Un mes para toda la vida

Actualidad 17 de diciembre de 2022
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¿Qué cosas crean felicidad? ¿Cuántas? ¿Y cuáles son? ¿Una junta con amigos, un trabajo bien hecho? ¿Y es felicidad lo que generan, o es paz? ¿Son muchas, son pocas? ¿Cuáles más? ¿Y hay algo que te dé alegría y a la vez algarabía, alboroto, explosión, todo junto y al mismo tiempo, a vos y a 40 millones de personas más? ¿Existe eso? ¿Es posible? ¿Lo hay? ¿Un momento de felicidad y alegría y bardo y descontrol, sabiendo, por otro lado, que eso que está pasando será un recuerdo para toda la vida, eso, entonces, es un Mundial? ¿Es eso? ¿Una fábrica de instantes personales y recuerdos colectivos? ¿Todo eso, todo junto, es un Mundial? ¿Y fue éste, justo en diciembre (con todo lo que significa, lo que carga, ese mes, en este país), el que llegó para exorcizar el horror y la tensión que se vivió en estos últimos dos años, el que nos desató para que pudiésemos expresar lo que nos faltaba? Juntarnos con las personas que queremos. Salir a la calle. Emborracharnos. Saltar. Bailar. Dejar así chiquita la Navidad.

Estamos viviendo un mes para toda la vida. Es una especie de pandemia al revés, la alineación más maravillosa y callejera que pueda existir: los bares abiertos, las esquinas tomadas, familias caminando de la mano, niños arriba de los hombros, banderas, cerveza, calor. “Lo más importante del fútbol –le dice el escritor mexicano Juan Villoro al dramaturgo Mariano Tenconi Blanco en una entrevista que publicó la revista Don Julio— es que no es un deporte. Es una congregación de una serie de ilusiones y esperanzas que se delegan en 11 jugadores”. Villoro publicó en 1995 un libro muy lindo que se llama Los once de la tribu. Es una serie de ensayos sobre fútbol, arte, rock. Insiste el autor: “Lo más importante del teatro en Atenas era que la gente se reuniera. Como si el teatro fuera un pretexto para juntar al público. Si la obra era buena, mala, no importaba, o importaba poco (…) Se generaba esa sensación de comunidad (…) Y la sensación del público de participar de lo no dicho, de formar parte de la cofradía, era extraordinario. La gente no solo veía la obra sino que se estaba viendo a sí misma. Un acto de comunión muy cercano al fútbol”.

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Si en Atenas el teatro era entonces un punto de encuentro, esta alineación mundialista que se vive en la Argentina acaso se sostenga no solo en que el fútbol es, en este país, una herencia cultural (las historias de la mayoría de nuestras familias pueden contarse a través de lo que ha pasado con un equipo de fútbol) sino también en un hermoso concepto que el escritor y profesor Martín Kohan llamó “ficción fútbol”. Lo inventó, lo contó y lo desarrolló en una entrevista para el canal TNT Sports. Dice Kohan: “El pacto de la ficción es suspender el mundo de la realidad, de sus valores, sus parámetros, de la vida de siempre, para vivir esa ficción como si lo fuera todo. Si estoy en el cine me olvido de que estoy en el cine, me olvido de que esas personas están actuando, de que eso está filmado, digamos: entro en el juego de la ficción, me asusto, me sobresalto (…) En este caso, el pacto de la ficción fútbol es: `Vamos a hacer de cuenta que esto es lo más importante para todos, que no hay nada más importante que esto´. Y lo vivimos con la intensidad de lo que tiene una enorme importancia. Como una ficción. Una ficción que no es un engaño. Como tampoco es un engaño una película de terror. Entonces el pacto del fútbol es: `Vivamos esto como si no hubiera otra cosa´. Mirá, me acuerdo una vez —se sonríe Kohan— Boca River en la Bombonera, año 92. El día del gol del Manteca Martínez, cuando el Mono Navarro Montoya le ataja un penal a Hernán Díaz. Ganamos 1-0. Estamos en el entretiempo y por los altoparlantes llaman a alguien. Se anuncia su nombre, su apellido, número de documento, y le cuentan que hubo un problema familiar. Le dicen que se comunique urgente. Digamos: la voz del estadio le ordena al tipo que se tiene que ir a la casa. Yo te puedo asegurar que en los miles de hinchas hubo una reacción, espontánea y general, que fue: `¡Pero avisáselo después! ¡¿Cuánto cambia 45 minutos más?!´. En el medio de un partido había entrado la realidad. Cayó algo del afuera. Cuando el pacto de la ficción fútbol consiste justamente en eso: en suspender lo que está afuera”.

En nuestro caso, ahora, también afuera sigue la ficción. Estamos gozando de un invento que dura el día entero. Los rituales colectivos le permiten a cada uno su pacto personal. Para algunos, desde determinada edad, el fútbol puede funcionar como la literatura: es un lenguaje para conectarse con los muertos. Después de que terminaran los penales contra Holanda mi vieja se acordó de su hermano, que murió hace poco, de todo lo que le gustaba el fútbol, y se largó a llorar con una alegría inesperada e infinita que lo llevaba al lado de él. Para otras personas, el pacto acaso sea una especie de viaje al pasado: por un rato vuelven a tener el entusiasmo de la edad del primer Mundial que los enamoró de este evento fabuloso, hay cuarentones que se alteran como si el fútbol fuera algo que recién descubrieron (y no supieran que se juega en un país horroroso como Qatar), gritan y se enrojecen como lo hacen sus sobrinos, que tienen diez años nada más. Todos tenemos, de repente y por un partido, la emoción de una misma edad. El retorno semanal a la niñez, todo apretado en un mes. 

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“Si uno tiene un ataque de realismo y se da cuenta de que, gane o pierda Argentina, la vida va a seguir más o menos igual, entonces el fútbol ya no sirve más —pensó el escritor, músico y conductor Alejandro Dolina en el programa Animales sueltos, por América—. Para disfrutar de esto hay que suspender la incredulidad. Y entregarnos, además, a la fe poética, de que un gol de Messi nos va a mejorar la vida. Y quizá, por un rato, eso sea efectivamente así”.

Para colmo, esta Selección tiene algo que pocas: ha trascendido el juego, lo que pasa estrictamente en los partidos. Hasta le ha aportado frases al lenguaje popular. Lo que antes se concentraba en Maradona —el autor más prolífico de los últimos 40 años de la Argentina— ahora se diseminó. Primero fue el Dibu Martínez con “mirá que te como, hermano”, después fue Messi y su “andá pallá”. Tiene razón el periodista de La Nación Christian Grosso cuando escribe que el rosarino reaccionó como “un hombre vulgar”, o sea, del vulgo, o sea: popular, uno más; un tipo cualquiera, del montón. Messi reaccionó como lo hace la mayoría cuando se calienta en un picado o se enoja en un semáforo con una moto que se le cruzó: por eso, la risa de todos apenas lo escuchamos, la identificación. Ah mirá, soy yo. Por una vez en la vida, Messi soy yo.

Incluso, él siempre fue así: un enano calentón. En esta nota de Anfibia en 2016 contamos tres escenas que ahora pueden funcionar como precuela del cruce con el neerlandés Weghorst. La primera: en 2013, el Barcelona visitó al Real Madrid, que le ganó 2-1. El partido, caliente, siguió en el estacionamiento. Entre los micros y los autos Messi volvió a verse con el defensor madridista Álvaro Arbeloa y, según contaron en el diario As y el programa Punto Pelota, le dijo: “¿Qué mirás, bobo? Te espero en Barcelona”.

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La segunda fue en 2016, en un partido de la Champions League. El Barcelona cayó 3-1 frente al City de Pep Guardiola en Manchester. Messi venía picado con el brasileño Fernandinho. Terminó el juego. A la salida, los dos se vieron, más cerca de lo recomendable, en el túnel. No se supo si fue Fernandinho el que primero dijo algo pero los medios Cope, Cadena Ser y el diario Sport coincidieron en lo que Messi le gritó: “¡Vení acá, bobo, da la cara!”. De repente cayó Agüero, que no entendía nada. Por las dudas, se mandó a separar.

Y la última, también en 2016, en el Camp Nou. El Barcelona le ganaba 1-0 con gol de Messi al Espanyol. En un mano a mano con Luis Suárez, el arquero Pau Torres pisó feo al uruguayo. Se carajearon. Unos minutos después Suárez ya le había metido dos: 3-0 arriba. Mientras los jugadores del Barsa volvían hacia la mitad de la cancha, una cámara del programa El día después le enfocó justito la cara a Messi.

“Andá a pisarlo ahora, bobo —le dijo al arquero, bien guacho, mientras se sonreía—. Andate, bobo; andá”.

El nene calentón al que querés ganarle y lo provocás pero él sabe que es mucho mejor que vos, y entonces va y te gana. El crack canchero del colegio.

Un tipo cualquiera. 

Un pibe vulgar.

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Y por eso mismo más querible, más querido. Porque no hay cariño sin identificación.

Es necesario (indispensable) que un equipo tenga un médium de los sentimientos de la gente. Como la mayoría de los hinchas no estuvo nunca en el lugar de Messi o Di María —el del talento, la creatividad: de ahí que cuando no funcionan se les dice inmediatamente fracasado, pecho frío—, cualquiera se identifica más fácil y más rápido con un tipo como Simeone, Otamendi, Mascherano, Ruggeri, De Paul: correr, pegar, sacarla de punta para arriba. Identificación inmediata: es más o menos lo que también sé hacer yo.

Por eso con Messi siempre fue tan complicado. Por eso ahora que se calentó unas cuantas veces se lo quiere más.

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Y por eso también nos divierte tanto cuando todos —De Paul, Paredes, el Papu Gómez— se suman al stream del Kun Agüero: parecen amigos de la Secundaria. Nos llevan ahí. Son un grupo de millonarios que dejan —obviamente que sin saberlo, sin proponérselo— que pongamos nuestra propia historia en ese chiste pavo que acaban de hacer.

Nos acompañan.

El filósofo francés Eric Sadin dice que estamos viviendo una época que él llama “la pantallización de la existencia”. En esta era, en este neocapitalismo al que le sirve tenernos con auriculares en el bondi mirando siempre la pantallita del celular, ha nacido un mes en el que hemos vuelto a mirarnos, a tocarnos, a abrazarnos una vez más. Aunque lo que nos alteró sucediera allá lejos, acá fuimos calle otra vez. Canto. Palabra. Anécdota. Saltito. “Las acciones de la vida humana se realizan cada vez más a distancia a través de las pantallas (…) Es un estado de aislamiento colectivo”, insiste Sadin. Bueno: por el fútbol y un equipo, durante este mes eso fue mentira; aquel amigue que durante meses nos pateó una junta, un paseo, una cena, de repente contestó el mensajito y quiso ver el partido, pudo ir. Y fue también al otro. Ahora, miralo vos, tiene tiempo. Y por el celular lo único que hicimos fue conocer a la abuela. 

Lalalá.

Lalá.

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Un Mundial es un vidrio que se rompe: algo pasa (Van Dijk patea cruzado, Dibu vuela hacia su derecha y ataja el penal) y mil astillas aparecen después. Para alguien, aquella tarde le habrá formado el recuerdo de haber visto a toda la familia junta después de mucho tiempo; para otra, la fiesta que hizo con sus amigas en la quinta que se alquiló. Para mí, en cambio, este Mundial fue que me abrazara fuerte, como nunca, mi hijo de nueve años. Después de los penales contra Holanda se paró arriba del sillón (encima vimos los partidos en la casa de un amigo mío de la infancia, un hermoso amigo de toda la vida), me abrazó, sollozó, y cuando yo me tiré un toque hacia atrás para soltarnos él no se dejó, no ablandó el cuerpo, no: se afirmó y me abrazó más fuerte aún. Yo, barbudo, monotributista y cuarentón, parado en el mismo punto temporal y sentimental que un niño de nueve años —los dos, en el mismo punto del universo—, porque su héroe, el Dibu, había atajado dos penales y un equipo había pasado a una semifinal. 

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“Y disculpen el exabrupto profesional”, dijo Víctor Hugo Morales tras sacarse, casi llorar, mientras relataba el Gol de Diego a los Ingleses. 

Disculpen ustedes también por este cierre, por la vulgar autorreferencia. Ya saben: será solo por este mes. 

Y otra cosa que ya saben.

Inserten ahora su recuerdo aquí.

Por Ignacio Fusco * Anfibia

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