







La Argentina vuelve a caminar sobre una cornisa conocida. Las cuentas empiezan a ordenarse, los indicadores macroeconómicos muestran señales de corrección y el gobierno conserva un respaldo social que sorprende incluso a sus propios críticos. Sin embargo, debajo de esa superficie prolija, crece una sensación más difícil de medir y más peligrosa de ignorar: el país ordena sus números mientras desordena sus expectativas.
El gobierno de Javier Milei logró algo que parecía improbable: imponer disciplina fiscal sin perder apoyo popular. La inflación desacelera, el déficit se corrige y la emisión deja de ser el reflejo automático del miedo. Para una sociedad exhausta del caos, el orden se percibe como alivio. Aunque duela.
Pero el problema no es la macroeconomía. El problema es el tiempo. El tiempo económico no coincide con el tiempo social. Y mucho menos con el tiempo político. La vida cotidiana no se ordena al ritmo de los balances. La clase media comienza a sentirse asfixiada, el empleo nuevo no aparece, los salarios corren siempre detrás y la apertura importadora ,ya visible en más del 25% de los productos que circulan, empieza a erosionar producción y trabajo.
La inseguridad, mientras tanto, completa el cuadro. No como estadística, sino como experiencia barrial. La sensación de desprotección contradice el relato de orden. El Estado se retira más rápido de lo que la sociedad puede reorganizarse. La libertad, sin previsibilidad, se parece demasiado a la soledad.
En la Argentina real, el modelo es una apuesta de alto riesgo. Se apoya en la convicción de que el mercado se ordena solo y que la política estorba. Pero en un país con instituciones débiles sumado a un tejido social dañado, la retirada del Estado no genera automáticamente competencia virtuosa; muchas veces genera vacío y miedo. La ausencia de consensos no es un detalle técnico: es un problema de sustentabilidad. Sin acuerdos básicos que sobrevivan a los gobiernos, todo el plan depende de una sola variable: la popularidad presidencial. Y la popularidad es un activo volátil. Hoy acompaña; mañana exige resultados.
La historia argentina ya conoce este clima. En los años noventa, bajo el gobierno de Carlos Menem, el orden macroeconómico, la estabilidad y el consumo construyeron un espejismo potente. Todo parecía funcionar. Hasta que dejó de hacerlo. El error no fue estabilizar, sino creer que la estabilidad bastaba. Hoy no hay convertibilidad ni fiesta de consumo, pero sí una lógica similar: suponer que, si los números cierran, el futuro llegará solo.
Y por ultimo se suma un gran malentendido que es el de los dólares “salvadores”. Se habla de energía, minería y tierras raras como si fueran soluciones inmediatas. No lo son. Vaca Muerta es apenas una excepción parcial: puede generar dólares en el corto y mediano plazo si las reglas no cambian. La minería necesita entre siete y diez años para impactar de verdad. Las tierras raras son una apuesta de largo aliento, casi geopolítica. Los inversores piensan a veinte años. La política, a cuatro. La sociedad, a mañana.
En ese contexto reaparecen las privatizaciones y con ellas una memoria recurrente. No por ideología, sino por experiencia. En la Argentina, vender activos para pagar deuda no es una hipótesis académica: es un antecedente histórico concreto. Y no terminó bien.
En los noventa, el argumento fue claro: achicar el Estado, ganar eficiencia y usar esos recursos para ordenar las cuentas. Parte del dinero se destinó a cancelar deuda. El problema fue que la deuda volvió, pero los activos ya no estaban. Se pagó el presente hipotecando el futuro. Pagar deuda con activos no genera crecimiento, no crea empleo, no fortalece el entramado productivo. Es dinero que sale del sistema real y se disuelve en los balances. Ordena la macro en el corto plazo, pero no produce derrame. Es más para los números y menos para la sociedad.
Ese desfasaje es el corazón del problema. Se pide sacrificio hoy a cambio de beneficios que llegarán dentro de una década. La oposición, además, no ofrece alternativa. Balbucea al borde de su propia destrucción. Pasó de combativa a irrelevante. No canaliza el malestar ni propone un rumbo distinto. Esa ausencia fortalece al oficialismo, pero también lo deja solo frente a la historia. Gobernar sin oposición puede ser cómodo; gobernar sin red es peligroso.
Las economías pueden sostenerse un tiempo con disciplina. Las sociedades no sobreviven sin sentido de futuro. El riesgo no es que el plan sea técnicamente incorrecto. El riesgo es que sea políticamente insostenible.
Ningún país se ordena solo con números. Se ordena cuando el sacrificio tiene destino, cuando el futuro es imaginable y cuando el orden deja de ser una promesa abstracta para convertirse en un proyecto colectivo. Argentina corre el riesgo de volver al mismo espejismo: creer que ordenar las cuentas alcanza, mientras las expectativas, silenciosamente, se desordenan.
Por Eduardo Reina / Perfil























