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title: "Los fantasmas del Bois de Boulogne"
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# Los fantasmas del Bois de Boulogne

Cuando visité por primera vez el Bois de Boulogne, a los nueve años, no fui a ver el Jardin d’Acclimatation. Recién décadas más tarde me enteré de la oscura historia de ese lugar. Quizá, si el día en que me propuso dar un paseo por aquel inmenso parque de París mi papá me hubiera dicho que escondido en algún rincón del vasto bosque había un parque de diversiones con animales y calesitas, habría querido visitarlo.

Pensándolo ahora, creo que fue una decisión deliberada de su parte. Aquel hombre de saber enciclopédico no ignoraba los crímenes y traumas que ocultaba ese lugar, y seguramente no quería abrumar al niño que yo era entonces. Por supuesto no podía saber que dentro del bosque nos esperaba otro capítulo del oscuro pasado francés. Mientras paseábamos por un laberinto de senderos, nos topamos, de pura casualidad, con una gran estela cilíndrica de piedra: el monumento a los fusilados de la Cascada de Bois de Boulogne.

La voz de mi papá se ensombreció: “El monumento de la Cascada. Ah, sí, lo oí nombrar. Conmemora el sacrificio de treinta y cinco jóvenes que…”. Se detuvo, y prosiguió: “Fue después del desembarco, claro, el 6 de junio”. Si mal no recuerdo, después guardó un momento de silencio.

Habíamos llegado a Le Havre a principios de junio de 1951. Mientras nos acercábamos al puerto, mi papá había comentado lo extraño que era estar llegando a Normandía siete años después del “Día D”. Divisábamos a lo lejos la playa de Utah, donde las tropas aliadas habían combatido para poder pisar el suelo francés. “A mediados de agosto, si no me equivoco, todas las unidades de la Resistencia de París recibieron órdenes de prepararse para la insurrección”, dijo mi papá. “Mirá”, agregó, señalando los nombres inscritos en el monumento: “Treinta y cinco nombres”.

“Murieron luchando contra los nazis”, aventuré. “Contribuyeron a la liberación de su país”. “No –respondió mi papá–. Estos muchachos nunca tuvieron oportunidad de combatir. Dos días antes de la insurrección, los capturó la Gestapo en el Bois de Boulogne, en este lugar, y los ejecutó acá mismo. ¿Te gustaría leer sus nombres?”

Aunque no sabía francés, balbuceé los treinta y cinco nombres de la lista. Y, cuando terminé, mi papá me mostró un roble que estaba ahí cerca, y que aún conservaba marcas de las balas disparadas esa noche. Fue lo que más me impresionó: que alguien pueda estar vivo y que, unos segundos más tarde, esté muerto; que haya causas por las que valga la pena morir, y momentos en los que hace falta correr ese riesgo.

No sabía lo que me esperaba el 11 de septiembre de 1973. El golpe de Estado en Chile me obligó a esconderme, y después a exiliarme en París con mi esposa Angélica y nuestro hijo de siete años, Rodrigo. No llevé a Rodrigo a pasear conmigo al Bois de Boulogne para ver el monumento. Apenas me acordaba de esa visita de mi infancia, y ninguno de los nombres se me había quedado grabado. Tenía otros muertos en la cabeza, los desaparecidos, en el país del que me habían expulsado.

**Zoológicos humanos**

Pasaron los años, y recién hoy, este 6 de junio de 2025 –ahora que vivo de nuevo en Estado Unidos y vuelvo a visitar París pero, esta vez, con 83 años de edad– me volvió a la cabeza de improviso el monumento del Bois de Boulogne. No tenía planeado conmemorar ese episodio tan lejano cuando, esta mañana, le propuse a Angélica visitar el Jardin d’Acclimatation. Y ahora me encuentro ante este parque de diversiones donde antaño expusieron a once personas nativas de la Patagonia como si fueran animales. Me quedo ahí clavado, inmóvil, intentando entrar en contacto con estos “indígenas”, secuestrados y traídos acá, en 1881, a un zoológico humano, para exhibirlos.

Intento conectarme con ellos, pero desaparecieron.

No sé cómo se dice “desaparecer” en su lengua.

Murieron. No sé cómo se dice “morir” en su lengua.

Se extinguieron.

*No creo que los selk’nam jamás hayan imaginado que su pueblo pudiera extinguirse.*

No creo que una palabra semejante existiera para ellos, no creo que jamás hayan imaginado que su pueblo pudiera extinguirse.

Intento escuchar con atención. A mi alrededor, la gente deambula, como hace más de ocho décadas, como hace 144 años. Mi esposa y yo nos quedamos afuera: no queremos pasear o saborear un capuchino en este lugar donde personas originarias de Tierra del Fuego, conocidas como selk’nam, fueron enjauladas para que la gente de París pudiera contemplar a esos “salvajes” procedentes de los confines de la Tierra, para que los científicos pudieran examinar sus cuerpos y medir sus cráneos, y así probar la superioridad racial de la raza blanca.

Fue a principios de junio, ¿podría haber sido el 6 de junio de 1881?, ¿la historia se permite semejantes ironías? En todo caso, fue algún día de principios de junio cuando un cazador de focas llamado Waalen desembarcó en una isla del Estrecho de Magallanes y capturó a dos familias.

Cuatro mujeres, cuatro hombres y tres niños; la más chica era una nena de 2 años. Es ella la que no me deja dormir en paz ahora, mientras hay tantos niños deportados, bombardeados o muriéndose de hambre. No puedo evitar pensar en esta nenita arrebatada violentamente de las costas en las que había nacido.

Waalen actuaba a las órdenes de Carl Hagenbeck, un empresario de Hamburgo que se había hecho rico exhibiendo aborígenes en todo el mundo. Necesitaba constantemente nuevos especímenes exóticos, inferiores y bestiales, para seguir atrayendo a los clientes a sus zoológicos humanos.

Para cubrir los gastos de la expedición, Hagenbeck aceptó compartir sus cautivos con un colega francés, Albert Geoffroy Saint-Hilaire, el director del Jardin d’Acclimatation, que ya había exhibido lapones, inuits y nubios ante multitudes de espectadores.

El 18 de agosto del mismo 1881, Saint-Hilaire fue a recibir al barco y a los once selk’nam cuando desembarcaron en el puerto de Le Havre.

No conocemos el nombre de la pequeña selk’nam en su propia lengua, hoy muerta. Sólo sabemos cómo la llamaban los guardias, tal como se la identificaba en la publicidad de la exposición: Petite Capeline. También sabemos que la niña murió el 30 de septiembre de 1881, muerte registrada en la comuna de Neuilly-sur-Seine.

La nenita sucumbió en Europa dos semanas después de que la exhibieran por primera vez, el 11 de septiembre —otra vez, una coincidencia de fechas nefasta, ese 11 de septiembre que resurge del pasado—, junto a sus padres y los demás.

Causa de la muerte: bronconeumonía.

Contraída con la vacuna administrada a los cautivos cuando atracaron en Le Havre.

Nunca pudo viajar a Alemania en un vagón de carga junto con los demás. Exhibidos en el Tiergarten de Berlín, donde los espectadores armaron revuelo porque los indígenas se negaban a aparearse ante sus ojos.

Seis de ellos murieron en Europa, a cuatro los llevaron de vuelta a Tierra del Fuego, donde la viruela y las armas de fuego de los colonos terminaron de rematarlos. Desaparecieron como el resto de los selk’nam, igual que el hielo de la Antártida que, de tanto derretirse, va a acabar desapareciendo en los próximos años.

Nadie conoce sus verdaderos nombres. No hay ninguna placa que conmemore su existencia.

Lo que se conmemora hoy es otra cosa, que por ahora ni Francia ni Europa pueden olvidar. Hoy es un día para otra memoria, un día donde recordamos otros muertos, otros desembarcos.

**Los hijos del desembarco**

¿Es efecto del “Día D”? Mi mente vuelve una vez más al monumento de la Cascada. Así funciona la memoria. Estoy en frente del Jardin d’Acclimatation y pienso en Petite Capeline. Vuelvo a verme con nueve años, parado en otra parte del bosque, y trato de entender qué significa todo esto, este revoltijo fortuito de fechas, y qué mensaje nos transmiten estos indígenas arrebatados de la isla en la que vivían.

Todo se relaciona, estoy condenado a ver la relación, a advertir las fechas en junio, en agosto y en septiembre que se hacen eco a través del tiempo: el cazador de focas que desembarca en una isla de la Patagonia, los once selk’nam que desembarcan en Le Havre ante las costas de Normandía, los hombres que desembarcan en la playa de Utah y pierden la vida, los hombres que desembarcan y sobreviven, los jóvenes ejecutados en el bosque que pensaban que su destino era continuar con lo que ese desembarco había inaugurado y liberar París, mi propia llegada a Le Havre, que me permitió, unos días más tarde, visitar el bosque.

Y hoy, 2025, otro 6 de junio más. Otra ceremonia, con los ministros de Defensa del Reino Unido, de Francia, de Dinamarca, e incluso de Alemania. Y también el temible y fanfarrón Pete Hegseth, el secretario de Guerra de Estados Unidos, que entiende tan poco sobre el dolor de la guerra y de la memoria, pero que sabe tan bien cómo infligir dolor y borrar la memoria en su propio país. Una ceremonia que no tiene la solemnidad ni la importancia de la del año pasado, por los 80 años del “Día D”.

El año pasado, el presidente Macron declaraba: “Hoy, todos nosotros somos hijos del desembarco”. Y explicaba que tenemos que celebrar el poder de la democracia, el triunfo de la civilización ante la barbarie; que si estamos acá parados es gracias al desembarco en Normandía, y a todos los que se atrevieron a soñar con un mundo más noble, más justo.

Este año, en las escuelas cercanas a la playa de Utah les pidieron a los niños que reflexionaran sobre las ideas de libertad, igualdad y fraternidad.

Y sin embargo…

¿Somos hijos del desembarco o hijos de la indiferencia? La amnesia es profunda, y la amenaza de extinción pende siempre sobre nosotros. La extinción que sacudió primero a los selk’nam y su lengua, una advertencia. ¿Cómo puede ser que no hayamos aprendido nada de todo lo que el pasado nos ruega que jamás olvidemos?

¿Realmente cambiaron las cosas desde que esa nenita murió en el bosque de Boulogne?

¿Acaso no hay innumerables niños, en este mismo momento, muriendo bombardeados, o de hambre, o de enfermedad? ¿Más y más desaparecidos condenados al olvido?

Llamo a la nenita de 2 años. La llamo.

¿Dónde estás enterrada, Petite Capeline?

Nadie responde.

Por Ariel Dorfman * Escritor chileno-estadounidense, autor de La muerte y la doncella (Ediciones De la Flor, 1992) y de las novelas Apariciones (Fondo de Cultura Económica, 2021), Allegro (Fondo de Cultura Económica, 2019) y Konfidenz (Fondo de Cultura Económica, 2023), que transcurren en París. / el Diplo

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