







Indescifrable e inagotable, la obra de Hieronymus Bosch (murió en 1516 y nació, tal vez, en 1450), llamado por los españoles simplemente El Bosco, es una de las más extrañas aventuras de la historia del arte y se carga de sentidos con el paso del tiempo. Intensísima, la discusión sobre lo que debe atribuirse al Bosco ha sido -y continúa siendo- tan variable, que tal vez debamos adjudicar ese nombre a una obra imprecisa en sus límites y en constante movimiento: los nueve cuadros autógrafos que al parecer pueden ser atribuidos completamente al Bosco sin ninguna clase de dudas, además de pinturas salidas de su taller en ‘s-Hertogenbosch pero no necesariamente realizadas por Hieronymus; otros cuadros efectivamente pintados por él pero intervenidos en algunas figuras o modificados luego de su muerte; otros más realizados por discípulos o imitadores anónimos, que durante mucho tiempo fueron atribuidos al pintor flamenco y luego desatribuidos por pequeños detalles o por exámenes dendrocronológicos de los anillos de crecimiento de la madera (tal el caso de La mesa de los pecados capitales o La extracción de la piedra de la locura). La historia de esa controversia abierta es narrada por Henk Boom en un libro apasionante, El Bosco al desnudo. En mi opinión todo ese mundo incierto es lo que debe designarse bajo el nombre “Bosco”.
Muchos creyeron ver en sus cuadros (en El carro de heno, por ejemplo, o en La visión de Tondal) una representación del fin del mundo -miles de personas, en efecto, estaban convencidos que tal cosa se produciría en el año nuevo entre 1499 y 1500- y es en mi opinión eso exactamente lo que puede verse allí, a condición de comprender con El Bosco que siempre estamos en el fin del mundo. Y en el origen del mundo al mismo tiempo -tal vez las tablas de El jardín de las delicias puedan ser interpretadas de ese modo. Acaso el sentido del arte sea el de recordarnos algo importante que desatendemos u olvidamos al vivir: estamos en el comienzo del mundo y estamos en el fin del mundo. Recordarlo es un modo de desmitologizar el poder, revelar su fragilidad y perder el miedo a quien manda -a quien quiere imponer una especie de eternidad de su dominio pero está, como cada uno de nosotros, en el fin del mundo, y también expuesto a ser despojado de él por la potencia creativa del comienzo. La gran liberación del Apocalipsis es la liberación de la ideología y la idolatría, que producen la crédula servidumbre voluntaria de las personas. Y aunque las obras no salvan y los seres humanos no somos dueños del porvenir ni controlamos lo que depara el tiempo, una confianza en lo que está siempre a punto de nacer mantiene vivo el deseo de libertad común e impulsa a la vida activa.
Una vieja anotación del Padre Sigüenza -durante muchos años bibliotecario de El Escorial y uno de los primeros estudiosos bosquianos-, sostenía que el artista flamenco no pintaba nada fantástico ni alegórico, sino al ser humano tal y como “es por dentro”, el hombre interior. Según esta comprensión, su pintura no era -como ha sido sucesivamente interpretada- la de un moralista católico, tampoco la de un herético que atestaba sus cuadros de mensajes cifrados destinados a compañeros de secta, ni la de un precursor surrealista (fue mencionado por André Breton en el Manifiesto de 1924), sino la de un puro realista de la intimidad humana. El Bosco pintaba lo que veía. Y lo que veía en el interior de los seres humanos -quizás también en el suyo mismo- no era muy alentador. Pleno de simbología, su arte es también, en otro sentido, un realismo de algo que los seres humanos ocultan o portan sin saber[1].

El fragmento pertenece a «El jardín de las delicias», de Hieronymus Bosch (El Bosco)
Coda: Mil trescientos kilómetros al sur de ‘s-Hertogenbosch, en Florencia, otro realista de la vida en sociedad escribía en el mismo momento en que El Bosco pintaba en detalle el gran fresco de la vida que se extiende de la inocencia a la ferocidad y muestra a los seres humanos como somos en realidad. Lo hizo sin escandalizarse por cómo son las cosas (desalentando, por infecunda, cualquier queja por lo que él llamaba la “verdad efectiva de las cosas”), solo tomando nota de lo que sucede para saber lo que es necesario hacer: en el libro que llamó “El príncipe”, Maquiavelo no escribió un arte de la tiranía para uso de los poderosos, ni un alegre inmoralismo político, ni un manual para cínicos; se propuso en él algo muy distinto. Haciendo creer que le daba consejos al déspota, desentrañaba los mecanismos de funcionamiento del Poder y ponía ese saber a disposición de la causa popular. Como si hubiera querido decirnos: compañeros y compañeras que se propongan cambiar el mundo cualquiera sea la época en la que les haya tocado vivir, este es el secreto del despotismo: la inoculación de miedo, superstición, pasividad, impotencia, resentimiento, odio y la distorsión ideológica que atribuye la causa del infortunio a desobediencias, vicios y pecados. O a culpables de cualquier tipo que es necesario eliminar por ser portadores de los males.
Que más de quinientos años después sea aún nombrado por los déspotas para darlo por muerto, es indicio de la actualidad de Maquiavelo -como actuales son las figuras de El Bosco para dejar ver lo que esconde tras lo que se muestra. La persistencia de esa obra política se extiende hasta donde se extienden la arrogancia, la prepotencia y el despotismo, para desenmascarar lo que los arrogantes, los prepotentes y los déspotas quisieran mantener oculto: que cuando hablan de libertad lo que dicen en realidad es dominación.
Referencias:
[1] En un relato llamado “El maestro del juicio universal” -publicado hace muchos años en la revista cordobesa Escrita-, el escritor italiano Dino Buzzati pone esta tesis del realismo bosquiano en la historia de un viejo de ‘s-Hertognbosch que, en pleno siglo XX, ve la realidad como siglos atrás la había visto su misterioso conciudadano. “¡Pero si es tan sencillo, tan claro!¡Si no ha existido un pintor tan realista y diáfano como él!… Sólo que él era un genio que veía lo que nadie, ni antes ni después, ha sido capaz de ver. Ahí está su secreto: era alguien que ‘veía’ y pintó lo que veía… También a él le sucedía a menudo ver el mundo como lo veía el Bosco. Por ejemplo aquella misma tarde; muchas de esas amorosas mamás con sus pequeñuelos en los coches no eran otra cosa que feos pajarracos de pico curvo, lagartones negros hinchados de odio, ávidos cercopitecos desdentados, vejigas infames con patas de araña. Entre los mismos niños había visto un repelente ejemplar de ornitorrinco y de gnomo, armado de sanguinolentas garras…”.
Por Diego Tatiana * El autor es investigador del Conicet y docente de la UNSAM. / La Tecl@ Eñe





















