -aunque esto no sea más que una racionalización que oculta el deseo de caos-. Esta noción se articula con una actitud peculiar respecto del tiempo señalada ya por el psicoanálisis en relación al sentimiento neurótico de impotencia. Quien experimenta la impotencia “lo espera todo del tiempo in abstracto”. El tiempo sin contenido deviene garante del cambio con prescindencia de la actuación y, sobre todo, de la responsabilidad del sujeto.

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A medida que crece la opacidad sobre las complejas causas de los malestares y se rigidiza la imagen que nombra la crisis del presente, los imaginarios de futuro se adelgazan. Sobrevuela la idea de que la tormenta por venir es inevitable y de que cuanto más fuertes sea el vendaval más posible es que se produzca el reseteo que nos saque de la catástrofe presente; que se está a la deriva y se va a estar a la deriva. De esa imaginación fatal sólo podrá desviarnos, piensan nuestros entrevistados, un golpe de timón, pero uno rápido (“en el corto plazo y de una”); una suerte de ofrenda en la pira sacrificial para conjurar todo el sacrificio ya realizado. 

La catástrofe como anuncio vacío funciona como sustituto de la idea de revolución.

En un lenguaje menos metafórico esos imaginarios de futuro se dicen en palabras profanas: seguridad económica y física, algo tan elemental como “salir sin tener miedo a que te maten”. En otras ocasiones se colman de ocurrencias privadas: conseguir un amor, escapar a otro país, tener un changuito que rebalse de mercancías (sin la presión de reparar en promociones y descuentos). Para quienes no formaron parte de los años ’90, ni tampoco de la crisis del 2001, “el sueño del dólar” se presentifica, intriga, generando una mezcla de entusiasmo y ansiedad.

En una situación donde se ha instalado la narrativa de la “urgencia”, donde “todo está mal”, en la que se asiste a un desorden generalizado, el llamado al orden “desde arriba” para abajo, se torna por demás eficaz. Es necesario refundar, “resetear”, se dice, lo que está fundido: la política, la justicia, la economía. No ha de sorprender, luego, que allí crezca como orden deseado -aunque también temido- el representado por una figura tan peculiar como polémica como es la de Bukele o la de sus réplicas vernáculas.

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Sobre esta superficie viene operando desde hace tiempo esa ideología neoliberal que erosiona desde su interior las lenguas de la política y la democracia; a esos procesos de desidentificación con las figuras de la política, de sentimiento de abandono, de sospecha sobre la honestidad y destreza en el desempeño de sus trabajos así como de la calidad de las instituciones pueden condensarse en una imagen que emerge de los grupos focales para nombrar el vínculo con la política: el circo romano. En la arena, se dice, está el pueblo desangrándose, peleándose entre sí, sacrificándose para intentar sobrevivir mientras los poderosos asisten desde el palco. Esa metáfora declina de otros modos: los de abajo se pelean por intrigas generadas por los de arriba, de ese modo se los distrae para que “ellos” sólo en apariencia antagonistas hagan sus negocios; o bien, aunque esta construcción sea minoritaria, se encuentra la idea de que son los políticos quienes hacen su “show” del conflicto en la arena como mera simulación -con la convicción de que “la violencia genera adrenalina”-; una puesta en escena de un espectáculo para entretener a las masas que se quedan sin pan, pero con circo. Si el papel está bien actuado pueden “zafar” si no pueden ser castigados, porque el público, ellos advierten, a veces, castiga. 

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De lo que no cabe duda es de que a las buenas ubicaciones nunca se accede y que esa arena de conflictividad y violencia se hace cada vez más amplia y abarcativa. En el palco permanecen los mismos de siempre: los poderosos (políticos, multinacionales, FMI), mirando gozosos como “nosotros” hacemos sacrificios. A veces, alguno de ellos hace la “mímica de bajarse al campo de lucha”, de ocupar “nuestras” posiciones, pero todo queda en eso: mera mímica.

El saldo ideológico de estas configuraciones es la operación de totalización del sentido de “la política”. Ya no es posible diferenciar internamente, atender a las contradicciones, identificar proyectos contrapuestos, reconocer su por qué/para qué, su principio y telos. En esa totalización se la concibe como algo distorsionado, como mal necesario, como elemento impuro que corrompe y contamina. No es el deseo democrático ni la esperanza sino el escepticismo el que parece dominar la escena: ya nadie cree demasiado en nada, todo se reduce al “menos malo”. Lo que exculpa es la única certeza que se tiene: “nunca nadie cumple. Nunca mi voto cambió nada”. En este suelo la alusión a “la casta” deviene un aglutinante feroz.

No es el deseo democrático ni la esperanza sino el escepticismo el que parece dominar la escena.

La invitación a destruir todo aquello que se presenta como límite a la capacidad de acción del sujeto en una coyuntura construida como desesperante encuentra sólidas condiciones de escucha. En el llamado a tomar medidas drásticas reclamadas por una situación igual de drástica, los límites democráticos se desdibujan y si bien se percibe que acciones como la clausura del Congreso sería inconveniente, se acepta de buena gana y con entusiasmo su “limpieza”, su cierre temporario por “desratificación”.

Cuando en una coyuntura se congregan todos estos elementos histórico-sociales, la transición de predisposiciones autoritarias como problema sociológico al fascismo como inflexión política puede ser tan veloz como determinante. Se vuelve imperioso calibrar entonces, como decía Adorno, cuán “tremendamente real y político” (2) puede ser este fenómeno social al que venimos estudiando desde hace tiempo y que hoy es preciso mirar de frente.  

Por Micaela Cuesta, Lucía Wegelin y Arte Juan Soto / Anfibia

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