







Como muestra de su patético alineamiento con Estados Unidos Javier Milei anunció en Davos que Nicolás Maquiavelo había muerto. El extemporáneo anuncio pareció estar dirigido a resaltar las bondades del mercado, las cuales -según el Presidente argentino- harían que moral y política ya no necesitaran marchar separadas, como en su momento se animó a observar el filósofo florentino. Lo cierto es que “Jamoncito” habló inmediatamente después de que Trump ratificara el imperio de un nuevo orden mundial con el mismo propósito que en su momento lo hiciera Adolph Hitler en Alemania. Esto es: MAGA (Make America Great Again) es la misma ilusión que el líder nazi vendió a sus seguidores para recuperar el glorioso pasado teutón por medios similares: prepotencia, crimen, invasión, racismo, persecución a opositores, guerra. Este viernes, que se cumplió un nuevo aniversario de la asunción del líder nazi, bastaría recordar que según el autor de El Príncipe " Así son los asuntos de Estado, cuyos males se curan pronto si se detectan a tiempo”[1], para convenir que Maquiavelo está muy vigente, que Hitler está retornando, y que no hay tiempo para perder. Hagamos un poco de memoria.
Un 30 de enero de 1933 el que iba a ser el Führer llega al poder de forma totalmente legítima. Durante su discurso pronunciado un día después, y en el que no faltaron encendidas exhortaciones a recuperar la Libertad, decía: “Catorce años de marxismo han llevado a Alemania a la ruina. Un año de bolchevismo significaría su destrucción. Los centros de cultura más ricos y más ilustres del mundo quedarían convertidos en un caos. Los males mismos de los últimos quince años no podrían ser comparados con la desolación de una Europa en cuyo corazón hubiese sido levantada la barbarie roja de la destrucción”[2].Es decir, –como si fuera justificación legítima y suficiente- en su primera pieza oratoria el nuevo canciller ya tildaba de comunistas a todo aquel que no se sometiera a su megalómano pensamiento. La persecución estaba en marcha, el arresto de legisladores opositores fue el primer paso para la instalación del Estado totalitario. Lo mismo para el “intelectualismo judío” y para los pacifistas. Pocos meses después, el 10 de mayo del mismo año, miles de estudiantes procedían a la quema de libros en la Plaza de la Ópera de Berlín con el fin de purificar, no solo la sangre, sino la cultura alemana. Entre los objetivos de esta acción contra la bibliografía “decadente” que incluyó textos de Sigmund Freud, figuraba la demonización de la homosexualidad y toda manifestación que supusiera para una mujer otra cosa que el destino de madre y esposa.
Hoy el actual escenario político mundial se tiñe con la violencia del King norteamericano cuyo discurso coincide en dos puntos esenciales con el delirio nazi más arriba descripto: la persecución a opositores -de la cual los asesinatos a manos del ICE en Minneapolis son una acabada muestra-, y la “purificación” sexual que Trump implementa con su diatriba dirigida a las personas transgénero, a quienes considera una amenaza social. La barbarie, la estupidez y la violencia no podrían encontrar mejor manera de anudarse que en el discurso del actual Emperador del mundo. Ya en su momento este mandatario –acusado de abuso sexual- trató de “odiadora de izquierda” a la obispa anglicana que osó pedirle misericordia para los niños LGTB+; inmigrantes y demás personas vulnerables.
Ahora bien, si tal como decía Maquiavelo “La mejor fortificación posible es no ser odiado por el pueblo; porque, aunque tengas fortalezas, si el pueblo te odia, no te salvarán”[3], el proyecto de Donald Trump adolece de una clara fractura de origen: al menos una parte importante de su pueblo lo detesta. Hitler, por su parte, no venía a aliviar el sufrimiento de una sociedad devastada por guerras y miseria. Quería más. Basta con prestar atención a otro pasaje del citado discurso: “La nueva generación debe aceptar grandes sacrificios a fin de enmendar los daños causados por las generaciones anteriores”[4]. Toda la pregunta está en las razones por las cuales semejantes canallas llegan a ostentar puestos de suma autoridad.
Dicen que el psicoanálisis aprende del arte. La República de Weimar fue tan inestable en lo político y económico como prolífica en lo que a la creación artística se refiere. Quizás el intenso dolor de una sociedad lacerada; confundida; aturdida y empujada hacia los resortes más traumáticos de la experiencia humana forjó esa pléyade de artistas; pintores, escritores; poetas y cineastas. Todo lo que el programa hitleriano quería eliminar. No extraña que la genialidad de Freud haya encontrado en ese tumultuoso clima social campo fértil para desentrañar los costados más oscuros de la psique humana. En Inhibición, Síntoma y Angustia describe la velada resistencia que el sujeto opone a la cura como “la conciencia de culpa o necesidad de castigo; [que][5] se opone a todo éxito y, por tanto, también a la curación mediante el análisis”[6].
En El Malestar en la Cultura observa que, incorporada a la cultura, la necesidad de castigo “yugula el peligroso gusto agresivo del individuo debilitándolo, desarmándolo, y vigilándolo mediante una instancia situada en su interior, como si fuera una guarnición militar en la ciudad conquistada”[7]. Pero es en El Problema económico del masoquismo cuando precisa: “es posible que en el masoquismo naufrague buena parte de su conciencia moral”[8]. Si recordamos que para Maquiavelo la moral no forma parte de la política, bien podemos concluir que “la necesidad de castigo” es el factor clave en la emergencia de estos actuales gobiernos de ultraderecha que hoy oprimen al mundo. Quizás toda una respuesta a la pasividad con la que la sociedad argentina tolera la enorme serie de agravios materiales y simbólicos que, de manera cotidiana, el actual presidente nos dedica. Aquí descubrimos que estar advertidos de la propia agresividad con nosotros mismos es condición del amor que nos preserva de ofrecernos al goce de los Donald Führer. Rasgo estructural en el ser hablante por el cual Freud aplica el calificativo de “primordial” al masoquismo, pero no al sadismo. No en vano, ya Maquiavelo nos advertía que: “el verdadero modo de llegar al paraíso es aprender el camino del infierno para eludirlo”[9].
[1] Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”, Buenos Aires, Ediciones Akal, 2013, p. 18.
[2]Adolph Hitler, “Llamamiento del Reichstag al pueblo alemán”, discurso del 1” de febrero de 1933, pp 1 y 2.
Rescatado en: https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/adolf-hitler-discursos-1933-1938.pdf
[3] Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”, op. cit. p. 93.
[4] Adolph Hitler, op. cit. rescatado en:
https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/adolf-hitler-discursos-1933-1938.pdf pp. 6
[5] los corchetes son nuestros
[6] Sigmund Freud, [1926(1925)] “Inhibición, síntoma y angustia”, en Obras Completas. A. E. Tomo XX, p.150
[7] Sigmund Freud, [1930(1929)] “El Malestar en la Cultura”, en op. cit. A. E. Tomo XXI, p. 120.
[8] Sigmund Freud [1924] “El problema económico del masoquismo”, en op. cit. Tomo XIX, p. 175.
[9] Nicolás Maquiavelo, Carta dirigida a Francesco Guicciardini , fechada el 17 de mayo de 1521.
Por Sergio Sabalza * Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. / P12





















