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title: "El derrumbe"
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date_modified: "2026-08-28T17:39:10-03:00"
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# El derrumbe

Agustín tiene 31 años, terminó la secundaria, hizo un curso de gasista pero no puede ejercer porque sacar la matrícula cuesta más de lo que gana en un mes. Trabajó seis años en una fábrica que cerró; después hizo changas en una app de delivery y en un local que le pagaba una miseria y con atraso. A los veintiocho años se separó porque no llegaba a aportar nada a la casa. Tiene una cuenta de banco embargada y otra deuda con su familia, de la que nadie habla. No fue nunca al psicólogo –un par de veces pensó en pedir turno, pero nunca hizo la llamada–. En un grupo de Telegram sobre inversiones encontró gente a la que le pasaba exactamente lo mismo que a él. Ahí decían que si te esforzás y seguís los pasos indicados en las mentorías, podés salir adelante, recuperar el valor y hasta ser tu propio jefe. Pero para costear esos cursos debería pedir prestado; más deudas. Nadie en su entorno cercano sabe bien lo que le está pasando ni cómo se siente. Él tampoco tiene las palabras o los recursos para explicarlo ni para pedir ayuda.

La pregunta por los varones jóvenes implica una trama que atraviesa clases, géneros y generaciones. La precarización laboral y el endeudamiento son la condición estructural en la que estos jóvenes intentan construir una vida. Las hojas de ruta que antes ordenaban una trayectoria vital –estudiar, conseguir un trabajo estable, formar una familia, sostenerla– aparecen hoy truncas, interrumpidas antes de completarse. Y esa interrupción sucede mientras el mandato de masculinidad que establece que el hombre debe ser proveedor y exitoso permanece intacto, sin haberse corrido un centímetro a pesar de un mercado de trabajo que ya no ofrece ninguna de las certezas que ese mandato supone. La pregunta, entonces, no es solo qué les pasa a los varones jóvenes, sino quiénes los alojan y quiénes los expulsan cuando no logran cumplir ese mandato, y si hay, en algún lugar de esa trama, alguien dispuesto a escuchar antes de que sea tarde.

Agustín no es un caso real, pero es, casi con exactitud, el perfil que describen quienes trabajan con los casos detrás de las estadísticas de suicidio de 2025: varón, entre 18 y 34 años, atravesado por precariedad laboral y endeudamiento, por el aislamiento vincular y la soledad no deseada, sin contacto con el sistema de salud, y buscando en el mercado financiero una salida individual a un problema que en realidad es colectivo.

**Suicidios en aumento**

En 2025 se registraron en Argentina 5.209 suicidios, un 22,6% más que el año anterior, la cifra más alta desde que existen estadísticas comparables en el país, según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). La tasa nacional llegó a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, por encima del promedio mundial que informa la Organización Mundial de la Salud. Desde 2023 el suicidio es la principal causa de muerte violenta en Argentina; en 2025 casi triplicó a los homicidios dolosos ([1](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_1)).

Del total de las víctimas, el 78,6% fueron varones, en especial de la franja que va de los 18 a los 34 años. No es una novedad. Desde hace años, la brecha respecto a las mujeres se mantiene, como reflejo de un fenómeno estructural. En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, la proporción –entre cuatro y cinco varones por cada mujer– se sostiene invariablemente desde 2017 ([2](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_2)). Lo que sí cambió es el aumento sostenido de la cantidad y la edad de las víctimas. Si en 2019 un estudio de UNICEF ubicaba la mayor prevalencia entre los 15-19 años, hoy esa franja se corrió a los 20-34 años ([3](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_3)).

El dato obliga a preguntarnos qué pasa cuando esos jóvenes varones terminan la escuela o dejan la secundaria e intentan insertarse en el mundo laboral, justo donde aparece la mayor dificultad para imaginar un horizonte de vida. Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando ese mundo se les presenta como conflictivo? ¿Con quién hablan?, ¿Cómo afrontan las dificultades? En fin, ¿cómo tramitan el dolor? Sabemos cómo mueren muchos de ellos; sería bueno que eso nos ayude a pensar cómo viven, o qué haría que desearan seguir viviendo.

Hay, además, un dato que suele quedar en segundo plano y que es una clave de lectura central. Las mujeres registran más intentos de suicidio que los varones, pero los varones consuman el hecho con mucha mayor frecuencia. Parte de la explicación tradicional sobre este dato está en el método, estadísticamente más letal entre hombres que entre mujeres. Pero hay otro factor, muchas veces invisible para los números fríos, y es que en la enorme mayoría de los casos los varones que mueren por suicidio nunca habían tenido contacto previo con el sistema de salud. Entre las mujeres, en cambio, la mayor frecuencia de intentos genera más instancias de consulta, posibilidades de detección y de intervención (inclusive, aunque no esté en las estadísticas, más instancias de diálogo con familiares o amigas). No es solo que “los varones no pueden pedir ayuda” porque no tienen permitido socialmente mostrarse vulnerables; también sucede que buena parte de ellos no tienen contacto con el sistema de salud.

**Un mandato inalcanzable**

¿Por qué ahora los varones se suicidan más y por qué lo hacen en mayor medida entre los 20 y los 34 años? La hipótesis que manejamos observa las trayectorias de los varones como una tensión. Como señalamos, el mandato de masculinidad hegemónica –proveedor y exitoso, protector y autosuficiente, omnipotente y temerario, con restricción emocional como condición de pertenencia– parece seguir intacto. Sin embargo, las condiciones materiales que alguna vez lo hicieron posible se han degradado. Durante décadas hubo empleos más estables y mayores posibilidades de proyectar una vida. Hoy esas condiciones cambiaron, pero el mandato permanece. La masculinidad sigue subjetivando a los varones para que logren alcanzar posiciones dominantes, cuando viven cada vez más hundidos en la precariedad material, vincular y emocional. Cuando el mandato no se cumple, aparecen la frustración, el fracaso y, en algunos casos, el derrumbe.

El contexto económico no es un dato aislado sino la trama sobre la que se arma y se consolida esa frustración. El deterioro del mercado de trabajo acompaña ese diagnóstico. Según una nota de León Nicanoff que releva datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) y del INDEC ([4](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_4)), desde noviembre de 2023 se perdieron 314.000 puestos de trabajo formales y la desocupación cerró 2025 en 7,5% –el nivel más alto desde la pandemia–, con casi 1,7 millones de personas sin empleo. La misma nota cita el informe sobre Nivel de Endeudamiento de los Hogares Argentinos: el 91,7% de los hogares mantiene al menos una deuda activa y el 23,5% acumula tres o más deudas simultáneas, el doble que un año atrás, con una mora del 40% entre los jóvenes de 18 a 30 años, la más alta de todos los grupos etarios. También recoge un dato de la Facultad de Psicología de la UBA: el 55,9% de quienes atraviesan una crisis personal la asocia a motivos económicos, por encima de las crisis vitales o familiares, con el mayor riesgo suicida concentrado entre los 18 y los 29 años.

Pero incluso ante la contundencia de estos datos no es posible reducir el sufrimiento subjetivo a una cuestión de indicadores macroeconómicos. Lo que queremos destacar es que, cuando el valor personal queda atado casi exclusivamente al rendimiento y la autosuficiencia, la pérdida del trabajo, la imposibilidad de saldar una deuda o sostener un proyecto de vida configuran no solamente problemas de orden material, sino un quiebre en el lugar que los varones creían tener asegurado en el mundo. La “razón de masculinidad” en las tasas de suicidio no puede explicarse únicamente por factores individuales, sino como consecuencia de procesos sociales y económicos que condicionan de manera distinta la forma en la que los varones y las mujeres tramitan el malestar.

**Cuando pedir ayuda se lee como debilidad**

Los mandatos de restricción emocional y de autosuficiencia tienen un correlato concreto en la forma en la que los varones se relacionan –o no– con el sistema de salud. Desde la infancia se les enseña que pedir ayuda, expresar miedo o tristeza y reconocer limitaciones son signos de debilidad y feminización. El resultado termina siendo una suerte de “analfabetismo emocional”, es decir, una dificultad para identificar, nombrar y comunicar ciertos tipos de emociones y afectos, que valida casi exclusivamente la irritabilidad y el enojo como respuestas aceptables al malestar.

Esto genera efectos directos en las trayectorias de salud. Los varones consultan a los profesionales de la salud mucho menos que las mujeres, y suelen acudir sólo en casos de extrema urgencia, cuando el síntoma ya es intolerable. En el ámbito específico de la salud mental, el estigma se profundiza: el temor a “estar loco” o “no poder solo” dificulta la posibilidad de que muchos varones inicien una terapia, lo que empuja la consulta como último recurso, cuando el malestar ya está agravado y las redes informales de apoyo fallaron o directamente nunca se activaron.

A esto se suma un sesgo institucional: los equipos de salud suelen operar sobre modelos diagnósticos construidos a partir de las formas más visibles (y feminizadas) de la depresión –tristeza manifiesta, llanto, verbalización explícita de desesperanza–, mientras que buena parte de los varones expresa el malestar de otras maneras –irritabilidad, aislamiento, consumos problemáticos, conductas de riesgo, somatizaciones–. Cuando esas señales no se leen como indicadores de sufrimiento psíquico y riesgo suicida, la oportunidad de intervención temprana se pierde. Al mismo tiempo, la menor cantidad de varones que demandan servicios de salud mental reproduce el mismo sesgo institucional de que no es necesaria la oferta. Quizás no se trate tanto de esperar que los varones vayan a tocar la puerta del consultorio, sino de invertir en políticas de salud preventivas y comunitarias, yendo a buscarlos adonde están.

**La promesa de salvarse solo**

Como señalamos en una nota anterior ([5](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_5)), la ausencia de políticas públicas y de espacios colectivos que alojen el malestar de los varones jóvenes deja un vacío, pero ese vacío se ocupa de otra manera. Una de las formas más visibles es la especulación financiera. Ante la falta o la debilidad del Estado y la comunidad, la promesa de “salvarse solo” aparece bajo la fachada de gurúes financieros, esquemas de inversión y criptomonedas que venden hojas de ruta individuales al éxito, sin que medie ninguna institución que ponga en cuestión estos planteos.

Un estudio del Centro para las Masculinidades y la Justicia Social ([6](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_6)) identifica tres vulnerabilidades que estas comunidades digitales explotan con eficacia: el aislamiento y la necesidad de pertenecer a un grupo, la urgencia de una hoja de ruta clara hacia el éxito, y el rechazo o el fracaso vincular con las mujeres. No es casual que esto último aparezca en el mismo terreno que explica por qué tantos varones nunca llegan a un servicio de salud: la salida que se les ofrece es siempre individual.

**No te calles, varón**

La respuesta no puede limitarse a la detección clínica del riesgo inminente. Como muestran los propios datos, el abordaje médico llega tarde y, en el caso de los varones, la mayoría de las veces cuando ya no hay vida que salvar. Es necesario poner la escucha en el centro de la política pública, no como gesto asistencial sino como práctica política. Entender que la identificación de las trayectorias singulares de los varones –qué buscaron, dónde fallaron esas búsquedas, con quién no pudieron hablar– es, en contextos de precariedad como el actual, una condición necesaria para una prevención real. Gabriel Giorgi lo plantea en su libro *Parar la oreja* ([7](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_7)):  toda crisis de hegemonía es, ante todo, una crisis de la escucha. Retomar ese desafío no supone salir corriendo hacia la verborragia, con la consabida pasión por llenar a los gritos los huecos, sino detenernos a escuchar y comprender desde dónde escuchamos. Sólo desde ahí podremos producir otra lengua pública que dé lugar a lo que ahora está a la intemperie.

En concreto, esto implica crear espacios de escucha continuos sobre masculinidades en escuelas, clubes, sindicatos y centros comunitarios; no charlas aisladas. Formar docentes y referentes barriales capacitados para leer la irritabilidad o las conductas temerarias de los varones como pedidos de ayuda; organizar plataformas de escucha accesibles y no estigmatizantes, y desplegar políticas de empleo y desendeudamiento, porque ninguna intervención clínica compensa la falta de un horizonte de vida.

Las efemérides del movimiento de mujeres, así como casos resonantes de violencia de género, reavivan la pregunta acerca de qué hacer con los varones, si tienen o no lugar en la agenda feminista. Mientras desde expresiones más radicales y separatistas se escucha un “Callate, varón”, los sectores de derecha antifeministas, fortalecidos por el antifeminismo de Estado que gobierna Argentina, incitan a los jóvenes varones a hablar la lengua del odio misógino, instrumentalizando su malestar para sus batallas ideológicas. Pero las vidas de los jóvenes varones importan, también para los feminismos. Y con ello no estamos diciendo que las mujeres feministas sean quienes deban destinar su tiempo y su energía a escuchar y atender el malestar de los varones, sino que la demanda de políticas públicas de salud mental para prevenir los suicidios masivos de hombres jóvenes y ofrecer horizontes de vida sostenibles debe ser parte de la agenda de género.

En esa misma sintonía, en el marco del décimo aniversario del primer Ni Una Menos, nos preguntamos junto al colectivo de activistas que lleva ese nombre: “¿Qué podemos hacer con los varones cis?” ([8](https://www.eldiplo.org/327-el-futuro-de-america-latina-en-sus-manos/el-derrumbe/#n_8)). Y concluimos esa declaración afirmando: “Para nosotrxs, los feminismos son un proyecto de liberación para el conjunto de la humanidad, no sólo una política identitaria de y para mujeres. De esta contraofensiva patriarcal, salimos juntxs y en comunidad, o no salimos”. Los feminismos, como proyecto amplio de mayorías, pueden ser un modo de alojar, tramitar y organizar malestares, miedos y potencias para pensar un proyecto político futuro. Las cosas no pueden depender de si un varón logra, individualmente, torcer un mandato que lo socializó para no pedir ayuda. Abordar el problema es una responsabilidad colectiva y estatal urgente.

1. https://www.argentina.gob.ar/seguridad/estadisticascriminales

2. https://tablerodis.ms.gba.gov.ar/dashboard.php?q=mortalidad_general

3. https://www.unicef.org/argentina/informes/el-suicidio-en-la-adolescencia

4. [https://www.eldiarioar.com/sociedad/record-suicidios-argentina-expone-impacto-crisis-economica-varones-jovenes_1_13351594.html](https://www.eldiarioar.com/sociedad/record-suicidios-argentina-expone-impacto-crisis-economica-varones-jovenes_1_13351594.html)

5. *Ningún pibe nace libertario*, [https://www.pausa.com.ar/2024/07/ningun-pibe-nace-libertario-milei-y-los-jovenes/](https://www.pausa.com.ar/2024/07/ningun-pibe-nace-libertario-milei-y-los-jovenes/)

6. [https://www.equimundo.org/es/resources/manosphere-rewired/](https://www.equimundo.org/es/resources/manosphere-rewired/)

7. Editorial Tenemos las máquinas, 2025.

8. Disponible en  [https://drive.google.com/file/d/1TsGIV-70Nao8QJ9SdQM9yXUfCtbUyerT/view?pli=1](https://drive.google.com/file/d/1TsGIV-70Nao8QJ9SdQM9yXUfCtbUyerT/view?pli=1)

Por Luciano Fabbri, Nicolás Pontaquarto y Ariel Sánchez * Miembros del Instituto de Masculinidades y Cambio Social. Una versión de esta nota fue publicada en el Periódico Pausa, Pausa.com.ar. / Fuente: El Diplo

Edición SEPTIEMBRE 2026

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