




El debate político y económico, en redes y medios, rebosa de lugares comunes e ideas fuerza que pretenden instalarse. La más notable de todas, el supuesto “nuevo consenso”, sostiene que el gran aporte del mileísmo a la historia económica sería una suerte de fiscalismo irreversible: la conciencia de que todo estaría permitido, menos el déficit fiscal y que, por extensión, el equilibrio fiscal sostenido sería el non plus ultra de cualquier política económica, con prescindencia del comportamiento del resto de las variables. Con tono serio, casi doctoral, hasta el analista más pelandrún sostiene que “Milei hizo lo que había que hacer”.


Siguiendo el nuevo consenso, el presente aparecería como el resultado presuntamente positivo de este aserto fiscal. Analistas de todo pelaje, desde periodistas que olvidaron el abecé de la profesión para oficiar de voceros hasta economistas que reivindican la caricatura ortodoxa, ponderan el supuesto éxito en la lucha contra la inflación como producto de la nueva disciplina fiscal.
Para justificarlo, recurren a una verdadera trampa metodológica: comparar solamente contra la anomalía de 2023. En su último año, el gobierno del Frente de Todos experimentó un verdadero salto inflacionario, superando un acumulado del 200 por ciento –211, para ser exactos–. Es historia reciente, pero existe consenso en que se trató del resultado de la suma de los efectos de la pandemia, la restricción externa profundizada por la sequía y el amateurismo teórico de un abogado con ambiciones presidenciales en el Ministerio de Economía. No debe olvidarse, por supuesto, la interna fratricida que logró que desde el mismísimo oficialismo se ayudara a convencer a la sociedad de que el gobierno propio era el peor de la historia, un gran aporte al vacío de poder.
De nuevo, Milei es también el resultado de una extensa sumatoria de desaciertos del peronismo, un mea culpa que nadie quiere asumir. Hecha la salvedad, cuando el actual oficialismo y sus satélites hablan de la “inflación kirchnerista” lo hacen comparando contra este desfasaje de 2023, lo que les permite destacar la gran virtud de haber reducido la inflación en 2025 y 2026 a valores de poco más del 30 por ciento anual, olvidando prolijamente el 120 por ciento de 2024.
Ahora bien, si se toma la inflación del período 2007-2015, durante los dos gobiernos de CFK, el promedio anual ronda el 25 por ciento –a valores corregidos, descontando la distorsión del Indec intervenido, sería incluso menor–. Dicho de otra manera, el único gran logro que se le asigna a la actual administración está muy por debajo de los resultados conseguidos durante las dos presidencias de CFK, cuando, según los economistas “más serios”, se estaba perpetrando el “macrocidio” de empujar los salarios bien por encima de la inflación y la productividad para inducir una indebida fiesta de consumo, la misma que hoy parece Argentina año verde.
Pero que no se malentienda: no es el objetivo de estas líneas hacer ninguna reivindicación de períodos históricos particulares. A partir de 2011, la economía dejó de crecer y ello amerita otro análisis. Lo que se quiere destacar es que no había ninguna necesidad inmanente de destruir las funciones esenciales del Estado en su rol de proveedor de bienes públicos. No era necesario desfinanciar la ciencia, bajar jubilaciones, desatender a los discapacitados, quitarles remedios a los jubilados, pauperizar a médicos y maestros, profundizar el endeudamiento en divisas y desatender el mantenimiento de la infraestructura pública como condiciones necesarias para alcanzar la estabilidad.
Y, sobre todo, tampoco era una necesidad inmanente pulverizar el poder adquisitivo de los salarios. El contraste duro es que, sin esta pulsión por romper todo, había más equilibrio macroeconómico durante los gobiernos de CFK, cuando gobernaban “los kukas”, que en el presente. Y ni hablar si se compara con el gobierno que toda la prensa paraoficialista parece olvidar: la desgracia macrista, que dejó la inflación en el 60 por ciento anual, junto a una explosión de endeudamiento externo que pesará sobre generaciones y al regreso a la dependencia con el FMI.
También se puede salir de la grieta actual e ir un poco más atrás. Hubo otra época dorada para el poder económico, con una estabilidad más real que la del presente. En los tiempos de auge de la Convertibilidad, durante los tres años que van de 1996 a 1998, la inflación se mantuvo siempre por debajo del 1 por ciento anual. Es decir, el número “empezaba con cero”, pero no para el mes, sino para todo el año. Y, encima, lo mejor estaba por venir: durante los tres años siguientes, de 1999 a 2001, la inflación fue negativa. Los precios no solo no subían, sino que bajaban. En los términos de la prensa mileísta de hoy podría decirse que más estabilidad macroeconómica no se consigue.
Fue en aquellos años de oro cuando se decía: “Estamos mal, pero vamos bien”. Lo mismo que dice hoy –palabras más, palabras menos– el ministro Luis Caputo. No se decía “la macro está bien, pero la micro está mal”; lo que se afirmaba era que “los fundamentals están bien”. Lo decían, bastante más jóvenes, los mismos economistas que lo dicen hoy, cuando todavía no habían devenido en vacas sagradas y portadores de citas de autoridad.
Pero como no hablamos de coyuntura, sino de historia, hoy todos saben lo que sucedió en los ’90. Después de seis años de inflación primero bajísima y después negativa, vino la peor crisis de la historia económica reciente: el estallido de 2001, como punto culminante de la gran recesión que se inició en 1998 y duró un lustro. En la primera mitad de 2002, la desocupación abierta llegó al pico histórico del 21,5 por ciento.
Resulta por lo menos notable lo rápido que el pueblo argentino olvidó su historia y decidió en las urnas repetir la experiencia, lo que también habla de los límites de la democracia. Lo que queda por venir es la continuidad de esta repetición de la historia: la larga agonía del régimen mileísta. Las razones no necesitan mucha explicación. Las mismas políticas provocan los mismos resultados. Un Estado pasivo frente a una economía que se hunde solo acelera el hundimiento.
En el nuevo contexto, el Presidente, con gran daño para su investidura, se muestra cada vez más desencajado, más insultador escatológico, soez y paranoico. Se recluye durante semanas en la quinta de Olivos y gasta su tiempo de trabajo, a cargo del Erario, en horas y horas de redes sociales. En su infinita impotencia, cuando no insulta, acusa a cualquiera que se le oponga de tener bajo coeficiente intelectual y de no entender el funcionamiento de la economía. Un espejo allí.
Muchos que hasta hace cinco minutos lo aplaudían a rabiar ya comenzaron a decir que está loco. La prensa que legitimó o explicó todas y cada una de sus “locuras” redescubrirá la corrupción o la salud mental presidencial.
Sin embargo, el verdadero problema no es Milei, sino el modelo económico. También aquí la historia se repite. Ya sucedió a finales de los ’90, cuando se decía que el problema del menemismo no era su régimen económico, sino la corrupción o el estilo, y que la solución era un administrador más prolijo. El resultado fue el gobierno de Fernando de la Rúa, la primera Alianza, la insistencia en el modelo y su final con la gran crisis de 2001-2002.
Parece que esta vez no será muy diferente, aunque, por ahora, el estallido es hacia adentro: una suerte de implosión. Un ariete se expresa en la morosidad generalizada. El corte en la cadena de pagos no representa el segundo acto de un aumento virtuoso del crédito capitalista, es decir, del crédito destinado a la inversión o a expandir el consumo para tirar de la demanda agregada, sino el subproducto de la caída de los ingresos muy bien aprovechada por lo más granado de la usura digitalizada. Una parte de la población se endeudó simplemente porque sus ingresos no le alcanzaban para llegar a fin de mes, lo que augura la profundización del fenómeno.
Otro ariete, más oscuro, es el aumento de la tasa de suicidios. Según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), la tasa de suicidios pasó de 9,8 cada 100 mil habitantes en 2024 a 11,8 en 2025. Si bien no se trata de un fenómeno generalizado, representa un salto significativo del 20,4 por ciento en un año y otra señal de implosión.-
Por Alfredo Zaiat / El Destape

























