El monstruo de lo real

Actualidad 16 de noviembre de 2022
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Diciembre 2001, poco antes del estallido del 19 y 20. Estudio Letras en Rosario. No tengo tele, no miro tele, me jacto de no mirar tele. La desprecio. Paso a buscar a una amiga para salir. Me dice que espere: esa noche hay una gala de eliminación de Gran Hermano. Enumera una serie de nombres de pila: Eleonora no sé qué y Gastón no sé cuánto. Los miro: tienen mi edad y están ahí en cualquiera. Pienso en mi amiga: ¿qué le ve a esa porquería? ¿Por qué prefiere ver eso a salir de joda?

Poco tiempo después voy a Buenos Aires a un cumpleaños. La fiesta se demora. Está al aire la final de Gran Hermano. Hablo pestes de la gente que mira eso. Alguien me aclara que no estoy entendiendo algo importante. Me habla de Viviana: era prostituta, es una copada la mina. Se arma un pequeño debate: ¿pueden los argentinos votar para que una puta gane algo una vez en la vida? Cada uno esgrime su teoría sobre el ser nacional a partir de esa pregunta. Pronto, la transmisión termina, gana Viviana, triunfa el bien y nos ponemos a bailar. 

Finales de 2006. Vivo en Buenos Aires. Hace un par de años que trabajo como guionista. Miro tele, trabajo en tele, amo la tele. Quiero escribir ficción pero no se me termina de dar. Hago realitys, aprendo mucho. Trabajo en Expedición Robinson Chile. Cuando termina, me llaman para Gran Hermano. Me tomo el 60 Fleming para ir a la entrevista, estoy nerviosa pero soy sincera: nunca lo vi. Me dicen que no hay problema. Marcos Gorbán, el productor histórico del ciclo, nos va a dar una charla y hay muchos compañeros con experiencia. Antes de la primera edición del formato vinieron los nórdicos a dar un curso. Me advierten que es un laburo muy exigente, que me despida de mi tiempo libre y de mi vida, básicamente. Voy a bailar por última vez en un año y así empieza mi 2007.

En una isla de edición Ana Laura Deluso, la otra productora histórica del ciclo, me explica cómo editar una nota de Gran Hermano: tiene que haber un conflicto, tengo que cortarlo con bisturí porque debe parecer la vida real. Esos diez minutos con Ana Laura valen oro. En ese momento me caen muchas fichas de lo que es narrar una historia audiovisual. La gente que hace esto la tiene muy clara, yo quiero ser una más.

***

Gran Hermano salió por primera vez al aire en 1999. Formato propio de fin de siglo, exponía la vida íntima de un grupo de personas durante 24 horas. La tecnología, todavía incipiente, lo empezaba a posibilitar. Y el público podía, al fin, verse representado en la pantalla. Porque Gran Hermano toca grandes temas: la traición, el odio, el amor, el sopor existencial e incluso la gloria, pero también habla de dormir de corrido, de tener gases, de lavarse los dientes o hacerse pis encima cuando el baño está ocupado. Coinciden dos impulsos muy irrefutables: las ganas de mirar y las ganas de ser visto. ¿Hay otros tan imbéciles como yo? ¿Mi intrascendencia es, en definitiva, la de todos?

El modo de trabajo en Gran hermano es, igual que su formato, hijo del siglo XX: una fábrica fordista perfectamente ensamblada. Turnos rotativos de ocho horas donde se recambian editores, productores de edición, directores y guionistas, con sus asistentes; además de los técnicos, que son muchísimos: sonidistas, cámaras, operadores. En el control -o al menos así fue en el año 2007, cuando yo trabajaba- los directores y guionistas del formato miraban los 36 monitores que grababan la casa. 

Pero cómo: ¿hay guionistas? ¿Entonces es verdad eso que dicen, que en GH está todo guionado? Sí, es verdad, está todo recontra guionado, pero en un sentido diferente al del de ficción. El guionista no tiene que crear una trama, sino que tiene que ir a la caza de esa historia que está sucediendo sin que él intervenga. Así, en ese control, los dos guionistas de cada turno, atentos a los monitores, le indican a dos directores qué situación deben seguir. Cada dupla genera el material crudo para los dos streamings que registran las situaciones dentro de la casa. Un streaming suele ir a una señal en vivo, en general el que tiene menos conflicto, para dejar lo más jugoso para el prime time.

Cuando adentro hay casi veinte personas, el trabajo no es fácil. Por ejemplo: María y Juan discuten si las cebollas que quedan se usan para una salsa o para un guiso. En la habitación, Pedro y Martín hablan de quiénes son las chicas más lindas de la casa y al borde de la pileta, Maca y Sofía se sacan el corpiño para que no les quede la marquita del sol; mientras, Leandro las mira con disimulo y Nahuel les pasa el bronceador. ¿Qué historia seguimos, dónde ponemos la atención de las cámaras, de la escucha? ¿Confiamos en el conflicto o nos jugamos por la tensión sexual? Casi como si fuéramos grandes pensadores, podemos decir: ¿qué recorte hacemos de lo real? 

Ese guionista, que pide recambio a un asistente para ir al baño, es el primer “espía” de la casa, el voyeur máximo, intuitivo y celoso de sus personajes. Los observa con detalle casi obsesivo, los sigue durante ocho horas, todos los días, durante semanas, su trabajo es atender con devoción cada una de sus acciones cotidianas, describir sus nimiedades como si fueran grandes proezas, sin perderse nada, como un enamorado hace con su objeto de deseo hasta llegar, incluso, a odiarlo por completo. Mientras mira, escribe una especie de resumen de los acontecimientos y resalta aquello que le parece importante. Cada tres horas, lleva esas planillas a las islas de edición. Ahí, las recibe el productor de edición, que en realidad es el último eslabón del equipo de guion: junto con un editor, convierte esas tres horas de material crudo en una nota de dos o tres minutos sobre un tema determinado. Elige cómo contarlo, qué música ponerle, qué dejar y qué sacar de toda esa jungla de significado. Es el último recorte de sentido. La manipulación, dicen. 

Y claro, se puede hacer. En general es sutil, pero siempre quien cuenta la historia es quien tiene el poder, por más que los hechos ya hayan sucedido. Sería tonto intervenir sobre estas historias, darle indicaciones de guion -entendido en tanto ficción- a los participantes, porque lo que el reality tiene servido es lo que la ficción busca denodadamente: una emoción real, que no sea el invento de un autor sino que se parezca a la verdad del personaje. Esa emoción está ahí, al alcance de la mano. Sólo hay que captarla y editarla.

Yo estaba en esas islas de edición. Había hecho un dibujo que decía “Quiero estar en una isla de esas que tienen palmeras” porque pasábamos muchísimo tiempo encerrados y casi no veíamos el sol. Después de un par de meses de trabajar en Gran Hermano se genera otro reality en ese caminito entre el control, las islas, el comedor, los nervios de los programas al aire, las visitas de los conductores a la isla, las cagadas a pedos de los productores generales, en fin, la presión de la tele. 

Cuando algún productor abría la puerta gritando que había que hacer una nota urgente, porque había pasado algo que había torcido el rumbo de la casa, mi amiga editora me decía: “No es una operación a corazón abierto, es tele, no se muere nadie, vamos a llegar”. Tenía razón, pero las caras de la gente alrededor indicaban otra cosa. Por eso estaba bien el consejo del editor de la tarde (los editores suelen ser gente bastante avezada: saben ver y escuchar) que me decía: “aunque te chupe un huevo todo esto, hay que poner cara de que se juega tu vida acá”. Yo asentía, pero de algún modo a mí se me jugaba la vida, en serio. No tenía que fingirlo: trabajaba más de sesenta horas a la semana, me sentía cansada y exigida y, como el reality funcionaba, iba a seguir al aire por mucho tiempo. Me levantaba a las seis. Dormía a la vuelta, a la tardecita, en el 60. El sábado, cuando podía descansar, me quedaba viendo el vivo en Telefe de la fiesta en la casa de Gran Hermano. Había ocurrido: por un lado, era una trabajadora alienada de la tele, un personaje bastante previsible. Por el otro, el reality me había atrapado como espectadora, les creía todo. Ese grupo de pelmazos eran parte de mi vida y mis cavilaciones.

En la isla, cuando había tiempo, solía colgarme a mirar los dos streamings en vivo, generados en el control. Tenía un monitor con dos botones, cada uno transmitía una situación diferente de la casa. En ese material sin editar estaba, para mí, lo mejor: un pibe miraba a la nada, se acercaba otro, medio dormido, se ponían a hablar de lo que les daba miedo cuando eran chicos. La conversación se iba yendo en fade out, no había épica, ni anécdota, ni posibilidad cierta de hacer una nota con eso que pueda ir al prime time y conmover a alguien. Pero así, visto en vivo, en crudo, era una fruta deliciosa, rara avis, una especie de arte mayor al que había llegado la tele, el más denostado de los medios: la verdad que perseguían las artes de vanguardia estaba ahí, en ese gesto menor de apenas saberse vivos.

Porque claro, a fines del siglo XX, cuando el neerlandés John de Mol creó Gran Hermano ya no había grandes historias que contar. Matrix, hija de 1999, como Gran Hermano, acuñó la frase “Bienvenidos al desierto de lo real”, fue festín para Zizek y piedra de toque del pensamiento acerca de lo que nos esperaba. La épica efectivamente había muerto con Neo, el héroe que detenía las balas y no se sabía héroe (¿se imaginan a Superman dudando de sí mismo?). En Argentina, la ilusión de un país próspero y verde dólar empezaba a resquebrajarse sin retorno. No había nada que hacer para salir del agujero interior. El vitalismo de los ochentas había cedido ante la abulia cínica del MTV noventoso (“Hola, soy Ruth Infarinato y les voy a mostrar las novedades del Trip Hop”) y nos aferrábamos a “Ok, Computer” para seguir creyendo en la belleza. Si estábamos tristes que al menos sonara lindo. Y en medio de ese contexto de vacío existencial aparece Gran Hermano. Robando el nombre, paradójicamente, a uno de los grandes relatos sobre el siglo XX y la distopía amenazante de un poder que todo lo mira, que todo lo controla y que todo lo regula. Justo entrando al siglo XXI que nos prometían como pura fluidez (años después Ignacio Lewcowicz publicaría “Pensar sin Estado” porque no parecía haber camino de retorno al orden estatal tal como la habíamos conocido) Gran Hermano abría su ojo gigante como un villano de otra época, para espiar el nuevo milenio. 

El programa tuvo nueve ediciones: 2001 (“Tenés que hacerte fuerte”), 2002 y 2003. Tres más en 2007, incluyendo la edición “Famosos” que fue una especie de fiasco bizarro y total, porque nada atenta más contra el reality que el pudor de los que ya tienen un nombre más o menos consagrado. Luego, dos ediciones más entre 2011 y 2012 y dos más en América entre 2015 y 2016. Parecía que la bestia había muerto. Pero no.

***

Finales de 2022. Miro Gran Hermano fascinada. Imagino el trabajo de los guionistas en el control, pero también imagino la vida previa de todos los que van entrando, las cositas que llevaron en la valija, cómo salieron de sus casas, cómo van a volver. Después de la pandemia que nos tuvo encerrados sin ningún tipo de metáfora, mientras el público migra de la televisión al streaming on demand, y todo el mundo mira series y sabe qué es un spin off, Gran Hermano vuelve en su edición número 10 como un gigante de acero y plomo, pesado y contundente. Ni bien sale al aire genera picos de ratings que hace tiempo no se daban en prime time. Twitter alimenta al monstruo al tiempo que se alimenta a sí mismo chupando de la carrocería vieja y robusta de la tele.

Como en 2001, la crisis nos golpea con fuerza. Estamos tristes, endeudados y empobrecidos. La derecha avanza en el mundo con todas sus fuerzas y Gran hermano vuelve a empezar. Es un formato indestructible, un Terminator soldado con nuestra propia sangre: nos emociona y nos da morbo. ¿Qué haríamos nosotros ahí? ¿Quién queremos que gane? ¿A quién odiamos? ¿Cómo sería nuestra vida si de repente nos metiéramos en esa maqueta televisada 24 horas?

A veces pienso que se nos juega una ilusión cuando miramos Gran Hermano, como si creyéramos que se puede hacer justicia en un reality. Que pierdan los malos, que se juzgue a los odiantes, que convivan las diferencias, que ganen los chicos pobres, que nunca más nadie se cruce de vereda cuando los ve, aislarnos del mundo: que no nos lleguen los discursos que nos limitan, que seamos puros, seres hechos de emociones, que los ex presidiarios tengan su perdón, que las putas ganen, que los putos salgan del placard y bailen todos juntos, que las tortas envuelvan con su abrazo maternal a los libertarios hasta que ellos digan “somos todes iguales” así, con la “e”, que las chicas huecas con tetas enormes tengan su marquesina, y que todos sepamos de una vez que ellas son, en definitiva, las más inteligentes, igual que los chicos llenos de músculos que al fin se largan a llorar porque extrañan a sus mamás. Pero no, en la tele como en la vida no hay gran épica por contar. Las batallas siguen estando de este lado de la pantalla, justo cuando nadie nos ve, cuando nadie se fija en nosotros y no damos más de tanta realidad.

Por Luciana Porchieto * Anfibia

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