


La historia del costo permanente de los programas económicos ortodoxos tiene una raíz común fácilmente identificable. Una raíz que puede rastrearse en lo más profundo de la historia humana, no solo en los mitos y las religiones, sino también en los procesos sociales. Hablamos de la idea del sacrificio y de su promesa intrínseca: la redención. Pasar el valle de lágrimas de la existencia para alcanzar el paraíso prometido. Renunciar al goce del excedente del presente para construir el ahorro liberador del futuro. La hormiga y la cigarra. Mitología, tradición judeocristiana, estoicismo y espíritu del capitalismo. Todo en uno.


Cuando las variables de un programa económico se desajustan, cuando, por ejemplo, aumenta fuerte la inflación o se desacomodan los precios relativos, los “planes de ajuste” se vuelven una necesidad macroeconómica indispensable. Como ajustar siempre tiene costos, entran en escena los dilemas del decisor, pero no ajustar en tiempo y forma solo agudiza las tendencias indeseables y, muchas veces, ocurre algo peor, se produce una crisis y el ajuste “lo hace el mercado”, como le gusta decir a los economistas. Es el hacedor de política quien, sobre la base de las relaciones de fuerza, tiene la posibilidad de decidir cómo se distribuyen socialmente las cargas de cualquier ajuste, en tanto siempre entraña fuertes transferencias intersectoriales de ingresos. Aunque no la veamos, la lucha de clases siempre está.
Por Claudio Scaletta / El Destape























