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# Como te digo una cosa te digo la otra

Para hablar de la ley que uniforma el precio de los libros voy a hablar de la ley de tierras. Para hablar de la ley de tierras voy a hablar de la ley del RIGI. Para hablar del RIGI, voy a hablar de las jubilaciones. Para hablar de las jubilaciones, voy a hablar del Estado. Para hablar del Estado, voy a hablar de los legisladores.

Empiezo. Los legisladores que entraron al Congreso en tropel por La Libertad Avanza en las dos últimas elecciones no lo hicieron por sus virtudes, si las tuvieran. Entraron porque los electores votaron a Milei, y sólo a él. Esto se demuestra con la cara en la boleta electoral del indigno Espert y el voto efectivo al Casto Santilli, y con el voto masivo a los hermanos siameses Adorni/Bullrich. No importaban ni importan.

La inmensa mayoría de los legisladores que pisaron el Congreso no tienen ni el mínimo antecedente en política ni la mínima preparación para legislar. Y no asumieron para eso. Ingresaron al Congreso para hacer el negocio miserable de sus vidas y para votar todo lo que les dijera Milei. No ha habido en la historia legislativa argentina un bloque mayoritario tan pobre en elaboración de leyes propias, más allá de las que les envía el Ejecutivo. Están ahí para votarlas sin rechistar. Así lo dieron a entender muy gráficamente atándose un termo a la cabeza.

De donde es fácil concluir que los electores le han dado a Milei la suma del poder público, si agregamos a su patrimonio el ruin y ruinoso espectáculo del Poder Judicial. Pero se sabe que Milei no gobierna, más allá de saciar sus bajos apetitos financieros y de figuración. En otro inconcebible pasamanos, Milei pasa al Congreso todo cuanto le entrega Sturzenegger, sin beneficio de inventario y sin revisar comas o paréntesis. Y no es que le reconozcamos a ese personaje más mérito que su habilidad de gestor de iniquidades. Porque Sturzenegger no elabora sino cumple. Cumple en pasar la legislación enlatada que le procuran los abogados ajenos al Estado que asumen la tarea de legislar para todos los ciudadanos. Sin responder más que a sus jefes. Pregúntense quiénes son esos jefes.

Ahora hablemos del Estado. Milei ya dijo que su labor era la del topo que se infiltra para destruir lo que ha jurado defender, el Estado. Pero ¿qué es el Estado? En la teoría clásica, un estado nacional se sostiene sobre tres elementos constitutivos: población, territorio y gobierno, a los que la teoría política moderna suma la soberanía como atributo indispensable.

La suma del poder público que ejerce Milei atenta contra el gobierno legal y democrático. Sus leyes lo vacían y le impiden cumplir su cometido, hasta volverlo una maquinaria infiel e ineficiente. Y acá es cuando se ataca la población.

Hablemos de jubilaciones. Y agreguemos la asistencia social a pobres e incapaces. Más desfinanciamiento sistemático a la salud, la educación, la infraestructura, y todo cuanto sea labor indelegable del Estado para garantizar, no ya el bienestar de la población, sino su mera subsistencia como comunidad.

Porque Milei no se desentiende de la población. No es, como en el modelo neoliberal anterior, un costo social, una muchedumbre de asalariados o un nicho de mercado. Es una molestia a desaparecer, o reducir a su mínima expresión de subsistencia y organización. Milei ataca a la población de este país con todo el poder del Estado, donde las fuerzas de seguridad son apenas su primera línea de choque para intimidar y controlar.

Y ahora hablemos del RIGI. El RIGI es la herramienta legal para permitir el desembarco del capital más concentrado en su aspecto extractivista. Que consiste en tomar posesión del territorio para extraer sus riquezas con todas las garantías necesarias, sin responsabilidad alguna con la población vernácula ni su ecosistema. Milei no necesita mercado, ni industria, ni comercio. No necesita servicios, ni salud, cultura o esparcimiento. Necesita entregar las riquezas sin que nadie ose rechistar.

Y pasamos a la ley de tierras. No es sólo levantar la restricción de vender tierras linderas a las fronteras. Se trata de abrir las puertas del territorio para trasvasar la tierra a manos privadas, para que puedan ejercer sobre ella su más libre albedrío, sin cortapisas o restricciones. Sin más ley ni orden que la que ellos imponen dentro de su territorio. En los que sobran sólo los que viven allí.

Entonces vamos al último punto de los elementos constitutivos del Estado: la soberanía. La soberanía podríamos resumirla en la capacidad del Estado de ejercer el monopolio de la fuerza, autonomía normativa y sin subordinación a otra autoridad ajena.

Los libros son esos raros artículos que contienen las definiciones que acabamos de enumerar. ¿Ley del libro, quién la necesita?

Por Miguel Gaya * Escritor, poeta y abogado defensor de Derechos Humanos / La Tecl@ Eñe

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