La belleza eterna

Deportes 15 de diciembre de 2022
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A las tres de la mañana de un miércoles en el que sólo se huele fútbol, hay un físico que perdió el sueño pero no la física. Viajando entre la alegría y la angustia, envía mensajes de whatsapp a sus amistades más pacientes y asegura que Newton nació demasiado temprano y que incluso Einstein, un pibe al lado de Newton, nació demasiado temprano. Demasiado temprano no para alterar la colección de paradigmas que destartalaron, pero sí para Messi. Y Messi -dice el físico que flota en júbilos por el capitán argentino pero se ahoga en angustias por Newton y por Einstein- acaba de desbaratar a Newton y a Einstein. Lo comprenden hasta quienes adeudan algún viejo examen de física: Messi desacomoda los pastos de Qatar rompiendo la lógica del tiempo y del espacio. El tiempo: Messi, con 35 cumpleaños, juega al fútbol mejor que todos los Messi anteriores, o sea que es el mejor del mundo superando al mejor del mundo que era, también, él. El espacio: Messi le agregó Messi a Messi cuando ya la exuberancia de su talento y de sus logros señalaba que no cabía en Messi nada pero nada más. Le sobra razón al físico insomne: Messi vence al tiempo, al espacio y a los rivales. Y no hay secretos porque el Mundial es el espectáculo principal de un planeta que torna en espectáculo a casi todo: de este Messi que destrona a las grandes teorías de la física y del fútbol es testigo la humanidad.

En lugar de despabilar a las amistades que laten alegres y desangustiadas porque la vida resulta brava pero el fútbol concede pasaportes al respiro, el físico debería enviarle mensajes, por ejemplo, a Jorge Valdano. Es que desde Qatar, mientras clava la vista en cada movimiento celeste y blanco, este hombre que convirtió un gol en la final del Mundial campeón de 1986 alumbra el túnel que lleva al Messi de estas horas: "Messi le agrego paciencia a Messi. Un día me dijo Xavi que no dejaba que Messi estuviera más de dos minutos sin tocar la pelota porque se desconectaba del partido. Ahora, él está al acecho de un resquicio para llenarlo con un destello glorioso. Sus caminatas no son más que un largo amague: cuando el rival lo olvida, aparece Leo y anda payá". Tiempo y espacio, espacio y tiempo, dimensionaría el amigo físico si le prestara atención a Valdano: Messi brilla como siempre y como nunca porque suda este Mundial con una conexión intensa y consecutiva y con una presencia totalizadora.

Esa paciencia -o algo que se le parece- funciona como un pase de Valdano hacia el periodista y psicólogo social Walter Vargas, quien expande el concepto: "Me parece que ya no siente la más mínima obligación de hacer la jugada, la jugada con mayúsculas, cada vez que agarra la pelota. Y en esa soltura todo fluye, él fluye y la gran jugada llega por decantación".

Y eso que retrata Valdano y que ahonda Vargas quizás acontece por lo que atrapa Luciano Aued, mediocampista en Gimnasia y en Racing y figura sobresaliente de las canchas chilenas durante las temporadas recientes: "Creo que Messi entendió que no tiene que cargar con todo: primero, con mover la pelota y hacer jugar a los compañeros y, luego, con la resolución final. Ahora parece que dijera 'bueno, elaboren y vean, yo después me acomodo y veo dónde está el espacio para decidir'. Y aparece en evolución constante: a mis amigos les dije que no va a errar más un penal. Descifra cada vez más. Como si hubiera encontrado la mátrix".

El fútbol es un juego que no necesita de las estadísticas para ser un juego. Sucede que ciertas estadísticas transparentan lo que ofrenda el juego. O lo que ofrenda Messi, un especialista en conseguir lo que nadie, como por ejemplo marcar un gol y asistir para el gol en tres partidos de la misma Copa del Mundo (México, Países Bajos y Croacia) o volverse el primer argentino en el extenso derrotero de los mundiales que es autor de goles en octavos de final, en cuartos de final y en semifinal del mismo Mundial. 

Los materiales de Matías Conde, que analiza datos para la empresa Opta-Stats Perform, desgranan lo que se decanta de las ópticas de Valdano, de Vargas y de Aued. No será la física pero sí una pariente respetada como la matemática: Messi constituye, con apreciable distancia, el jugador que estuvo involucrado en más jugadas de ataque para Argentina, rematando, asistiendo el tiro o participando de la secuencia de pases previa. Erigido en uno de los tres muchachos del plantel de Lionel Scaloni que pisó el césped en cada minuto de los seis primeros desafíos del Mundial (los otros dos son Emiliano Martínez y Nicolás Otamendi), acumula 43 en total (19 remates, 14 asistencias de remate, 10 participaciones en secuencias previas), en un indicador en el que lo escolta Rodrigo De Paul, que suma 26. En un detalle más sofisticado, el capitán argentino promedia 55.2 conducciones (es decir, una acción en la que avanza con la pelota dominada durante cinco metros o más) por partido y 340.2 metros recorridos en conducciones por juego. Messi, Messi, Messi: en ambos nomencladores se sitúa dentro del top 10 del torneo.

Valdano, que no sólo enfoca con ojos abiertos sino que narra y siente igual, asumió en mil ocasiones que el fútbol se empecina en ser rebelde, inabarcable y, en especial, inexplicable porque es un territorio emocional. Y en el Messi superador de Messi localiza lo que sintetizó con su sello en una entrevista con TyCSports: “Messi está 'maradoneando' en el Mundial”. "Maradoneando", en la voz de Valdano -que compartió entrenamientos y consagraciones con Diego- y en las voces de millones de gentes no sólo remite a la condición genial (ese ya era un tema corroboradísimo) sino a cargar con el peso completo, a dirimir más que las creaciones que acaban en la red de enfrente, a liderar como nadie. Cierto que, en notorios altavoces comunicacionales, los paralelismos entre el 10 y el 10 retumban como show o como palabreríos rimbombantes, pero, en este contexto, la expresión "maradonear" designa lo insuperable y refiere, una vez más, a que Messi le añadió Messi a Messi. Eso sintieron, apenas por ubicar un episodio, veteranos y veteranas del fútbol cuando, en la extinción tensa del duelo frente a Australia, Messi pidió cada pelota y la escondió, calmando a propios y desalentando a ajenos, a la manera de Maradona en el último de sus partidos mundialistas, contra Nigeria y en 1994.

Nadie reside adentro de nadie pero tampoco hace falta esa experiencia imposible para intuir que en el universo emocional sobre el que es enfático Valdano, desde hace más que un rato, brota una flor atrás de otra en la Selección. Messi, históricamente cauto en su oratoria, apela al verbo disfrutar en casi todas sus apariciones públicas y no se salió de esa música ni siquiera en los ecos del debut tropezante ante Arabia Saudita. Ya habrá historiadores de las épicas del fútbol que contarán cuánto de ese universo mutó con la obtención de la Copa América, en Brasil y frente a Brasil, en 2021, y también habrá psicólogos orientados al deporte que detallarán por qué un núcleo social en estado de tensión y de frustración se transforma en algo que, en cualquier barrio, sería reconocido como un grupo de tipos felices y llenos de confianza. 

Felices y llenos de confianza para hacer feliz a Messi, acotaría De Paul, quien aproximadamente así lo afirmó frente a infinitos micrófonos en casi infinitas oportunidades. Lo abrevió con lucidez el periodista Julio Boccalatte en un texto en su cuenta de facebook: "El plantel actual lo integran jugadores como nuestros hijos: no esperan milagros porque el milagro es jugar con él. Desean darle antes que recibir, salvarlo antes que ser salvados. Ese amor sin condiciones también explica un poco al equipo y explica un poco al propio Messi".

Puede que el gran motor de este Messi más Messi más Messi resida en el sueño de ser campeón mundial. Ya muy atrás en los almanaques, el motor era otro: jugar como Pablo Aimar. Líneas rectas de la existencia: ahora Messi gambetea detrás de su sueño más grande respaldado por un cuerpo técnico que incluye al ídolo de sus tiempos fundantes en el fútbol. Aimar comparte trabajo con Lionel Scaloni, compañero de equipo de Messi en el Mundial 2006, y no hay apuntes sobre esta era de la Selección que no resalten el rol del entrenador para que el ancho de banda de Messi sea el que fecunda desde la superficie qatarí. Hay quienes sostienen, tal vez para remendar los agujeros nocturnos de un profesional de la física o nomás para desentrañar un poquito de la maravilla del fútbol, que allí se guarda la ecuación esencial. "La clave de este Messi -evalúa el ex futbolista y ahora formador de jugadores Leonardo Di Lorenzo- no está ni en lo técnico ni en lo posicional ni en nada parecido. Para mí, es central la tarea del cuerpo técnico que, desde el día inicial, lo corrió del rol de salvador, del 'se la damos a Messi y listo', y modeló primero un buen grupo y luego un equipo que funciona, algo que a Messi lo hizo sentir cómodo e identificado con el juego. Lo demás lo vimos: con el rodaje, todos se convencieron y creyeron. Scaloni no hizo eso desde lo discursivo sino a partir de armar un buen equipo y a ese buen equipo le hizo sentir que, encima, tenía a Messi".

Puede que por ahí. O por lo que conmueve a Facundo Sava, que hace apenas un flash ganó la Copa Argentina con Patronato: "Messi le agrega a Messi un sentido de pertenencia a la Selección que siempre tuvo pero escaló más alto que nunca. Ocurre por su identificación con este grupo, con el cuerpo técnico, con el entrenador. Y todo se junta con su madurez personal. El efecto es un combo perfecto para que juegue como está jugando. Juega suelto y libre como un pájaro sin que nadie le diga lo que tiene que hacer. Hace lo que más le gusta". 

La física no se construye desde parámetros calcados del fútbol, así que vaya a saber si las argumentaciones que se cocinan en un vestuario satisfacen a la ciencia o a un físico en desvelos. Pero en el Messi que multiplica a Messi hierve algo de esa conjunción entre ánimos óptimos y novedades conceptuales. Acaso sirva el modo de condensarlo que elige Manuel Fernández, el director técnico argentino del Audax Italiano de Chile: "Desde lo futbolístico, Messi llevó, a niveles máximos, al freno como un componente más del engaño. Para mí, antes era aceleración y hoy sumó desaceleración. Y, después, desde una mirada más global y sistémica, creo que pudo empoderar a un colectivo para que lo ayudara y lo potenciara. Fue encontrando socios que lo fueron mejorando a él. Lógico que no me olvidaría de lo emocional. Se lo nota feliz y disfrutando y, cuando se consigue ese disfrute, el nivel se eleva indudablemente". Flor de fórmula: hasta para Messi. 

Doce horas después de su llamado a la solidaridad con Newton y con Einstein, el físico que no duerme acepta que a los fenómenos inmensos jamás se los resuelve con una sola respuesta. Y, menos todavía, con una respuesta tajante. El Messi que seleccionó los ladrillos más extraordinarios para edificar su obra de esta hora provoca contestaciones parciales y legítimas pero perdurará como un misterio esplendoroso, como un certificado de que hay bellezas que se capturan con las pestañas durante una fugacidad pero se distribuyen en las venas para todos los futuros, como una prueba de que el fútbol es un invento inempatable en el que hay de todo, incluso la posibilidad de la hermosura, incluso otra posibilidad: un crack que les amaga al tiempo y al espacio y los deja sentados de culo sobre el suelo de Qatar. Lo peor es que, de aquí en adelante, habrá que hacerse cargo de la derrota de Copérnico y de Galileo. Pobres Copérnico y Galileo, se resigna el físico. Pobres Copérnico y Galileo: demostraron que la Tierra gira alrededor del sol y ahora es evidente que la Tierra gira alrededor de Messi.

Por Ariel Scher

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