




El gobierno tambalea bajo el peso de sus errores y por defectos de construcción, que agrietan los cimientos. El país está en recesión y sin perspectivas de salir, el sector financiero ya le pone precio a una crisis que asoma en el horizonte, las internas dejan al oficialismo al borde de una ruptura, la opinión pública le da la espalda y Javier Milei está cada vez más sólo y aislado en el escenario internacional tras el desastroso viaje a España y la fuga de Flávio Bolsonaro.


Hoy su futuro depende del apoyo de Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Sucede que ellos tienen problemas más importantes. El presidente de Estados Unidos enfrenta el martes las elecciones de mitad de mandato. Los pronósticos anticipan la posibilidad de que quede en minoría en ambas cámaras. La incógnita no sólo pasa por el resultado sino por cómo podría gestionar Trump (y el sistema) una noticia adversa. Netanyahu, mientras, está a punto de perder el poder y dispuesto a cualquier cosa para evitarlo.
En las últimas horas de una semana fatal, una encuesta de Pulsar Research, consultora vinculada a la gestión PRO encendió las alarmas: de acuerdo a su “brújula social” de octubre, la aprobación del gobierno y la opinión sobre el rumbo muestran niveles de positividad por debajo del treinta por ciento. Sólo uno de cada cuatro argentinos cree que el rumbo es el correcto y apenas un 28,9 por ciento cree que la gestión es buena o muy buena. Más del 50 por ciento opina que es muy mala.
Respecto a la imagen del presidente está en apenas un 32 por ciento de aprobación contra el doble, 64 por ciento, de rechazo. La hipótesis que circula en los whatsapp del círculo rojo dibuja una escalera: en su primer año de gobierno, la positiva del gobierno oscilaba en el “cintuenti”, en su segundo año, en el “cuarenti” (se corroboró con el resultado de las elecciones), en el tercer año, que transcurre, está en el “treinti”. Si su último año de mandato se hunde en el terreno de “veinti”, su candidatura corre peligro.
Patricia Bullrich cree que la ¿sexta? ¿séptima? (ya perdí la cuenta de las veces que se lanzó este año) es la vencida. Esta vez, hace decir a sus voceros oficiosos, la emancipación es un hecho. No quiere, sugieren en su entorno, que la visita del Papa la encuentre en la foto de un gobierno que quedará expuesto, como quedó expuesto al no reconocer el resultado de la elección en Brasil, algo que, en los focus de la senadora mide pésimo en el electorado que ella le aportó a Milei en el ballotage de 2023.
Llamó menos la atención, porque lo hizo sin espamento, pero el presidente de la cámara de Diputados, Martín Menem, también aceptó el triunfo de Lula al compartir un posteo de uno de los Benegas Lynch que admitía la validez del resultado. Los Menem van a defender a los Milei hasta el último suspiro mientras tengan poder pero van a ser los primeros en ponerse en la fila para cagarlos el día que lo pierdan. Ellos también creen que eso puede pasar antes de octubre. En ese caso, hará falta un reemplazo.
La paranoia y la descomposición están rompiendo todas las alianzas en el oficialismo. Karina ya no confía como antes en los Menem. Bullrich y Santiago Caputo, que supieron entenderse bien en la guerra de baja intensidad contra la hermana del presidente, ahora volaron por el aire los puentes. Toto Caputo cree que van a echarlo pronto. El PRO está en abierta rebeldía, algo que le cuesta explicar al jefe de gabinete, Diego Santilli, al que pusieron en ese cargo justamente para encolumnar a los socios.
Esa inestabilidad, la baja popularidad del presidente, su comportamiento errático y el reconocimiento transversal de que la actividad económica y la vida de los argentinos no va a mejorar sustancialmente antes de las elecciones, sumado a la alta vulnerabilidad del país ante sucesos externos configuran una situación delicada, que puede agravarse de manera súbita a partir de lo que suceda el martes que viene en las elecciones en Estados Unidos y cómo Trump reaccione ante ese resultado.
Una derrota del Partido Republicano no significa que automáticamente vaya a cortarse la asistencia ni deja a Trump sin herramientas para hacer política exterior agresiva en América Latina, pero aumentará la dificultad y los costos de esa clase de operativos, mientras que le abrirá nuevos frentes, más apremiantes, en el ámbito local. Pero el efecto va a sentirse, en los mercados, antes de que falte un dólar. La duda sobre las condiciones de la garantía de Washington alcanzará para que se dispare el riesgo país.
La Casa Blanca también llega a la elección en problemas, con la nafta encima de los cuatro dólares por galón, el petróleo en 120 y la guerra con Irán a punto de volver a escalar; con un crash financiero causado por el desplome de las cripto y de las tecnológicas a finales de la semana; con pésimos niveles de aprobación y con el affaire Bolsonaro que le explotó en la cara. Si pierde la mayoría en ambas cámaras corre riesgo de ser sometido a un impeachment.
Sin embargo la preocupación más importante no pasa por los efectos de una derrota sino por la posibilidad de que, si no acompañan los resultados, Trump no reconozca el voto popular o haga algún intento por interrumpir o corromper la jornada electoral, desatando una crisis institucional potencialmente más importante que la del asalto al Capitolio, porque esta vez seguirá siendo el mandatario por dos años más y desde ese lugar tiene mucho más poder para intentar salirse con la suya.
Mientras que una derrota aceptada puede debilitarlo y, por transición, perjudicar a Milei; una derrota disputada o una crisis institucional abre un escenario completamente diferente. En un contexto de debilidad creciente, el presidente argentino y sus asesores encumbrados, que toman decisiones estratégicas basadas en películas y videojuegos que no entienden, podrían verse tentados a hacer una estupidez más grande que todas las que hicieron hasta ahora.
Eso puede suceder, como sucedió hace unos días en Brasil. Bolsonaro pasó de ser el virtual líder del país a un ridículo repudiado hasta por su propia base en menos de una semana. Con justicia. La clave para que eso fuera así pasó por las élites, que se mostraron dispuestas a ponerle un límite al lumpenaje que planeaba entregar el país llave en mano. Mientras acá todavía se inmolan por el fugitivo, la derecha brasileña ya lo soltó. Flavio hace circo para el departamento de Estado, no para San Pablo.
En la Argentina esa fuerza capaz de ponerle un freno a la ultraderecha en su cruzada contra la constitución, la democracia y la soberanía nacional todavía no existe. El círculo rojo prefiere tolerar la barbarie fascista antes que hacer lo correcto. Cambiar esa situación ha demostrado, a lo largo de la historia, ser una tarea titánica. Es, sin embargo, la tarea que nos toca en suerte en este momento tan especial de la historia. No elegimos cómo empieza la historia pero todavía podemos incidir sobre el final.
Por Nicolás Santos / El Destape




























