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# El odio

En mayo de 1995 —mismo mes en el que Carlos Menem fuera reelecto con una diferencia de más de 20 puntos respecto de su rival José Octavio Bordón— se estrenó *El odio* (*La Haine* en el original). En este segundo largometraje de Mathieu Kassovitz, él escribió el guion, participó en el montaje e incluso interpretó un rol secundario.

La historia retrata 24 horas de la vida de tres amigos: Vinz (Vincent Cassel), Hubert (Hubert Koundé) y Saïd (Saïd Taghmaoui). Un blanco, un negro y un árabe, tres jóvenes habitantes de un barrio popular desangelado —una redundancia— de las afueras de París. El contexto es el de una revuelta que estalló luego de que un adolescente, Abdel, resultara gravemente herido por un policía durante un enfrentamiento. Los disturbios son el punto de partida pero también el hilo conductor de la historia.

![](https://www.elcohetealaluna.com/wp-content/uploads/2026/07/images-6.jpg)

**Vincent Cassel, protagonista de* El odio.*

Kassovitz empezó a escribir el guion al enterarse de la muerte de Makome M'Bowole, de 17 años, ocurrida en abril de 1993. El joven de origen zaireño murió de un disparo a quemarropa en la cabeza efectuado por un policía mientras se encontraba esposado en una comisaría de París. Las autoridades alegaron la legítima defensa.

El film empieza con la voz en off de Hubert Koundé contando la historia de un tipo que se cae de lo alto de un edificio de cincuenta pisos y, mientras cae, para tranquilizarse, repite: “Hasta acá todo bien… hasta acá todo bien…”. La voz concluye: “Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”.

Una imagen muestra la Tierra vista desde el espacio, sobre la que explota un cóctel Molotov. La inminencia de la explosión es el gran tema de la película. Hubert es boxeador y siempre busca la salida pacífica a los conflictos. El título de la película viene de una de sus frases preferidas: “El odio atrae al odio”. Saïd es el mediador, el que aporta el sentido del humor al equipo. Vinz es el impulsivo, el que necesita probar que es un tipo duro. La famosa escena del espejo (un homenaje al Robert De Niro de *Taxi Driver*, de Martín Scorsese) lo describe con claridad: “¿Me estás hablando a mí?”.

La cámara del director de fotografía Pierre Aïm nos regala otra escena antológica, flotando sobre los árboles y las terrazas de los edificios (una proeza técnica en una época sin drones). De fondo escuchamos una mezcla de música electrónica con la voz de Edith Piaf cantando “*Non, je ne regrette rien”*.

Diez años después del estreno de *El odio*, en octubre del 2005, las periferias de las principales ciudades de Francia estallaron en una revuelta generalizada. El detonante fue la muerte de dos jóvenes, Zyed Benna y Bouna Traoré, ambos menores, que fallecieron electrocutados en una subestación cuando escapaban de la policía. Los disturbios duraron tres semanas, durante las cuales el gobierno decretó el estado de emergencia. Se incendiaron miles de vehículos y algunos edificios, por lo general oficinas públicas (comisarías, correos, intendencias, etc.). Sin embargo, los manifestantes no eran ni entusiastas de Piotr Kropotkin, ni tampoco militantes nihilistas. Al contrario, esos franceses de segunda generación exigían entrar al sistema, no abolirlo: poder escapar de los barrios periféricos, acceder a trabajos bien remunerados, no ser maltratados por la policía por “delito de rostro”, pero también poder ir a bailar sin que los patovicas de los boliches los fajen. En aquellos disturbios no hubo consignas religiosas, ni propuestas para conformar un gran califato, ni tampoco se manifestó el deseo de volver al país de origen de sus padres o abuelos.

Al igual que la Argentina, Francia es un país de inmigración económica. Como ocurre también en nuestra patria, el gran instrumento de integración de esa inmigración es la educación pública. A lo largo del último siglo, Francia recibió inmigrantes polacos, españoles, italianos, portugueses y también extranjeros provenientes de África del Norte y África subsahariana (antiguas colonias o protectorados). Esta última ola es cuestionada por la extrema derecha por razones supuestamente culturales y religiosas: como la mayoría es musulmana, eso impediría integrarse a un país mayoritariamente cristiano. En realidad, la extrema derecha francesa ha repetido lo mismo frente a todas las olas inmigratorias anteriores en nombre de una pureza de la que Francia siempre careció. La retórica antiinmigración es la principal arma discursiva de la extrema derecha.

“*El odio* es una respuesta imperdible a una emergencia interminable”, escribió Peter Bradshaw en *The Guardian*. Es una definición justa. Agregaría a la noción de emergencia la de tedio. Esa espera interminable de que ocurra algo, un milagro que saque a los protagonistas de esa periferia perdida, en la que la presencia del Estado pasa esencialmente por la represión policial y, en menor medida, por los docentes que intentan con recursos escasos administrar la emergencia interminable. Mathieu Kassovitz afirmó en una reciente entrevista: “*El odio* sigue siendo relevante porque hay algo que no ha cambiado en absoluto: la brutalidad policial”.

Desde hace unas semanas asistimos a un asombro digital, una operación de envergadura mundial en la que nuestro país es considerado racista, incluso “el país más racista del mundo”, según un posteo del actor norteamericano Samuel Jackson. La final de la Copa Mundial que España le ganó con holgura a la Argentina se transformó en la lucha del bien contra el mal. “Ciertas victorias nos recuerdan que la libertad aún puede prevalecer. Gracias a España y a todos aquellos que continúan manteniéndose con coraje y dignidad del lado de la justicia”, escribió en su cuenta de Twitter Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos.

¿Si el tiro de Giuliano Simeone hubiera entrado en el arco español, la libertad hubiera corrido peligro? En los partidos que la Argentina jugó con anterioridad y ganó, ¿la libertad no prevaleció? Es un tema complejo.

Algunos medios conservadores ingleses tildaron a los jugadores argentinos de “delincuentes” y “violentos”, pero a esa reacción en el fondo esperable se sumó otra desde las antípodas ideológicas: “Más sorprendente todavía fue el papel de los medios progresistas o liberales occidentales. [Publicaciones](https://jacobinlat.com/2026/07/como-se-invento-el-pais-mas-racista-del-mundo/) como*The New Yorker, The Guardian, Los Angeles Times*o*El País*se sumaron, con distintos grados y matices, a una narración que presentaba el torneo como una lucha entre una Argentina blanca y racista y el multiculturalismo encarnado por las selecciones europeas. La operación era diferente de la conservadora, pero complementaria*”.*Un artículo del *Nouvel Observateur* impone el tema desde el título: “Cómo Argentina borró su identidad negra (y cómo su selección de fútbol lo ilustra)”. El arma que habría usado nuestro país para ese “blanqueamiento” fue, según el propio artículo, la asimilación. Una afirmación asombrosa que deja un interrogante: si la asimilación es negativa por su efecto diluyente, ¿el apartheid hubiera sido la forma virtuosa de preservar la pureza inicial?

Además, lo que debería probar el “multiculturalismo” de una sociedad (en este caso la francesa) no es tanto la imagen de su selección de fútbol, sino la presencia de árabes y negros en los consejos de administración de las grandes empresas francesas, en el Senado de aquel país o, yendo hacia el lado opuesto de la pirámide social, el porcentaje de árabes y negros en las cárceles francesas. Es decir, saber qué ocurre con los franceses de origen árabe o africano que no disponen de habilidades deportivas de excelencia es una forma más efectiva de determinar el éxito o fracaso del “multiculturalismo”. Este paradigma debería medirse en los sectores postergados que vemos languidecer en *El odio*; no en lo alto de la pirámide social de una selección de fútbol.

En todo caso, que exista el racismo en la Argentina, como en el resto de nuestra región, es algo que nadie podría refutar; pero que la Argentina sea un país esencialmente racista es más difícil de probar. Históricamente, su población negra, concentrada en el Río de la Plata, padeció las guerras de Independencia y las guerras civiles, como también la calamidad de las epidemias de fiebre amarilla de fines del siglo XIX. Pero no fue víctima de un plan de exterminio, sino de los padecimientos propios de las clases más pobres. La Asamblea del Año XIII estableció la libertad de vientres, es decir, que el hijo de esclavos nacido en nuestro territorio dejaba de serlo. Cuarenta años más tarde, la Constitución de 1853 abolió la esclavitud, antes que lo hiciera Estados Unidos y mucho antes que España la aboliera en sus colonias de Puerto Rico y Cuba. La inmigración blanca de fines del siglo XIX (proveniente de los países europeos más pobres) también “blanqueó” la población local; pero nunca padecimos leyes raciales, ni prohibiciones o derechos limitados por el color de piel o la religión. El racismo en nuestro país nunca fue institucional y, si se ejerce socialmente, tiene más que ver con un rechazo anti-pobre que con una supuesta supremacía “blanca”. El pobre deviene “negro”, así como el rico suele parecer rubio y de ojos celestes, con independencia de su ADN. La Argentina sigue siendo un país de inmigración, con leyes migratorias particularmente benignas, ya que, como todos sabemos, “el argentino nace donde se le da la gana”.

Alguna vez conoceremos el trasfondo de este extraño Nado Sincronizado Independiente (NSI) global que impuso la idea de una lucha imaginaria entre el bien y el mal, entre las selecciones multicolor europeas y la selección aria de nuestro país. Relato al que se sumaron personalidades tan diferentes como Yanis Varoufakis, Samuel Jackson, Francesca Albanese o Patti Smith. Pero lo más notable no fue ese relato sostenido en horizontes lejanos, sino la reacción de nuestro propio gobierno. Retomando la vieja letanía de la “campaña anti-argentina”, el oficialismo de la motosierra decidió colocarse en la posición de víctima, como hizo la dictadura cívico-militar de Jorge Rafael Videla y José Alfredo Martínez de Hoz. En aquella época, con el repulsivo slogan “los argentinos somos derechos y humanos”, los ideólogos de esa etapa histórica buscaron generar una empatía con la sociedad que habían tomado por asalto frente a un supuesto ataque desde el exterior. “En el Mundial de la paz, los argentinos hemos sabido disfrutar de la alegría del triunfo; en un marco de corrección y respeto, que fue reconocido por el mundo entero. Hagamos que ese triunfo sea permanente. Argentina, voluntad de los argentinos”, decía el eje de la campaña contratada a una agencia de comunicación norteamericana contra la supuesta campaña antiargentina. La supuesta agresión exterior consistía en la difusión de los crímenes de lesa humanidad de la dictadura que sus mandantes civiles simulaban ignorar.

Resulta extravagante escuchar a este gobierno —que lleva adelante un seguimiento perruno en materia de política exterior con Estados Unidos e Israel— defender los valores nacionales o sobreactuar alguna indignación con el Reino Unido. Siguiendo los lineamientos de la última dictadura, junto a sus repetidoras mediáticas, nos alerta sobre el peligro progresista detrás de esta operación global. El notable ex rugbier y actual periodista Christian Martin habría descubierto la implicancia de un comando ruso instalado en Bolivia, con ramificaciones venezolanas, palestinas, iraníes y cubanas, incluyendo el inevitable apoyo kirchnerista, un espacio político en plena decadencia, pero que mantiene una trascendencia planetaria envidiable.

Sólo [faltó la participación](https://www.clarin.com/politica/muerte-desequilibra-cristina_0_H1XzM4qPXg.html) del comando venezolano-iraní con adiestramiento cubano. Los parecidos entre la dictadura cívico-militar y el gobierno de Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, no se limitan a los trucos comunicacionales, sino que comparten el mismo modelo de país. “Hay una continuidad entre la picana y la motosierra”, suele advertir el sociólogo Artemio López.

Nadie odia a la Argentina y sus mejores valores como este gobierno y sus mandantes. De ahí que busque destruir la tradición de la política exterior argentina que se basó históricamente en la defensa del derecho internacional, el multilateralismo y la no intervención. Milei patea nuestros pilares fundamentales, como la solución pacífica de controversias, la defensa de los derechos humanos y la integración regional. De la misma forma busca terminar con la educación pública y gratuita, el hospital público, la cultura, la ciencia y la tecnología nacionales, algo que siempre nos diferenció como país. Siguiendo los pasos de Martínez de Hoz, el equipo económico de Luis Caputo, el Timbero con la Nuestra, considera que sobran argentinos. Su ideal es una sociedad como la de Perú, con 70% de ciudadanos fuera del sistema. Eso es odio. Y como repite Hubert: “El odio atrae al odio”*.*

La única campaña anti-argentina es la que lleva adelante el gobierno nacional.

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