El color del gato

Actualidad 04 de noviembre de 2022
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La enorme distancia física del Lejano Oriente respecto de este Occidente cristiano argentino pasa a un muy segundo plano cuando las tribulaciones de los chinos en China hacen pareja de baile con algunos ítems degradados y vulgares del debate nacional, cuya tradicional impertinencia y no menos consuetudinaria testaruda invocación como remedio –pese a su probada ineficacia– ha recrudecido. Al cansador –por erróneo y obtuso– diagnóstico de que la emisión genera inflación (con rima y todo) se suman el nivel del gasto público que hay que achicar para que deje de ser el eje de casi todos los mil y un males que nos asedian y la curiosa y recurrente amenaza del gobierno de abrir la economía en aquellos rubros cuyo aumento de precio mensual está por encima de lo que canta el índice de precios al consumidor (IPC). La actitud intimidante al sector díscolo de turno la justifican en nombre de sofrenar la inflación. Al mismo tiempo, hay voces del gobierno que afirman –con la fe de los que nunca fueron conversos– que no están de ánimo para utilizar las retenciones como se debe. Qué mamarrachos ridículos.

Lo que interesa identificar es el color del pelaje del gato encerrado que hay en todo esto. Ahí está plasmado lo que expresa el baile de chinos y argentinos en este singular La La Land. La punta del ovillo o el primer compás, para ser más precisos, de este dietario, la tiene bien ganada Deng Xiaoping, que hizo del color del gato una doctrina. Deng fue el hombre fuerte de China entre 1981 y 1989 y el que lideró la modernización del país de los pandas. En 1981 se consolidó definitivamente el comando del timón del país más poblado de la Tierra, asido en diciembre de 1978 durante el XI Congreso del Comité Central del Partido Comunista de China. Convergían en Deng –un maoísta desde siempre, maltratado comme il faut durante la Revolución Cultural– las confianzas del Partido y de los norteamericanos, de donde provendrían las inversiones para impulsar el crecimiento de China, conforme los medios y fines que propugnaba. En 1979 viajó a Washington y formalizó el acuerdo con el POTUS James Carter destinado a restablecer las relaciones diplomáticas entre ambas naciones, un camino que abrió Richard Nixon al ir a entrevistarse con Mao en Pekín en 1972. El afán de equilibrio de poder del entonces asesor de Seguridad de la Casa Blanca, Henry Kissinger, llevó al entendimiento con China a fin de alinearla contra Rusia, en sintonía con la lógica de la Guerra Fría. Volviendo a Deng, ya retirado a los 88 años, en 1992 hizo una gira política por el interior profundo chino (el sur) para despejar dudas sobre la unidad territorial de una sociedad en plena transformación. En medio de esa gira y como mensaje político clave, volvió a pronunciar una frase que había acuñado en los ’60 y que se hizo célebre: “No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. Mientras sea socialismo y sirva para sacar de la pobreza a los chinos, dale que va. Importa ese fondo y no se lo juzga por la forma.

El gato con botas

Tal fue el metejón de las grandes corporaciones multinacionales con las prospectiva de contar con una factoría ciclópea de salarios paupérrimos que llevó a la recaída innecesaria del capitalismo en expatriar capital a China en niveles ingleses de hace un siglo atrás, muy superiores a los norteamericanos durante todo el siglo XX. Heraldos para la buena nueva abundaban en la feria. En 2007, el premio Nobel de Economía Robert Fogel, tras constatar que en el 2000 los Estados Unidos significaban el 5% de la población mundial y el 22% del Producto Bruto Mundial (PBM) y China el 22% de la población mundial y el 11% del PBM, proyectaba que en 2040 los Estados Unidos iban a explicar el persistente 5% de la población mundial, pero un declinante 14% del PBM, mientras que China constituiría un menguante 17% de la población mundial y daría cuenta del empinado 40% del PBM. Nada menos. Fogel calculaba que semejante ascenso de China sería –durante el lapso de la proyección– a razón del 8% de crecimiento anual del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, el doble que la tasa mundial anual del mismo indicador. En la proyección de Fogel, acerca de la cual una imponente masa de analistas coincidían con sus más y sus menos, el PBM entre las cuatro décadas que van desde 2000 hasta 2040 se multiplica por siete. Cabe consignar que desde que Deng se puso al frente de China hasta ahora, en estas cuatro décadas transcurridas, el PBM se multiplicó por seis. En la actualidad, el PIB chino entraña el 18% del PBM y el norteamericano el 24%.

Suele pasar que cuando los gobernantes no cambian es porque los tiempos cambian. El domingo pasado finalizó el 20° Congreso del Partido Comunista Chino, en el cual Xi Jinping aseguró su tercer mandato como secretario general del Partido, con otros cinco años de gobierno. En el Politburó de los otros seis miembros que lo acompañan, los especialistas en política china afirman que no se observan fisuras. Un par del sexteto proviene de la cúpula de los servicios de seguridad. Son del palo, en todo el sentido de la palabra. En el renovado gobierno no quedan rastros de los pocos tecnócratas orientados al mercado que todavía sobrevivían. Los medios internacionales destacan la destitución de Liu He, el asesor económico educado en Occidente que fue un arquitecto de la estrategia de crecimiento del país. Era la encarnación del espíritu Deng y la cabeza más visible de la dirigencia china que se entendía perfectamente con las corporaciones multinacionales. A Xi se lo considera el gobernante más poderoso de China en décadas, marcando el fin del gobierno colectivo.

“Ahora que se embarca en un tercer mandato, el objetivo de Xi Jinping es convertir a China en un país desarrollado de nivel medio en la próxima década, lo que implica que la economía deberá expandirse a una tasa de alrededor del 5% (anual). Pero las tendencias subyacentes (malas características demográficas, gran deuda y disminución del crecimiento de la productividad) sugieren que el potencial de crecimiento general del país es aproximadamente la mitad de esa tasa”, comenta Ruchir Sharma, el chair de la Fundación Rockefeller (Financial Times, 24/10/2022). Sharma señala al respecto que “las implicancias de que China crezca al 2,5% (anual) aún no se han digerido por completo en ninguna parte, incluido Beijing. Por un lado, suponiendo que los Estados Unidos crezcan al 1,5 % (anual), con tasas de inflación similares y un tipo de cambio estable, China no superaría a los Estados Unidos como la economía más grande del mundo hasta 2060, si es que lo hace alguna vez (…) Alrededor de 2010, muchos pronosticadores destacados pensaron que la economía de China superaría a la de los Estados Unidos en términos nominales para 2020 (…) En todo caso, el 2,5% es un pronóstico optimista, que minimiza los riesgos para el crecimiento (…) Una China declinada es más probable de lo que el mundo cree”.

Botar al gato

A esta gesta le faltaba John Lennon cantando “the dream is over” (la ensoñación se terminó) en God (Dios). Tanto Donald Trump, primero, como Joe Biden inmediatamente a continuación, abogaron por la vuelta desde China del capital expatriado y no salida hacia ese destino de nuevo capital. Tras la consolidación de Xi, el capital global comenzó a huir de China en masa a partir del mismo lunes. El renminbi, la moneda de China, alcanzó su nivel más débil frente al dólar estadounidense desde diciembre de 2007, otro síntoma que confirma una retirada generalizada de capital de los mercados chinos. Viene cayendo un 15% frente al dólar desde abril, y el martes siguió bajando después de que el Banco Popular de China fijó el tipo de cambio interno frente al dólar en el mínimo de hacía 14 años. También el lunes, el índice Hang Seng de Hong Kong, que mide en qué andan los inversores extranjeros en acciones chinas, bajó un 6,4%, su peor caída desde la crisis financiera de 2008.

El promedio de los análisis de la situación geopolítica china hizo hincapié en el temor a un próximo período de conflicto con Occidente y un telón de fondo que podría dificultar –cada vez más– que se vayan los inversionistas del que ha sido el mercado en crecimiento más importante por décadas. ¿Rápido? Obvio. ¿Furioso? No tanto. La nueva conformación del poder en China, con eje en Xi como hombre fuerte, y la limpieza prolija de los que vivieron y crecieron a la sombra de Deng o su espíritu, significa que la pelea interna entre los factores de poder en los Estados Unidos va camino a resolverse. Esa pelea tiene, por un lado, a los que quieren que el país no pierda sustancia a través de disolver su mercado interno, para lo cual es imprescindible cortar la inversión en China, y los que enfrente seguían embalados con la globalización. Estos segundos ya no tienen más interlocutores en China, lo que incluyó para que se den por definitivamente enterados el papelón del retiro por la fuerza de la 20° reunión del anterior mandamás chino Hu Jintao.

No podría haber habido Guerra Fría sin el manual de convivencia redactado entre Yalta y Postdam. También esta transformación en marcha necesita el manual del entendimiento tácito o explícito entre Xi y los gringos. El bajón del crecimiento chino augura despelotes políticos importantes. Se den o no, Xi y los garrotes que lo rodean aseguran que en el Sudeste asiático la casa está en orden y permanecerá en orden. Pasados los fuegos artificiales detonados por las legislativas mid terms norteamericanas en un par de semanas, la retórica flamígera debería irse apagando, y dependiendo del resultado, asuntos como Irán o Ucrania deberían ir encontrando una salida. Ahora, si el pato Taiwán está en el menú de la boda, no habría razones para suponer lo contrario.

Por supuesto que no todas las empresas se irán y dejarán vacía a China. Esos despropósitos no escriben la historia. Los sobretonos de la coyuntura, algunos muy altisonantes, no son más que los escarceos iniciales propios de un pronunciado cambio de rumbo. Plantear que la política exterior de cualquier país periférico debe optar por tirios o troyanos es un ejercicio inútil. En el manual de convivencia hay negocios para todos los gustos. Por caso, saber con quién hay que arreglar los negocios en este nuevo panorama. Sería la meta principal del viaje a Pekín –a principios de noviembre– del canciller alemán Olaf Scholz, para entrevistarse con el Presidente chino Xi Jinping, confirmada oficialmente por el gobierno germano el lunes pasado. China es el segundo mayor destino de las exportaciones alemanas y de China provienen la mayor cantidad de importaciones de Alemania. Alemania es deficitaria respecto de China. El miércoles, Scholz se reunió con el Presidente de Francia, Emmanuel Macron. Además de arreglar sus cuitas de defensa y energía, acordaron –según trascendidos no confirmados– hasta dónde ir con China.

Posiblemente, la mejor prueba de que las cosas vacilan en la dirección del desacople acordado se haya sustanciado el lunes: mientras las acciones chinas que cotizan en New York caían brutalmente, el mercado subía. La preocupación de los inversionistas se propagó por todo el Pacífico. Valuados en dólares, en lo que va del año los índices de referencia Kospi de Corea del Sur y Taiex de Taiwán cayeron 38% y casi un 40% respectivamente. Tampoco hay que perder de vista que China está en recesión, lo que también afecta a todo el sudeste asiático. El índice de ADR chinos de Goldman Sachs (valores cotizados en los Estados Unidos, vinculados a acciones de algunas de las empresas chinas más grandes) colapsó un 15%. Para Wall Street fue una señal más de que la incertidumbre que rodea a las acciones chinas muestra poco riesgo de extenderse a los mercados globales. El martes, la caída del mercado de New York se precipitó por el descenso de las tecnológicas con bajos costos muy ligados a China. Más que por la inflación y la tasa de interés, ambas en alza, los mercados suponen que los mayores (mucho, pero mucho mayores) salarios norteamericanos carcomerán las ganancias de las tecnológicas, proyectadas con los costos chinos. Una investigación del banco de inversiones Goldman Sachs calcula que, en una década, la industria de semiconductores relocalizada en los Estados Unidos (el objetivo de la reciente US Chips and Science Act: ley de ciencia y semiconductores de los Estados Unidos) tendrá costos 44% más altos que su equivalente en Taiwán, Corea del Sur o Singapur, donde en la actualidad está localizada.

Para calibrar con más pertinencia las señales de humo emanadas de la fogata china, resulta adecuada inscribirla en la coyuntura que atraviesa el funcionamiento orgánico centro-periferia, desde que la pandemia pasó a formar parte del pasado efímero. Ocurre que por efecto del alza de la tasa de interés norteamericana, la consabida revaluación del dólar y los problemas habituales de la balanza de pago por las erogaciones de los pasivos externos, los mercados emergentes vienen a los tumbos. De las bolsas de la periferia salieron este año poco más de dos billones de dólares (algo así como cinco PIBs argentinos). La capitalización de estas bolsas antes de la estampida rondaba los ocho billones de dólares. El muy representativo índice MSCI de acciones de mercados emergentes se ha desplomado alrededor de un 30% desde principios de enero. El MSCI Emerging Markets es un índice que registra la evolución de las cotizaciones bursátiles en los mercados emergentes de más de 1.400 empresas de capitalización mediana y grande, asentadas en 26 países: Brasil, Chile, China, Colombia, República Checa, Egipto, Grecia, Hungría, India, Indonesia, Corea, Kuwait, Malasia, México, Pakistán, Perú, Filipinas, Polonia, Qatar, Rusia, Arabia Saudí, Sudáfrica, Taiwán, Tailandia, Turquía y Emiratos Árabes Unidos. El rebote al alza se espera entre mediados y fines del año entrante. La excepción a la regla es el índice MSCI EM Latin America, que ha subido un 2,5% en lo que va del año por los estratosféricos precios de las materias primas alimentarias y la energía.

Colores non sanctos

La voluntarista afirmación de Deng de que no importa el color del gato funciona mientras la tonalidad que predomina impulse la acumulación de capital. El color del gato sí que importa, porque de este depende que se acumule o no capital. El del ex Presidente Mauricio Macri y su visión cerradamente ideológica (falsa conciencia) y anti-integración nacional es el color oscuro de la desigualdad creciente y la malaria generalizada y el de no entender en lo más mínimo en qué anda la geopolítica mundial. El del gobierno no da muchas esperanzas. La inversión proyectada para los próximos tres años en el mensaje de la Ley de Presupuesto Nacional 2023, recién aprobada, está muy apocada. Es la nada misma.

Encima, cuando la inflación arrecia, se le ocurre como gran propuesta jugar para la tribuna. Decir que el precio de la ropa se debe a la codicia y pretender combatirla abriendo la economía es un dislate importante. Primero: si van a seguir devaluando y no queriendo poner retenciones, la inflación seguirá gozando de buena salud. Segundo: inflación no es lo mismo que precios caros. Tercero: si los precios son caros porque el sector está ganando más, eso funciona como pájaro llamador para el capital que irá ahí para hacerse de esa ganancia, cesando ese movimiento cuando la ganancia tenga el nivel normal. El pelotudo o pelotuda que quiere tronchar ese proceso abriendo la economía no se ha percatado de que le crecen las orejas al estilo José Alfredo Martínez de Hoz y que gastar dólares que no tenemos alimenta la inflación, dejando sin tocar a los precios caros, por la sencilla razón de que son a esos precios que se va importar para hacer negocio. ¿O suponen que los empresarios se comportan cual carmelitas descalzas? De momento, los duendes no cazan perdices y los gatos tampoco ratones. Debe ser que por la noche todos los gatos son pardos.

Por Enrique Aschieri

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