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title: "¿De dónde viene el mito de que el nacionalismo es autoritario?"
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# ¿De dónde viene el mito de que el nacionalismo es autoritario?

La idea de que todo nacionalismo es autoritario, belicista y reaccionario es muy propia de la Argentina. Las ideas de carácter universal sobre la humanidad son muy antiguas. La idea de que los seres humanos no se dividen entre quienes pertenecen a nuestra nación y los potenciales enemigos de las naciones vecinas, sino más bien entre explotados y explotadores, ha tenido un capítulo célebre en el siglo XIX cuando Marx lanzó el grito, que aún retumba, “¡pro­letarios del mundo: únanse!”. Posteriormente existió una tradición, ajena a la vida política real, para la cual las cuestiones nacionales eran simples distorsiones de las verdades científicas. El siglo XX co­menzó con una guerra mundial donde cada partido socialista apo­yaba a su país contra los otros –lo que revela una de las aristas más desafortunadas del nacionalismo–, pero más tarde se produjeron las luchas nacionalistas que, entre sus logros, permitieron las inde­pendencias en Asia y África. Nadie creería que Gandhi fue autori­tario, belicista o reaccionario. Pero Gandhi lideró un movimiento nacionalista y eso resulta difícil de comprender para quienes creen que jamás podría haber reclamos democráticos y modos de acción pacíficos en el marco del nacionalismo.

¿Por qué en la Argentina suena extraño pensar a Gandhi como un líder nacionalista? Sucede que la dictadura militar de 1976 tuvo diversos éxitos, entre los cuales el menos analizado y debatido es la apropiación militar de los significados de la nación. En efecto, la dictadura logró destruir físicamente a una generación, instalar durante mucho tiempo el miedo a “meterse”, destruir cuestiones básicas de la estructura económica y social. Pero además lo hizo en nombre de la nación, del nacionalismo, luchando contra la “subver­sión”, el peligro ruso, el comunismo internacional. Y el proceso de resignificación del concepto de nación encontró sus dos puntos cul­minantes en el Mundial de Fútbol de 1978 y la guerra de Malvinas.

El Mundial fue su punto más alto. A pocas cuadras del estadio de River Plate, algunos secuestrados y torturados pudieron ver la fi­nal junto a sus captores, según describen Eduardo Anguita y Martín Caparrós en La Voluntad. Y aunque esa escena concreta no hubiese ocurrido, fue exactamente eso lo que sucedió en el país. La foto de Videla y Massera en la que se los ve con una alegría desbordante por la primera copa que lograba la Argentina fue un cachetazo y una interpelación incluso para aquellos que, aunque éramos muy pequeños, percibimos claramente aquel entusiasmo. Así, el nacio­nalismo deportivo quedó asociado a la dictadura que, en los hechos históricos de 1978, logró resolver cualquier ambivalencia que pu­dieran tener distintos sectores de la sociedad. El triunfo se celebra, aunque los cantitos de la hinchada tornen inaudibles los gritos de los torturados.

La foto de Videla y Massera en la que se los ve con una alegría desbordante por la primera copa que lograba la Argentina fue un cachetazo y una interpelación incluso para aquellos que percibimos claramente aquel entusiasmo.

Para los dictadores, la guerra de 1982 fue creer que tocaban el cielo con las manos para luego estrellarse contra las profundidades de la humillación, el repudio, la condena moral, y finalmente la justicia. Pero la guerra también marcó el imaginario nacional sobre la nación, y eso ha sido escasamente analizado. Esa división entre nación y democracia marcó profundamente la cultura y la política argentina y constituyó parte importante de la base que permitiría generar toda una mitología, muy argentina, acerca de la nación y el nacionalismo.

**Nación no se escribe con zeta**

El nacionalismo y lo nacional generalmente son considerados fenó­menos antiguos. De acuerdo con la versión más frecuente, es por­que ya no existen. Una segunda versión propone que lo nacional es un “atraso” o un “retorno”. Además de ser anticuados, son algo negativo ya que, en términos ideológicos, son excluyentes, autori­tarios, totalitarios, homogeneizantes. Como suelen decir algunos sectores de la clase media progresista en la Argentina: “nación se escribe con zeta”.

La idea de que todo nacionalismo es expansionista, homogenei­zante y autoritario parte en realidad de una generalización de las peculiaridades de algunos fenómenos nacionalistas, en particular las que caracterizan a los países más poderosos del planeta. Esa ma­triz, nada original, de extrapolar al mundo entero categorías pen­sadas para Europa o los Estados Unidos se actualiza vigorosamente cada vez que amplios sectores de la intelectualidad argentina y lati­noamericana identifican lo nacional con la ideología de los sectores dominantes, cuando no directamente con las dictaduras militares. El sentido de esta identificación que escribe lo nacional “con zeta” es la consecuencia de un proceso histórico específico.

La idea de que todo nacionalismo es expansionista, homogenei­zante y autoritario parte en realidad de una generalización de las peculiaridades de algunos fenómenos nacionalistas, en particular las que caracterizan a los países más poderosos del planeta.

Es muy característico del espíritu civilizatorio y moderno conside­rar que, para tomar las mejores decisiones económicas (renegociar o no la deuda, controlar en mayor o en menor medida a las empre­sas privatizadas), lo que hace falta es un análisis racional que sopese pros y contras, sin atender a retóricas, sentimientos o entusiasmos. La idea subyacente es que una política de la pura razón, una política “científica”, sería posible o deseable. El primer problema es que la pregunta acerca de si conviene pagar, enfrentar, acordar, rescin­dir, expropiar o lo que fuera implica una pregunta acerca de qué beneficia a la mayoría del país, es decir, al país en su conjunto. Y la respuesta cambia de acuerdo con el tipo de país que se imagi­ne: un enclave europeo en América Latina, la pretendida potencia primermundista, el “país normal”, la “patria socialista” o cualquier otro. Son diferentes formas de imaginar el lugar de la nación en el mundo. O sea que la pertinencia de las políticas depende también de la imagen que tengamos acerca de quiénes somos o podemos ser. Incluso en este mundo globalizado, las maneras de inserción de nuestro país tienen mucho que ver con nuestros sentimientos acer­ca de quiénes somos. O sea, no existe una racionalidad económica que pueda considerarse exitosa si no se tienen en cuenta la imagina­ción y los sentimientos de pertenencia.

En las vidas políticas hasta ahora conocidas hay razón y pasión, hay cálculos de intereses y hay cuestiones vinculadas al respeto y la digni­dad. Para la sociedad no es lo mismo que sus representantes acepten ser una “joya de la corona británica” o estar “carnalmente vinculados” a imperios, que el abierto rechazo a las imposiciones externas. La sen­sación de que el propio país es humillado por otros o por sus repre­sentantes puede ser vivida como una humillación personal.

Esto no es una particularidad de la Argentina. Es en nombre de “su cultura” que los franceses limitan la invasión de productos esta­dounidenses, es en función de sus supuestos intereses nacionales que los funcionarios españoles defienden a empresas que no perte­necen al “pueblo español” y los brasileños arman alianzas estratégi­cas con la India y con China. En nombre de la nación se ha hecho la Revolución Francesa pero también el Holocausto, se han defendi­do democracias, se han independizado países y también se han im­puesto dictaduras. Esta ambigüedad de lo nacional puede resultar irritante, pero sucede algo similar con otras referencias colectivas como la clase, la etnia, las ideologías políticas. Ningún socialista po­dría defender todo lo que se ha hecho en nombre del socialismo. No hay modos políticos de identificación sin usos sociales diversos y divergentes.

Ahora, si el Estado (argentino o cualquier otro) desarrolla un plan estratégico de uso de sus recursos naturales en función de un proyec­to de desarrollo económico y social, ¿cuál sería el problema de deno­minar nacional a ese proyecto? En otras palabras, la nación no puede seguir siendo entendida como un concepto antiguo. Tampoco puede pensarse como un estallido emocional irracional.

Si en nombre de la nación se han llevado a cabo atrocidades, ra­zonan algunos, es conveniente renunciar a esa noción política. Si este razonamiento fuera riguroso con cada identificación política existente, concluiría en que todas deben ser abandonadas. Las dos opciones consiguientes son absurdas: hacer política con catego­rías creadas por ingenieros en identidad o, si no, hacer política sin identidades. La primera opción ha fracasado innumerables veces, porque los modos de identificación surgen de procesos sociales e históricos y no se fabrican en laboratorios. La segunda es completa­mente irreal. Las identificaciones son constitutivas de la vida social y política. La racionalidad, los valores y los sentimientos son constitu­tivos de todo conflicto político y cultural.

El resurgimiento de la temática y las referencias nacionales que se produjo en los últimos años en la Argentina me parece positivo en general. Desde ya que muchos de los *best sellers* sobre “los argen­tinos” pueden provocarnos risa e irritación por su simplificación o por su falsedad. Sin embargo, es importante señalar que desde fi­nes de los años noventa, en situaciones de exclusión extrema, una parte significativa de la movilización social y ciudadana apeló reite­radamente a “lo nacional”. Si pensamos en la Carpa Blanca de los maestros, en los trabajadores de empresas privatizadas al borde de la quiebra (por ejemplo, Aerolíneas Argentinas), en las organizacio­nes de desocupados, podremos constatar dos cosas: reclamaron en tanto argentinos (de allí surgía su derecho) y en sus reclamos apela­ron a la Argentina. Una nación con educación pública, con control soberano de los recursos, con integración social y pleno empleo: las referencias a aspectos cruciales del imaginario nacional fueron centrales en sus luchas. En acciones cívicas como estas se inició un trabajo social sobre el sentido de la nación. Un trabajo que buscó imprimir un sentido de lo nacional vinculado a la ciudadanía y a los derechos.

¿Cómo conceptualizar los sentimientos de rechazo que pue­den generar las escenas y políticas de completa sumisión de un gobierno argentino al exterior? ¿Es eso un exótico y autoritario nacionalismo? ¿O ese sentimiento nacional responde a una imagi­nación que postula una sociedad menos desigual, menos injusta, más democrática?

Nada hay de irracional en apelar a la idea de nación para de­nunciar a un gobierno que no defiende el patrimonio público. Tampoco hay irracionalidad en que la mayoría de los ciudadanos deseen que los rumbos del país se definan democráticamente, sin imposiciones del exterior. En estos casos (al contrario que en mu­chos otros), democracia y nación se articulan, no son mutuamente excluyentes. Surgen entonces dos riesgos: como se trata de sentidos inestables, esa articulación podría utilizarse en cualquiera de las di­recciones criticables de lo nacional. También podría suceder que no se reconociera que esa articulación existe y puede potenciarse, y que a través de la burla y la ridiculización los argentinos no escapan de una característica bastante común y comparativamente excepcio­nal: la autodenigración.

Separar nación y nacionalismo, como se separa lo bueno de lo malo, lo indefinido de lo definido, no resulta la mejor alternativa. Imaginemos que los ciudadanos de cualquier país tienen plena so­beranía para elegir a sus gobernantes y decidir democráticamente sus opciones políticas. Si más allá de sus divergencias pudieran con­vivir y construir una comunidad sociopolítica, ¿no tendrían un sen­timiento de indignación si un gobierno extranjero o un organismo multilateral pretendiera modificar la voluntad mayoritaria a través de imposiciones y chantajes? Si las presiones continuaran hasta el extremo de exigir que ese país otorgara a otros la explotación de sus recursos naturales, ¿esa indignación no podría acaso convertirse en un gran movimiento social? No hay dudas de que ese movimiento sería considerado “nacionalista”, en el mal sentido, por el gobierno extranjero u organismo que viera en riesgo los beneficios que hasta entonces tenía.

Si nos tomamos en serio el principio de soberanía popular como fundamento de la democracia, es decir, la idea de que el pueblo a través de su voto decide su propio destino, es necesario asumir que la democracia puede requerir (y en un país periférico requiere) una cuota de nacionalismo. Pero esto no sólo no resuelve, sino que inau­gura el problema. Porque el nacionalismo puede adquirir (como ya dije) contenidos y tendencias diversas, algunas de las cuales (como ya lo hemos sufrido décadas atrás) pueden entrar en tensión y hasta en oposición con la democracia.

Ahora bien, la solución no es apostar a difuminar los sentimientos nacionales o, incluso, generar estereotipos ridiculizantes de los ar­gentinos o burlarse de los sentimientos de pertenencia. Por el con­trario, es necesario asumir que la identificación del nacionalismo con el militarismo y el autoritarismo es el producto del modo en que se tramitan las disputas políticas en la Argentina y, especialmen­te, es uno de los éxitos menos analizados de la última dictadura militar. En efecto, como dice Marina Franco, su discurso patriótico acompañó el terrorismo de Estado, el Mundial del 78, la guerra de Malvinas, y la destrucción de la educación y las empresas públicas. Cuestionar ese éxito no es vivir en el mito de que lo nacional es autoritario, sino mostrar en los hechos que la soberanía nacional es una condición necesaria, aunque no suficiente, de la democracia. Y que la democracia es a su vez una condición necesaria para una soberanía bien entendida, esto es, la soberanía del pueblo.

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Por Alejandro Grimson * Antropólogo social. / Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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