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title: "Cuando todas las opciones son malas"
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date_published: "2026-10-15T06:45:00-03:00"
date_modified: "2026-10-15T07:05:29-03:00"
category_name: "Economía"
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# Cuando todas las opciones son malas

**El registro en primera persona es algo impropio de una nota periodística, pero la anécdota puede ser representativa.** Por estos días no puedo dejar de recordar las charlas off the record que mantuve a comienzos de los 2000 con un prominente integrante del equipo de José Luis Machinea, quien fuera el primer ministro de [Economía](https://www.eldestapeweb.com/economia/atraso-cambiario-recesion-baja-dolar-ajuste-gobierno-no-logran-frenar-fuga-capitales-20261014202130)de Fernando de la Rúa durante la primera Alianza (la segunda Alianza fue el macrismo; la tercera, el gobierno de Javier Milei).[https://www.eldestapeweb.com/perfil/fernando-alonso](https://www.eldestapeweb.com/perfil/fernando-alonso)

No es un recuerdo azaroso de sucesos que ocurrieron hace un cuarto de siglo, sino que surge de la repetición de similitudes históricas. Vale recordar que De la Rúa asumió con la promesa de mantener la convertibilidad, el tipo de cambio uno a uno con el dólar. E**l problema era que sostener un peso sobrevaluado, es decir, un dólar barato, demandaba una constante entrada de capitales**. Al mismo tiempo, el dólar barato, que tanto disfrutan nuestras clases medias y quienes giran dividendos al exterior, era el gran motor de la recesión que se había iniciado en 1998 y estaba llevando el desempleo a picos históricos. Por entonces no existía el buffer del cuentapropismo en las economías de plataformas y comenzaba a crecer el grave fenómeno de la exclusión social, que pronto encontraría expresión política en los movimientos piqueteros.

Como el contacto periodístico nos había brindado cierta familiaridad, podía mantener con el secretario de Estado conversaciones informales, no publicables, sobre el devenir de la economía y sobre un punto que por entonces me generaba mucha curiosidad: los procesos de toma de decisiones en la gestión pública. **Lo que me sorprendía era que el funcionario tenía absolutamente claro el diagnóstico del momento: sabía que mantener el tipo de cambio demandaba sostener el flujo de crédito externo, que se volvía cada vez más esquivo, lo que profundizaba la dependencia de organismos como el FMI. Sabía también que ese mismo tipo de cambio profundizaba la recesión.**

Indicadores que pronto serían célebres, como el riesgo país, no dejaban de crecer y los mercados vía “los economistas de la city”, pedían más ajuste o retomaban la vieja idea que había circulado hacia el final del gobierno de Carlos Menem: una dolarización de iure. **¿Les suena? Dicho de otra manera, si todo permanecía sin cambios, el rumbo era de colisión, como hoy sabemos que no tardaría en suceder.**A Machinea le seguirían en el ministerio Ricardo López Murphy, el efímero, y el último Domingo Cavallo, quien, siempre con creatividad, pero cuando ya era demasiado tarde, intentó actuar sobre los dos problemas centrales: impulsó el Megacanje para que no se cortara el flujo de divisas y ensayó los planes de competitividad sectoriales, una suerte de devaluación por la vía tributaria, para evitar los efectos recesivos de la sobrevaluación.

Pero volvamos al secretario y a fines de 2000. Mi pregunta insistente era por qué no se tomaban decisiones sobre los dos problemas principales. Y la respuesta fue la que me quedó pétreamente en la memoria y que me tocó volver a contemplar en las décadas venideras:**“Es el dilema del decisor cuando todas las soluciones son malas”, dijo.**

Y con estas palabras ya estamos en octubre de 2026. La historia nunca se repite: las condiciones son cambiantes. Ni la estructura económica ni la social del presente son las de la precrisis de 2001, pero hay circunstancias que persisten casi como un calco. Si se observan las acciones del equipo económico y se intenta reducirlas a su mínima expresión, se puede sintetizar que la tarea central del equipo de Luis Caputo es “seguir tomando deuda hasta que se pueda” para sostener el tipo de cambio e intentar anclar la inflación. **Dicho sea de paso, la tarea se parece mucho a la gestión del mismo Caputo durante la segunda Alianza, de modo que la primera conclusión preliminar es que los problemas de la primera Alianza se repitieron en la segunda y reaparecen con fuerza en la tercera.**

Es la “bazuca” de la que por estos días habló Milei para enfrentar a los “desestabilizadores” del mercado: esa que primero era de 75.000 millones de dólares y a los pocos días ya había subido a 125.000 millones. **A esta altura no hace falta aclarar que los números del Gobierno carecen de toda credibilidad. Tampoco hace falta explicar que la pólvora de la bazuca suma peras con manzanas: las escasas reservas reales, el saldo del comercio exterior** –que no es propiedad del Gobierno– y la generosa adición de swaps, cuya disponibilidad no es instantánea. Y ni hablar de lo que ocurriría si, tras la probable derrota de Donald Trump, el apoyo estadounidense declinara. Pero no importa, se puede decir cualquier cosa porque, total, “nadie entiende nada”.

La segunda conclusión preliminar es que la inflación, que, decían, era “siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”, ya no parece depender de seguir pauperizando al Estado nacional y destruyendo sus funciones básicas en aras del superávit fiscal, sino que pasó a depender del ingreso de divisas para sostener el precio del dólar. **Parece que los libertarios de pura cepa fueron engañados. Finalmente, la inflación nunca dejó de ser un problema de precios básicos.**

Luego, hasta los menos sospechados, como los presidentes de bancos extranjeros que se enriquecen con el modelo, comienzan a hablar de la insostenibilidad del actual tipo de cambio para la mayoría de los sectores productivos. Con los últimos jirones de credibilidad, algunos publicistas de la economía oficialista se animan a decir que “los buenos planes económicos son los que ganan elecciones”. Y un plan que lleva al cierre de más de 30.000 empresas y destruye el mercado de trabajo es mucho peor que cualquier “riesgo kuka”. **Por eso caen los bonos –es decir, sube el riesgo país– y las acciones argentinas en Nueva York persisten en su tendencia bajista.**

Aquí es donde, para los funcionarios, vuelve a aparecer con fuerza “el dilema del decisor”. Otra vez se dejó llegar la economía hasta el punto en que todas las opciones son malas. **Dejar que el dólar suba un poco reduciría la necesidad de conseguir divisas para sostener el tipo de cambio y mejoraría levemente la competitividad de algunos sectores con capacidad de generar empleo, pero, al mismo tiempo, dispararía la inflación –que, como vimos, no es solamente un fenómeno monetario**–, afectaría los ingresos salariales y le daría una vuelta de tuerca a la caída del consumo y la demanda. Todo esto se supone inimaginable en un año electoral, por más roto que esté el electorado. Dicho rápidamente, el dilema del decisor se juega, una vez más, entre postergar los costos políticos de la corrección cambiaria y profundizar el costo económico de no corregir.-

Por Claudio Scaletta / El Destape

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