¿Qué es esto?

Actualidad 21 de octubre de 2022
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“Los desencadenamientos actuales de la ira tienen origen, más que en móviles ideológicos, en afectos subjetivos expresados desde las heridas personales, desde el fondo de las tripas y con el smartphone en la mano.”

Éric Sadin

En 1956 Ezequiel Martínez Estrada publicaba ¿Qué es esto?, texto movilizado por una perplejidad estomacal y en cuyo título resuena la onomatopeya del desagrado. El libro diagnosticaba, a través de un registro clínico, malformaciones en el ser nacional cuyo síntoma más evidente sería el peronismo.

Desde una perplejidad similar, muchos nos acercamos a un fenómeno que desafía sensibilidades, estéticas, racionalidades y valores: el crecimiento de Javier Milei. Economista mediático sin experiencia de gestión ni anclaje territorial, la figura de Milei invade el espacio público desplegando un (ultra)liberalismo económico mediante una desmesura retórica y actoral, blandiendo obsesiones morales y propuestas como la de dinamitar el Banco Central. Envuelto en una apariencia rocambolesca, sus intervenciones televisivas y callejeras tienen un marcado tono performático. Se destaca una sonrisa inestable y una personalidad inflamable, capaz de alternar entre el enojo extremo y una suerte de apacible ternura risueña; una mezcla de monstruo, payaso y niño.

Milei no se apoya en la biografía clásica de los candidatos de la derecha (“empresario exitoso”), ni tampoco se apalanca sobre el rasgo que suele recortar a los outsiders exitosos (carisma hipnótico). Su vida resulta tan curiosa como poco habitual para los recorridos políticos contra los que compite. Milei constituye una amenazante incógnita. Estallan los manuales, se desintegran las certezas tranquilizadoras, se abren todas las preguntas.

Enfoques

Para entender a Milei hay que alejarse de Milei. En consecuencia, intentaremos rodearlo explicativamente introduciendo elementos que contribuyan a una mejor comprensión del enigma. No nos interesa refinar su caracterización sino examinar algunas de las causas que explican su eficacia discursiva. 

Al aproximarnos al tema, nos encontramos con dos obstáculos explicativos que nos parece necesario despejar. Se trata de dos argumentaciones muy extendidas, que llamaremos “enfoque economicista” y “enfoque antipolítico”. Respectivamente, y simplificando, tales abordajes sostienen los siguientes esquemas causales: crisis económica más inflación… crece Milei; los políticos y gobiernos hacen mal las cosas… crece Milei.

Con relación al enfoque economicista, e invocando a Weber, no todo es pan y manteca: la economía no explica por sí misma los procesos políticos. La inflación aparece como detonante de la Revolución Francesa pero también como origen del nazismo. En otras palabras, la economía puede incubar malestar, pero no determina el marco ideológico con el cual ese malestar se elabora políticamente. El objeto de tal insatisfacción nunca es evidente ni comporta una orientación programática predeterminada.

Examinemos ahora la segunda explicación, a la que llamamos “antipolítica”. En este segundo caso, Milei sería una suerte de (merecido) castigo a la dirigencia. Podríamos admitir que el desempeño de las dos principales coaliciones está lejos de ser óptimo; podríamos también hacer una larga lista de errores del oficialismo. Ahora bien, ningún análisis mínimamente serio podría afirmar que la calidad de la política y de los gobiernos eran mejores durante el menemismo, o que el desempeño de la Alianza fue bueno. Si Milei surge como consecuencia de los pecados de la clase política, ¿por qué emerge ahora y no durante la “descomposición moral” de los 90? ¿Por qué el enojo contemporáneo se expresa a través de Milei y no de Raul Castells o Luis Zamora?

Entonces, si no se trata de un subproducto de la crisis económica ni de un efecto necesario de la “mala política”, ¿por qué crece Milei? Sugerimos evadir la tentación de empezar por los rasgos individuales del dirigente y apuntar los esfuerzos de la comprensión hacia causas más estructurales: desplazamientos ideológicos de la opinión pública, climas de época, procesos sociales de carácter global y transformaciones del espacio público.

Milei es un discurso 

El punto de partida son las circunstancias. El contexto que enmarca el auge de Milei es el de la contagiosa expansión de la extrema derecha en Occidente. Desde hace más de diez años, distintos emergentes de la derecha radical llegan al poder o se presentan cada vez más competitivos en Europa, América del Norte y América Latina. Los análisis políticos y sociológicos llevan más de una década acumulando bibliografía que se propone explicar por qué crece la derecha. A pesar de nuestro narcisismo nacional, no puede haber una explicación estrictamente local para un fenómeno que es esencialmente global.

Más allá de las variaciones particulares –no es lo mismo Trump que Bolsonaro, Le Pen que Viktor Orbán– existe una visible “coincidencia epocal” en este tipo de discursos y liderazgos.

En la esfera emocional, las nuevas derechas son causa y consecuencia de “la época de las pasiones tristes”. Sus discursos logran conectar, promover y representar la ira y el resentimiento de sociedades crecientemente frustradas e ideológicamente segregadas por algoritmos digitales. El resultado químico está a la vista: la configuración de subjetividades políticas signadas por una rabiosa intolerancia. El objeto de esa intolerancia varía y adopta declinaciones muy distintas según las culturas políticas de cada país. En nuestro caso, Milei no sublima el enojo hacia los inmigrantes o la globalización; tampoco denuncia alguna clase de “reemplazo racial”. En el discurso libertario vernáculo, el Estado, el “socialismo” y la casta política son el origen de todos los males.

La descalcificación de los lazos sociales

Desde la irrupción de la pandemia, uno de los grandes interrogantes fue el de las consecuencias de este “hecho social total”. Las crisis importantes –pensemos en el 2001– producen un efecto sísmico sobre el sistema de valores sociales. La pandemia produjo consecuencias no solo económicas y sanitarias sino también sociales y culturales profundas. El 2021 –“el año más largo de la historia”– fue disolviendo una hipótesis inicial que estimaba, como sedimento simbólico, un aprendizaje colectivo en favor de la solidaridad y la protección estatal. 

La prolongada experiencia colectiva impregnada de miedo y endogamia –la vida social se atomizó como nunca– se tradujo en un visible deterioro del capital social. Por capital social se entiende el espíritu comunitario de una sociedad, reflejado en la “fuerza de los lazos débiles”, en la vida asociativa, en la reciprocidad capilar. De acuerdo a esta tradición de investigación, uno de los signos de la “salud comunitaria” de una sociedad reside en sus niveles de confianza interpersonal (¿la gente confía en la gente?). Al respecto, un estudio sistemático de FLACSO viene registrando un declive de la confianza interpersonal en Argentina. Tras seis años de estabilidad, en los últimos dos años la “confianza en los otros” sufrió una baja de 10 puntos.

En suma, a partir del deterioro provocado sobre el tejido social, el mundo pospandémico aparece atravesado por una furia nihilista (cuyo objeto no se agota en las instituciones representativas) que multiplica los discursos que conciben al otro como amenaza.

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Temblores ideológicos

Otro elemento a considerar es el movimiento del subsuelo de valores de la sociedad argentina. Se trata de un desplazamiento hacia la derecha de la opinión pública. “Derechización” es una expresión imprecisa, pero aquí la usaremos para aludir al debilitamiento de una serie de valores vinculados con la solidaridad, la protección social y el Estado. En espejo, se fortalece una constelación de valores asociados al imaginario meritocrático y a una ideología que promueve, abierta y filosóficamente, un individualismo radical.

Como se ve en el gráfico, la evolución de algunos indicadores revela la magnitud y dirección de los cambios: el reclamo de un Estado menos interventor trepó del 9% al 30%; la asimilación del concepto de democracia con la aspiración de igualdad cayó del 69% al 44%, y la “sed libertaria” pasó del 22% a un sorprendente 48%.

Este último dato plantea una de las tensiones contemporáneas más delicadas: a pesar de haber resuelto exitosamente los asuntos referidos a las libertades individuales, democracias como la argentina (o la española o la estadounidense) ven crecer un reclamo de “libertad” precisamente en un contexto en que las desigualdades sociales se agravan a tal punto que desafían la estabilidad política. El debate público se impregna de una agenda libertaria, furiosamente arisca a cualquier iniciativa igualitarista, a contramano de las necesidades que manifiestan las fragmentadas sociedades contemporáneas. 

El repentino crecimiento de Milei no es un rayo en un cielo sereno ni solo la erupción de una rabia extendida. Es también el síntoma de un desplazamiento ideológico hacia la derecha de los valores y actitudes de una parte importante de la sociedad argentina. En efecto, el ultra liberalismo económico es un dato extraño para la cultura política argentina, caracterizada históricamente por su tradición plebeya y una matriz de pensamiento Estado-céntrica.

¿Fin de la polarización?

Milei es la consecuencia –y no la causa– del giro a la derecha de la derecha. El economista libertario es hijo del PRO en un doble sentido. En primer lugar, es hijo del macrismo en términos discursivos. Milei es, en efecto, una prolongación, más que una interrupción, de los tópicos que introdujo el PRO en la competencia política argentina. Sus avenidas discursivas más transitadas (anti-política, furia anti-regulaciones, individuo asediado por el Estado) fueron trazadas por la fuerza liderada por Mauricio Macri. En todo caso, podríamos interpretar la novedad libertaria como una versión hiperbólica de una ideología que se había esbozado con mayor timidez y mejores modales.

Pero Milei es también hijo del PRO porque es el resultado directo de su estrategia anti-política. El macrismo se dedicó durante años a agitar la indignación y el resentimiento de la sociedad contra el quehacer político, y en algún sentido terminó siendo víctima de su propio éxito: la anti-política se devora a sus padres.

En cualquier caso, una generalizada interpretación del ascenso de Milei apunta a que el avance libertario estaría desintegrando la polarización política instalada en el país desde hace más de una década. Si el año que viene se confirma su fortaleza electoral, Milei podrá eventualmente debilitar la dinámica bipolar de la competencia política argentina. En vez de dos grandes coaliciones concentrando la mayor parte de las preferencias habrá tres espacios significativos.

Sin embargo, eso no implicaría la disolución de la polarización, con sus pronunciados desacuerdos ideológicos como centro de gravedad del debate público y de la competencia política. Cuando se examinan las actitudes y orientaciones de los votantes de Milei surge una evidencia: comparten el mismo hemisferio ideológico que los votantes de Cambiemos, registrándose coincidencias entre ambos segmentos en materia de impuestos, rol del Estado, privatizaciones e incluso nihilismo político.

Lejos de distender el conflicto político, el crecimiento de Milei es un efecto de la exacerbación de la división entre los dos hemisferios ideológicos, más allá de la oferta partidaria que represente tales desacuerdos. En síntesis, Milei es hijo de la derechización de la sociedad argentina, de la política de la desconfianza del PRO y, fundamentalmente, de la polarización ideológica y afectiva argentina.

Política o fatalidad

Habitamos un tiempo sombrío: expansión de una pasión desigualitaria en sociedades cada vez más desiguales, resurgimiento de una retórica reaccionaria de tinte neocon muy similar a la retratada por Albert Hirschmann, candidatos que estimulan la intolerancia y cuestionan derechos y “certezas” del iluminismo democrático, un espacio público digital que acentúa el aislamiento cognitivo, una pandemia que multiplicó la fragilidad. El sentido de las mutaciones en curso pareciera conspirar contra la democracia, concebida, más que como sistema de gobierno, como cultura, como horizonte de convivencia e igualdad.

Pero la política es lo opuesto a la fatalidad: la imaginación y la acción política son capaces de fundar nuevos escenarios y de desafiar las fronteras de lo posible. En una suerte de paradoja (sociedades derechizadas pero insatisfechas castigaron a sus oficialismos, mayoritariamente de derecha), al finalizar este año América Latina estará gobernada mayoritariamente por fuerzas progresistas. Serán estas fuerzas las que deberán disputar el objeto del malestar contemporáneo y quienes deberán relegitimar sus valores y programas a través de resultados tangibles y de un comportamiento que inhiba la política de la desconfianza y la política de las pasiones tristes.

Por Javier Cachés y Ignacio Ramírez

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