







Durante años defendimos el trabajo en equipo como la base del liderazgo, la colaboración y la innovación organizacional. Sin embargo, en los últimos tiempos, una parte creciente del mundo empresarial —con la Harvard Business Review a la cabeza— comienza a plantear lo contrario: quizás haya llegado el momento de repensar el trabajo en equipo.
Según un reciente artículo publicado por la HBR, los equipos —sobre todo en contextos híbridos o remotos— están dejando de ser eficientes. Los autores sostienen que la coordinación, la motivación y las diferencias culturales u horarias aumentan los costos de gestión, reducen la creatividad y generan más soledad que sentido de pertenencia.
Su propuesta: reducir la estructura de los equipos, dividir el trabajo en tareas mínimas y reemplazar la lógica colectiva por una red de esfuerzos individuales, coordinados por líderes que ya no dirigen, sino que ordenan e integran aportes aislados.
En este nuevo modelo, el líder se convierte en un gestor de piezas sueltas. No busca cohesión, sino funcionalidad.
Y el equipo —tal como lo conocimos— se fragmenta en una constelación de colaboradores autónomos, interconectados por sistemas, métricas y tableros de control.
Esta visión no es descabellada. Las organizaciones se enfrentan a la complejidad del trabajo remoto, a la sobrecarga de coordinación y a la fatiga digital. En un entorno donde cada persona tiene ritmos, dispositivos y horarios distintos, sostener una estructura de equipo tradicional puede parecer un lujo o incluso un obstáculo.
Sin embargo, del otro lado del análisis, no podemos olvidar que trabajamos con humanos, no con algoritmos.
Podemos adaptar la estructura, automatizar procesos y reconfigurar flujos, pero nuestra naturaleza social sigue intacta. Entonces, ¿qué efecto produce esto en la vida de las personas? ¿Qué impacto tendrá esto en el negocio a largo plazo?
A nivel social y humano
El tema trasciende el trabajo. Podemos adaptar las estructuras laborales. Pero en tu casa, como persona, como familiar, amigo, compañero de estudio, humano ¿Qué nos queda sin los vínculos?
No importa cuánto fragmentemos las tareas o cuánto optimicemos la coordinación. Nuestra condición humana —y por ende social— seguirá vigente.
Podemos refugiarnos en pantallas, en inteligencias artificiales o en estructuras laborales diseñadas para protegernos de la exposición y del error, pero todo eso no es más que una fantasmagoría moderna: un intento de escapar al sufrimiento que potencialmente nos provoca el vínculo con los otros.
Ser parte de un equipo, ser visto, ser escuchado, también nos confronta con lo que somos: vulnerables, interdependientes, imperfectos: Complementarios.
Y esa es, justamente, la base de toda cultura laboral sana.
Cuando evitamos pedir ayuda, no solo fallamos en la tarea: ponemos en riesgo la seguridad, la eficiencia y la confianza organizacional.
Un operario que no consulta por temor a parecer inexperto puede provocar un accidente.
Un analista que no comunica un error puede comprometer toda una operación.
Un líder que intenta hacerlo todo solo se transforma en mártir, no en ejemplo.
Un buen líder no deja a nadie afuera, y tampoco se excluye a sí mismo del grupo que lidera.
Liderar no es cargar con todo; es integrar, guiar, reconocer y poner límites.
¿Liderazgo o trabajo en equipo?
Quizás esta sea la verdadera pregunta que nos deja este debate.
¿Seguimos hablando de liderazgo...o simplemente de cómo adaptarnos al aislamiento?
La Harvard Business Review propone aceptar la dispersión y reorganizar el trabajo alrededor de la individualidad, mientras que quienes trabajamos con personas seguimos viendo cómo esa fragmentación deteriora la motivación, la comunicación y la salud emocional de los equipos.
No se trata de romantizar la colaboración, sino de entender que la productividad sostenida no se logra desde el aislamiento, sino desde la conexión significativa entre personas.
Podemos cambiar la forma de operar, pero no podemos cambiar nuestra esencia. Y esto nos afecta en todos nuestros niveles: desde la salud, el trabajo, la familia, la pareja...
Porque, al final del día, creo que trabajar en equipo no es una moda ni una estructura: es un reflejo de lo que somos como especie.
Y si el futuro del trabajo prescinde del vínculo humano, el verdadero riesgo no será perder eficiencia...será perder humanidad.
Nota: https://eleconomista.com.ar/




















