Ahora les dicen relaciones creativas

Actualidad 06 de octubre de 2022
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Sorprendente. Esa es la palabra que cabe después de escuchar el brevísimo tramo de la exposición del expresidente Mauricio Macri que compartió en redes la secretaria de Cambio Climático, Desarrollo Sostenible e Innovación, Cecilia Nicolini, en el Foro La Toja; un evento de las altas esferas (conservadoras) de la política a ambos lados del Atlántico y que abrió, hace unos días, el Rey de España. “Para levantar el guante, estando a la moda, yo creo que tenemos que practicar el swinger que funciona muy bien en las relaciones externas”. ¿Un chiste? ¿La jactancia de sus prácticas sexuales? ¿Una manera de decir que se pasa todo por las pelotas? Es la respuesta a una pregunta tampoco muy feliz sobre si la guerra en Ucrania estaría haciendo “avanzar o retroceder en relación con el cambio climático”. Y ahí salió Macri cachondeando con el intercambio de parejas, que esa es la traducción de “swinger”, para no decir nada sobre lo que le preguntaron pero para alardear sobre lo que él cree que es estar a la moda. Sería gracioso si el cambio climático no fuera una amenaza que hace tic toc como una bomba sobre la vida en este planeta, si no se hubiera dicho con el telón de fondo de una guerra que no puede hacer avanzar nada más que la destrucción de vidas y territorios, con la aceleración del calentamiento global y la evidente falta de humedad en todo el mundo que enciende fuegos y aleja las lluvias. Frente a eso, “el buen amigo de España”, como lo nombró el Rey Felipe en la apertura -seguramente recordando aquella otra frase infeliz en que mentaba “la angustia” que habrán sentido quienes declararon la independencia de la corona en 1816- eligió meterse en la cama a retozar alegremente con Trump, Obama y Xi Jinping.

 
De los creadores de las relaciones carnales entre Menem y Bush, ahora llega la práctica swinger de Macri, una práctica que de moda no tiene nada y mucho menos de creativa. Es más bien la consagración de la pareja como posesión mutua y en tanto posesión puede ser intercambiada para el acto sexual y devuelta de inmediato al pacto heterosexual. “Relaciones creativas”, dijo la conductora de la pregunta disparadora -justo para meter a la guerra en el cambio climático- como para intentar salvar lo que quedaba después de la explosión de banalidad en el escenario.

¿Por qué aludir a la metáfora sexual? ¿Por qué cree que así “levanta el guante”? ¿Había preparado esa comparación para meterla en cualquier momento en el que hicieran una pregunta sobre geopolítica? Preguntar está habilitado frente a las mandíbulas que caen al piso después de escuchar a Macri. Porque respuestas no hay, más bien hay ganas de cantar a los gritos como se hizo en tantas marchas en Argentina, “Macri no es gato, no es animal, Macri es un macho blanco y heterosexual”. Una joya de la creatividad popular, feminista y lgbtiq, de la que se puede hacer alarde por su elegancia y eficacia descriptiva. Ese macho -punta de la pirámide de la jerarquía racial y de género- que cree que su potencia sexual debe ser saciada como una necesidad, que entiende por tradición patriarcal que hay cuerpos descartables, a ese macho floreándose cual pavo real en un escenario se le ocurre, ni más ni menos, que jactarse de sus prácticas sexuales que, dice, funcionan muy bien en las “relaciones externas” -a la pareja monogámica- y no a las relaciones exteriores que estarían más cerca de la geopolítica.

Y es que a Macri le gusta poner las pelotas sobre la mesa. ¿O no dijo que se iba a bancar los muertos -cuesta hasta escribirlo- en la protesta social que podría dejar, según su entrevistador favorito Luis Majul, el cierre de empresas estatales que el señor swinger promete? ¿Y en que se tocan los muertos que anuncia y el intercambio de parejas? Tal vez en que a Mauricio le dijeron que tenía que mostrarse duro y su imaginario lo lleva para donde el macho blanco heterosexual, desde la punta de la pirámide, cree que está la hombría. Podría ser gracioso si no fuera tan dramático. Pero es. Entonces es, sencillamente, sorprendente.

Por Marta Dillon

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