Una infancia triste, duchas frías para “hacerse hombre” y una amante eterna: el largo camino de Carlos para ser rey

Actualidad - Internacional 06 de mayo de 2023
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El rey que fue coronado hoy jamás se rebeló. Mala señal para un príncipe. Fue paciente, lo que bien mirado es una virtud. Fue el Príncipe de Gales más longevo, durante sesenta y cuatro años, y el hombre que más esperó por ser rey frente a la reina que más tiempo reinó en Gran Bretaña: Isabel II, su madre.

Tuvo una infancia sombría, tallada por un padre, el príncipe Felipe de Edimburgo, que intentó moldearlo a su imagen y semejanza, lo que siempre es un espanto; fue un chico inseguro, débil, acosado por sus compañeros de clase que se burlaban de su físico, lo llamaban “gordito”, y de sus orejas grandes que además de burlas, inspiraban fuertes tirones en los scrum de rugby donde Carlos nunca destacó.

Amó a una mujer, Camilla Parker Bowles, pero se casó con otra, Lady Diana Spencer, con la que tuvo dos hijos, uno es su heredero en el trono de Inglaterra; recién a una alta edad, cumplirá setenta y cinco años en noviembre, en 2005, se casó con Camilla que ahora será reina, una gracia última concedida por Isabel II que consagró así la felicidad de su hijo, un gesto de afecto que un tuvo nunca para con Lady Di.

Carlos modeló, y le modelaron, una personalidad que hoy describen como exigente, irascible, petulante y afectada: no parece la ideal para un rey del siglo XXI, cuando las monarquías tienden a dejar de lado boato y esplendor y convertirse, si eso es posible, en algo más plebeyas. Por lo pronto, la pompa y circunstancia que rodearon hoy a la ceremonia en la Abadía de Westminster, donde hace ocho meses despidieron los restos de la antigua reina, desplegó todo el esplendor de las viejas tradiciones, porque para eso están las tradiciones. El gran enigma es cómo será a partir de hoy el rey Carlos III, cómo será su reinado y qué y cuánto lo va a diferenciar del viejo Príncipe de Gales, un cargo que ahora ostenta su hijo el príncipe William.

Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, el hoy rey que nunca se rebeló, podría acaso, de haberlo leído, citar a Borges: “Me legaron valor. No fui valiente. / No me abandona. Siempre está a mi lado / La sombra de haber sido un desdichado”. En cambio sí podría citar a otro desdichado, el príncipe Hamlet, porque Carlos sí leyó a Shakespeare y lo representó en actos estudiantiles; tal vez haya dicho en el escenario, la terrible frase que ese príncipe dice a su madre Gertrudis, y que acaso Carlos jamás dijo a su madre. Isabel: “Lo que yo llevo dentro no se expresa. Lo demás, es ropaje de la pena”.

El príncipe que nunca fue rebelde tiene un reino que manejar y una familia que domar. Su mujer, Camilla, es la única que puede contener sus afanes, caprichos y enojos. Será el poder detrás del trono. Su hermano Andrés está envuelto en un escándalo sexual por haber mantenido relaciones con una menor del entorno del delincuente sexual Jeffrey Epstein quien, dicho sea de paso, en 2019 cometió la delicadeza muy oportuna de morir en su celda neoyorquina. La reina Isabel desembolsó más de siete millones de dólares para apagar la causa judicial que amenazaba a su hijo, que según las buenas lenguas, era también su preferido.

El otro trastorno del flamante rey es su hijo menor, el príncipe Harry que sí se rebeló y amenaza, desde su tronera solitaria, la estabilidad de la monarquía y de la feroz sociedad secreta que conforma la burocracia del Palacio de Buckingham. Es probable que el príncipe Harry, que lo es de Sussex, crea que su madre no debió morir en París aquel 31 de agosto de 1997, en un accidente con su auto en el túnel del Pont de l’Alma, en la margen norte del Sena, mientras su chofer intentaba huir de los paparazzi. ¿Sospechará el príncipe, un nuevo Hamlet tal vez, de algo más oscuro en la muerte de su madre?

En todo caso, publicó un libro revelador, penetrante y escandaloso que retrata con fría precisión los laberintos de palacio, la interna de una monarquía que su padre, a partir de hoy, tratará de evitar que caiga en el barranco, denuncia la discriminación racista que sufrió su mujer, Meghan Markle, con quien tiene dos hijos, y el doloroso proceso que lo llevó a él mismo a abdicar de ser miembro de la familia real.

En ese libro, “En la sombra”, Harry retrata también la fría personalidad de su padre, o al menos su incapacidad para mostrar el ropaje de la pena que atormentaba a Hamlet. Cuando Carlos le dio con cuenta gotas la noticia de la muerte de su madre, él era un chico que estaba a quince días de cumplir trece años, siempre lo trató como “Mi querido hijo”, hasta que al chico se le hizo carne que su madre estaba muerta: “Mi padre no me abrazó. No se le daba muy bien expresar sus emociones en circunstancias normales, ¿cómo iba a esperarse otra cosa durante semejante crisis?” Eso quedó grabado a fuego en Harry: ni una lágrima, ni un abrazo; sólo una palmada en la rodilla y un lejano: “Todo irá bien”. Cuando recuerda, la infancia es implacable.

¿Cómo se forjó la personalidad del hoy rey de Inglaterra? Nació en el Palacio de Buckingham el 14 de noviembre de 1948 cuando su madre, que tenía entonces veintidós años, y era princesa en el reino de Jorge VI. A las dos horas de haber nacido, envuelto en sábanas blancas y en una cuna sencilla, fue expuesto a la curiosidad de la corte junto al trono vestido de terciopelo rojo, el mismo que hoy ocupa como rey. Ese día el mundo entero empezó a mirarlo y ese escrutinio no cesó hasta hoy. Lo bautizó el arzobispo de Canterbury con agua del Río Jordán, en la Sala de Música del palacio y en la misma pila en la que habían sido bautizados todos los hijos de la reina Victoria. Lo criaron niñeras porque su madre viajaba con frecuencia a Malta, donde servía su padre, Felipe de Edimburgo, oficial de la marina británica.

Fue Felipe quien tomó a su cargo la educación del futuro rey. Era un tipo brusco, enérgico, sin muchas ideas sobre el cómo de la crianza, como sucede con todo padre primerizo. Si algo tenía claro Felipe, era que no quería que su hijo fuese un debilucho. Esas certezas suelen ser desastrosas e inútiles. En 1952, cuando su madre se convirtió en reina, Carlos, que tenía tres años, vio la pesada ceremonia de coronación, similar a la que vivió hoy, sentado en Westminster junto a la reina madre, Isabel, y a su tía Margarita, hermana de la flamante Isabel II.

Creció como un chico inseguro y, lo que era peor, acaso deseoso de satisfacer a sus mayores, o de hacer lo que los mayores esperaban de él. Su institutriz, Catherine Pebbles se apiadó en parte de sus titubeos y de cómo se retraía aquel chico ante el menor reproche. Winston Churchill se compadeció un poco de Carlos, al estilo Churchill: “Es muy joven para estar pensando tanto”, dijo cuando Carlos tenía apenas cuatro años.

El príncipe Felipe lo hizo alumno del Cheam School, de Hampshire porque creía que era una escuela que iba a enseñar a su hijo los rudimentos básicos para un miembro de la realeza. En realidad, Cheam había sido la escuela de Felipe y el esposo de la reina la juzgó ideal para su hijo. Carlos, que estaba por cumplir nueve años, sufrió allí demasiado: sus compañeros lo trituraron porque era quien era, lo llamaron “gordito” por su aspecto físico, se burlaron de sus orejas grandes y lo dejaron de lado porque su alteza no era muy hábil ni en rugby, ni en criquet, ni en fútbol, lo que a esa edad es un pecado de lesa infancia.

Fue un chico solitario, invadido y lacerado por la nostalgia, que lloraba a solas o abrazaba un oso de felpa que era su único consuelo. Pasó en soledad las enfermedades de infancia, y tenía una salud frágil, porque sus padres estaban de viaje cuando el sarampión, o porque no fueron a visitarlo cuando una muy contagiosa gripe asiática contra la que ambos, Isabel y Felipe, estaban vacunados.

La reina era consciente de cómo enfrentaba su hijo aquella pesada infancia, pero tal vez pensara que así se hacen los reyes. En 1958, cuando todo lo que podía desear Carlos era dejar su timidez de lado y ser tratado, si era posible, como un chico más de Cheam, su madre lo nombró príncipe de Gales, título que se sumó con la responsabilidad que implicaba al resto de los cinco títulos nobiliarios que ya cargaba sobre los hombros. Era bueno en lectura y escritura, malo en matemáticas, apuntaba al humanismo, gustaba de la música y en Cheam rozó la satisfacción cuando pudo subir a un escenario para personificar al malvado, deforme y cobarde, siempre según Shakespeare, rey Ricardo III. Hizo una genial creación a sus trece años, fue en 1961. Sus padres no lo vieron: estaban de viaje en Ghana.

Los británicos dicen con ironía, y nadie mejor que ellos para saberlo, que los colegios de elite del reino educan para el poder: los conocimientos llegan con el tiempo. La reina madre intentó convencer a su hija la reina y al príncipe Felipe, su esposo, para que enviaran a Carlos a estudiar al prestigioso Eton College, el viejo internado vecino al castillo de Windsor. Pero Felipe se impuso de nuevo y lo inscribió en Gordonstoun, un colegio algo perdido en el noroeste de Escocia. No sólo lo inscribió: lo llevó en un avión de la RAF, él mismo como piloto, y después en auto hasta las puertas mismas del colegio, un edificio de piedra del siglo XVII. Más que un colegio que impulsaba la idea de Platón de que los reyes también debían ser filósofos, aquello era un desafío físico. Los alumnos, en el inicio de su adolescencia, debían vestir todos y siempre pantalones cortos pese a que los inviernos en Escocia son por lo general crudos y rigurosos, por decir algo amable. Los días de clase empezaban con una salida al campo a correr un poco, daban igual truenos, lluvia y barro, y una posterior ducha helada: todo antes del desayuno.

El acoso escolar a Carlos se hizo mayor, sus amigos de entonces, muy pocos, no lo vieron reaccionar jamás. Nunca se defendió. En las noches, en los dormitorios, los vapuleos eran mayores. Carlos sí confesaba sus males en cartas a su familia, en las que lloraba por escrito las lágrimas que no derramaba, o al menos no tan seguido, en Gordonstoun. Si hubo algún bálsamo en aquellos años fue la música. Se había iniciado en ella gracias a su abuela, que lo había llevado a ver un concierto de la gran violoncelista Jaqueline Du Pre, en los años en los que era la mujer de Daniel Barenboim. Carlos quedó impresionado por la profundidad y la riqueza del cello, también por la calidad y emotividad de Du Pre. Escuchaba a Beethoven, que no está mal, a Mozart, que está mucho mejor, a Vivaldi, que siempre ayuda. Decía que “La infancia de Cristo”, de Berlioz, lo hacía llorar.

Su mamá, la reina, consciente de tanta infancia solitaria, le enseñó a montar a caballo. Carlos perfeccionó estilo, hábito y talante y se convirtió en un buen jugador de polo, como su padre. Y si bien cayó varias veces de sus cabalgaduras, con el riesgo que para la corona tenía semejante práctica deportiva, el príncipe hacía lo necesario para agradar por fin a papá y a mamá, para demostrarles que no era ningún debilucho. Aislamiento, soledad, acoso escolar, ositos de felpa, duchas heladas, rigor, severidad y acritud, le regalaron, porque hay que sobrevivir a eso, un humor de sepulturero, ácido, corrosivo y un poco feroz del que hace gala aun en estos años de madurez.

A los veintiún años fue investido como príncipe de Gales y dos años después empezó su carrera militar; piloto de aviones a reacción, miembro de la Royal Navy, piloto de helicóptero en 1974 en el escuadrón naval del portaaviones “HMS Hermes” y comandante del cazaminas costero “HMS Bronington”. Tal vez haya sido en el duro ambiente militar donde el hoy rey encontró paz y sosiego porque era juzgado por sus méritos y no por ser quien era, que al fin y al cabo era todo cuanto ansiaba aquel chico que acababa de dejar atrás.

Nunca guardó un buen recuerdo de su infancia. Admitió, con resignado fatalismo, porque ya era un príncipe en funciones y porque no se esperaba otra cosa de él, que sus colegios le habían enseñado mucho; esgrimió con dudosa sinceridad un argumento propio del deber ser de un príncipe. Dijo que Gordonstoun, el de las duchas heladas, había cumplido su misión de enseñar: “Aprendí mucho sobre mí y sobre mis propias habilidades y discapacidades; me enseñó a aceptar desafíos y a tomar iniciativas. Se exageró mucho sobre la dureza de ese colegio”. No le pidan más. En cambio su prima, Pamela Hicks, lo dijo todo en una frase sobre Gordonstoun: “Carlos nunca pudo dejar nada pasado en el pasado”. Un dato anecdótico: en palacio afirman que las duchas heladas todavía forman parte de la vida diaria del hoy rey de Inglaterra.

En su primera juventud, llegaron las muchachas. Si a las dos horas de haber nacido, Carlos era una estrella mundial en aquel mundo sin tecnología, observado en palacio por cientos de personas y en las radiofotos de las agencias por medio mundo, es dable imaginar la expectativa que había alrededor de quién sería la chica que ganara el corazón del príncipe. El corazón y algo más, se entiende, porque había una corona en juego. Sin llegar a ser el Don Juan que imaginó Mozart, se vinculó a algunas muchachas conocidas, y a otras desconocidas: Georgiana Russell, hija de John Russell, hija del embajador británico en España, con Lady Jane Wellesley, hija del octavo duque de Wellington, con Davina Sheffield, sin conexión con la realeza, con Sarah Spencer, hermana mayor de Diana, que sería su primera esposa, y con Camilla Shand, que es hoy su mujer y reina.

Carlos conoció a Camilla en 1971. Cómo, es materia de versiones. La primera dice que fue en un partido de polo y que ella tomó la iniciativa. No parece extraño: la impresión que rodea a Camilla es que es hoy una mujer de carácter templado en su juventud. La segunda versión dice que los presentó una amiga común, Lucía Santa Cruz, que conocía al príncipe desde que estudiaron juntos en Cambridge. Las lenguas de palacio juran que fue Lucía quien enseñó al príncipe los rudimentos del sexo y del amor. Pero en palacio hay lenguas para todo: las hay buenas, malas, largas, cortas, bífidas, ágiles, reposadas, bucólicas, contemplativas: es así desde los tiempos de Enrique VIII. Hay un dato cierto: Lucía vivía en el piso superior al de Camilla y ambas eran amigas.

Carlos y Camilla, él tenía veintiún años y ella veintitrés, salieron algunas noches, furtivos y casi clandestinos. Pero como suele suceder (en un cuento admirable el gran Ray Bradbury dice que siempre queremos a alguien que no nos quiere, o alguien nos quiere cuando nosotros no lo queremos), Camilla estaba encaprichada, también eran novios, con un muy apuesto oficial del ejército, Andrew Parker Bowles que, de nuevo las lenguas de palacio, le había sido infiel nada menos que con la princesa Ana, hermana de Carlos. Son rumores de radio pasillo y así hay que tomarlos. Buckingham, según se mire, es un lugar muy chico: todos se conocen. Si la realeza británica se moviera en un ámbito como el estadio de Wembley, con capacidad para noventa mil personas, las relaciones serían otras. Pero Buckingham y la nobleza son un pañuelo.

En 1973, mientras Carlos servía en la Royal Navy, el oficial Parker Bowles pidió a Camilla que se casara con él y Camilla dijo sí. Carlos quedó devastado, escribió a un amigo: “Supongo que la sensación de vacío pasará alguna vez”. Era un joven de veintiún años y a esa edad, las penas de amor dejan heridas profundas. A cualquier otra edad también, pero a esa, más. Sin embargo, Camilla tejía una red muy sutil y apenas perceptible: nunca dejó a Carlos de lado. Lo hizo padrino de su primer hijo y mantuvo un amor latente, implícito, potencial y silencioso que el príncipe que nunca se rebeló aceptó casi como una condición natural de su vida de heredero al trono.

Años después dijo, y The Times recordó: “Querría casarme con alguien cuyos intereses pudiera compartir”. Y entonces apareció Diana. “Intereses a compartir”, esa era la visión del príncipe sobre su matrimonio principesco y a futuro real: intereses a compartir; ni un abrazo al hijo ante la muerte de la madre, apenas una palmadita en la rodilla y un “todo va a ir bien”. Carlos y Diana Spencer, hija del conde de Spencer, se casaron el 29 de julio de 1981, una boda fastuosa en la catedral de San Pablo, un cuento de hadas, una pareja ideal.

De eso, nada. Carlos jamás había dejado de ver a Camilla, ni Camilla había dejado de ver al príncipe. Las lenguas del palacio juraron, y juran, que, al comienzo de la luna de miel con Diana, en el yate real Britannia, el favorito de la reina, la pareja discutió de forma muy violenta porque de la billetera del príncipe cayeron dos fotos de Camilla. La historia de Carlos y Diana, además de conocida, es también la historia de una enorme frustración de la que nacieron dos hijos: William, el 21 de junio de 1982, que es hoy príncipe de Gales, duque de Cornualles y de Cambridge y heredero del trono, y el rebelde Harry, príncipe de Sussex, el 15 de septiembre de 1984. Ambos hicieron abuelo al hoy coronado rey de Inglaterra.

El matrimonio de Carlos y Diana, él treinta y un años, ella diecinueve, terminó en desastre y en divorcio porque estaba condenado de antemano. Ella dijo que en su casamiento se sintió “como un cordero yendo al matadero”. En realidad, entró a la catedral de San Pablo con la larga cola de su vestido sostenida por niños y niñas de la corte, buscó entre los invitados a su rival, Camilla, y allí estaba ella sentada en uno de los bancos del templo. Ese era el matadero de Diana.

En 1986, Carlos había escrito a un amigo un par de frases autocompasivas: “Qué horrible es la incompatibilidad. Qué terriblemente destructiva puede ser”. No le pidan más. Es un hombre de emociones contenidas. Bueno, sí dijo algo más en un inesperado e inusual análisis de conciencia: “¿Cómo pude equivocarme tanto?” Se divorciaron por etapas luego de que la princesa hiciera públicas las infidelidades de su esposo, alguna infidelidad de ella y luego de que reconociera, dolida, que su matrimonio había sido siempre “entre tres”.

Los príncipes William y Harry se criaron en ese clima de hostilidad, enfrentamiento y gritos, aunque supieron siempre mostrar otra cara, la que les ordenaba el palacio. Cuentan una triste historia de William, futuro rey de Inglaterra. A sus siete años, el chico metía pañuelos por debajo de la puerta del baño donde lloraba su madre, y gritaba a su padre: “Te odio, papá. Te odio tanto… ¿Por qué haces llorar a mamá todo el tiempo…?” William aceptó su destino, Harry se rebeló y armó el escándalo que en la ceremonia de hoy lo condenó a un banco de Westminster, lejos de su familia, a ver cómo coronaban al rey al que debía jurar fidelidad.

En 1994 la Casa Real anunció el “cese temporal de la convivencia matrimonial” entre Carlos y Diana: no implicaba el divorcio y permitía a Diana seguir en el uso de su título de Princesa de Gales. En mayo de 1996 los abogados de ambos confirmaron que la pareja había iniciado los trámites de común acuerdo y el 3 de junio Carlos y Diana firmaron la ratificación del convenio de divorcio en el Juzgado de Familia 22 de Londres. Y colorín, colorado, ese cuento había acabado. Diana murió en París al año siguiente, en agosto de 1997, junto a su pareja, el magnate árabe Dodi Al-Fayed.

Camilla había aprovechado la crisis matrimonial de Carlos y Diana para divorciarse de Parker Bowles en 1995, de modo que Carlos y Camilla empezaron a dejarse ver juntos, como dos novios jóvenes, cuando llevaban ya más de treinta años de noviazgo nómade y casi secreto.

En 1993, en plena crisis matrimonial de Carlos y Diana, estalló el escándalo conocido como “tampongate” que estas líneas tratarán de describir con discreción. El 17 de enero de ese año, la revista estadounidense People publicó el contenido de una charla telefónica entre Carlos y Camila celebrada en la fría noche del 19 de diciembre de 1989. En esa charla, como dos adolescentes embelesados, ambos hicieron mutuas confesiones íntimas. Camilla estaba en su casa y Carlos en la de campo de un amigo. En medio de aquellas palabras apasionadas, Carlos expresó su deseo de una relación aún más íntima con Camilla y dijo que le gustaría sentirse en su interior, de la misma forma que lo hace un elemento, lo nombró, de higiene íntima de la mujer. La tontería sólo prueba que el amor hace decir cualquier cosa al enamorado, da igual si es Príncipe de Gales, ingeniero agrónomo o lateral izquierdo del Manchester City. Pero a Carlos le costó prestigio, reputación y algo de realce, por así decirlo.

El tiempo restañó esas heridas y otras. La muerte de la princesa Diana había hecho aparecer a Carlos como el villano, infiel y cruel marido, y a su amante Camilla como la gran malvada de la película, tal vez no como “la roitweiler”, como la llamaba Diana, pero sí como una destructora de hogares. Aparecieron ambos juntos por primera vez en 2000, durante el cumpleaños de la hermana de Camilla que se celebró en el Hotel Ritz de Londres. Los malvados infieles que habían arruinado la vida de la princesa Diana, pasaron a ser de a poco dos personas que, después de todo, habían luchado por su amor pese a las rigideces de la corte. En 2003 se mudaron a Clarence House, la residencia real que se alza en el “Mall” de Londres, para vivir juntos. La acritud en el rostro del príncipe se hizo mucho más leve, sin llegar a ser un muestrario de simpatía, y su humor de sepulturero pasó a ser de artillero, lo que es un adelanto.

Se casaron el 9 de abril de 2005 en una ceremonia civil en el ayuntamiento de Windsor, ceremonia a la que siguió una misa oficiada por el arzobispo de Canterbury de la que tomaron parte la entonces Reina Isabel y los hijos de ambos: los príncipes William y Harry y Tom y Laura Parker, pese a que, confiesa Harry en su libro, él y su hermano mayor rogaron a su padre que no se casara con Camilla.

El flamante rey que nunca se rebeló como príncipe, quiere que la monarquía se acerque al británico común. Los tiempos cambian y el culebrón de los Windsor muestra que Buckingham está más cerca de la tierra que del cielo que mostró hoy el boato, el esplendor y la pompa de la ceremonia de coronación.

Carlos asoma como un rey diferente, o al menos como un rey que quiere ser diferente. Como príncipe opinó en forma abierta sobre lo que le vino en gana, desde el cambio climático hasta algunos pequeños dramas políticos y sociales que, en teoría, no le conciernen. Tal vez el rey flamante piense que sí le conciernen y que su obligación, los tiempos cambian, es expresarse. Se lo preguntaron hace un par de años y contestó: “Por supuesto no soy tan estúpido. Me doy cuenta de que ser soberano es un ejercicio aparte”. Lo de “no soy tan estúpido” es todo un gesto de su parte, o un ejercicio de su nuevo humor de artillero. Tampoco es que se haya convertido en un hombre nuevo: en la ceremonia que lo confirmó como soberano, un tintero mal colocado, una lapicera chunga, le despertaron tales gestos de contrariedad que, en otros tiempos, bien le hubieran valido una ducha helada en Gordonstoun.

“No soy tan estúpido”. Si en verdad despliega tal conciencia, si ha comprobado que muchos de los logros de su vida llegaron tarde, la corona, el amor, la tranquilidad que buscaba de chico; si sabe que otros frutos ya no van a madurar, sus hijos son extraños para él y él es un extraño para sus hijos, tal vez el flamante rey sepa en su interior que es un rey de transición. Los Windsor son longevos, pero a sus casi setenta y cinco años el rey flamante, que no oculta su emoción cada vez que le cantan “God save de King”, debe hacer un cálculo de los años que pasará en el trono. Después será el turno de William y de los genes de lady Di.

El rey Charles III goza desde hoy de su título oficial: “Su Majestad Carlos III, por la gracia de Dios, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, y de sus otros Reinos y Territorios, Rey, Jefe de la Mancomunidad de las Naciones, Defensor de la Fe”.

Nadie que ame la concisión y la economía de lenguaje lo nombrará de esa forma.

Nota:infobae.com

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